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Lejanos quedaron los tiempos en que Jorge Eliécer Santana Linares, luciendo elegantes esmóquines, organizaba fastuosas fiestas donde las viandas y los finos licores colmaban los jardines de la residencia del embajador de los Estados Unidos, en el norte de Bogotá.
A pesar de que sus recuerdos por momentos caen en insondables y nebulosas lagunas mentales, recuerda que durante su labor, que se extendió durante 44 años, tuvo como misión principal estar al tanto, como mayordomo, de que nada les faltara a los 18 representantes de ese gobierno en Colombia que atendió, aunque también tuvo que estar al tanto de ilustres visitantes como de miembros de otras delegaciones diplomáticas, jefes de Estado o reconocidas figuras de la ciencia y las artes.
Por eso no entiende por qué nunca obtuvo su pensión, a pesar de los reconocimientos y menciones honoríficas que le entregó el gobierno de los Estados Unidos. Ahora su suerte sólo depende de un pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia.
Con 82 años a cuestas, dos matrimonios, 10 hijos, los achaques de la vejez y la paradoja de que nunca viajó a Estados Unidos, por miedo a volar en avión, no olvida que fue cercano confidente de las travesuras de los hijos de los embajadores o de sus indiscretas esposas, algunas de ellas quienes traían consigo costumbres exóticas y liberales que reñían con las rígidas normas de conducta de la cerrada y conservadora sociedad bogotana. Además, desde su modesto empleo fue testigo de los cambios y transformaciones de Colombia, que pasó de ser un país pacífico, al menos en apariencia, a una nación convulsa donde la violencia se fue abriendo camino.
Aunque no se acuerda quién lo recomendó para el empleo, comenzó a trabajar con los norteamericanos el 1° de agosto de 1945. “Me fui desde el barrio Ricaurte donde vivía con una tía. Llegué a la residencia diplomática y en ese tiempo había un solo policía en la entrada. Le dije para qué iba y me dejó entrar”, asegura.
Y allí tuvo que vivir el 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. El embajador de aquella época, de quien no recuerda el nombre, le confesó que tenía miedo por lo que pudiera ocurrir. Y paulatinamente pasó de ver cómo los embajadores salían a la calle como cualquier ciudadano, a ser protegidos por largas caravanas de escoltas que debían encargarse de su seguridad en los años posteriores, caracterizados por fuertes movimientos estudiantiles y guerrilleros con motivaciones revolucionarias y antiimperialistas, y con la llegada de la Guerra Fría.
Por eso, en más de una ocasión sintió la cercana presencia de agentes secretos cuya misión era cazar espías y evitar ataques contra las sedes diplomáticas. Sin embargo, también vivió momentos dulces. Afirma que tuvo la oportunidad de conocer al presidente John F. Kennedy y a su esposa Jacqueline durante su visita a Colombia en 1961. Dice que ellos fueron en secreto a la residencia del embajador. “Él (Kennedy) tomo una agüita de hierbas y su esposa un té. Eso fue muy rápido. Salieron, miraron los jardines y se fueron. Para verlos salió más gente a las calles que cuando vino el papa Pablo VI. Fue extraordinario”, rememora Santana.
También tuvo el honor de atender, en los años sesenta, a una delegación encabezada por el astronauta Neil Amrstrong, el primer hombre en pisar la Luna, quien estuvo durante varios días en Bogotá. “Nos regaló afiches con su firma. Era muy amable”, manifiesta. Tan cercana llegó a ser su relación con los representantes diplomáticos, que el embajador Fulton Freeman costeó durante varios años el estudio de su hijo Carlos Santana, quien en la actualidad vive en Estados Unidos, en prestigiosas instituciones educativas de Bogotá. “Él estuvo en el colegio San Carlos y el Nueva Granada gracias a la buena voluntad del embajador”, cuenta Santana.
Pero de sus tiempos de lujos y opulencia, a los que se acostumbró a compartir con los embajadores, queda muy poco. Por ejemplo, un viejo sillón francés que compró hace más de 50 años donde pasa sentado los días en su humilde vivienda localizada en el municipio de Chía, Cundinamarca.
Fue próspero y con el salario que tenía, que superaba el promedio de lo que ganaban otras personas que se dedicaban a su mismo oficio, logró incrementar su patrimonio y alcanzó a tener varias propiedades y vehículos. No obstante, al terminar su vínculo laboral con la residencia del embajador, en enero de 1989, y no haber logrado que le reconocieran una pensión, comenzó a acabar con lo que hasta ese momento había conseguido. Por eso ya ni la casa donde vive le pertenece. Las deudas y la falta de dinero condujeron a que la vivienda esté muy cerca de ser rematada.
Si no fuera por su hija María Isabel, de su primer matrimonio, quien vive con él, lo cuida, lo alimenta y lo tiene afiliado a la seguridad social, es probable que tal vez ni siquiera estuviera vivo. Prueba de ello es que hace dos años sufrió un infarto que lo dejó muy disminuido y del cual pudo recuperarse gracias a los cuidados de ella. Pero ha sido tal el grado de desespero por su situación, que ante la Comisaría 1ª de Familia de Chía tuvo que citar a sus demás hijos, en julio de 2005, para una diligencia de conciliación por alimentos y visitas ante el estado de abandono en el que se encuentra.
Pasados tres años, después de haber salido de la delegación diplomática, comenzó a hacer las reclamaciones del caso para buscar que le pagaran su pensión, ante la propia Embajada e instituciones nacionales como la Defensoría del Pueblo.
En una carta firmada el 29 de octubre de 1996, el entonces embajador Myles Frechette le respondió que con respecto a la reclamación que está haciendo, las leyes de Colombia no tenían estipulado un tiempo de trabajo determinado para obtener la pensión como mayordomo para el momento que terminó su labor con la residencia de la delegación diplomática, aunque posteriormente las regulaciones sobre seguridad social en el país establecieron ese derecho para empleados domésticos. “Entonces no aplican para su caso”, le dijo en la misiva Frechette y le recordó que según los archivos de la Embajada, el 26 de junio de 1987 recibió una póliza especial extralegal por retiro que Jorge Santana cobró por $3’505.139.
Finalmente, le advirtió que la Embajada no tiene ninguna obligación legal de pagarle una pensión, porque “se le suministró un beneficio para compensar el déficit que por razones de las leyes de Colombia regían sus servicios laborales”.
Sin embargo, después de casi 20 años de haber terminado su trabajo en la residencia del embajador, la historia de Jorge Eliécer Santana podría cambiar. En pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia del 7 de noviembre de 2008, el alto
tribunal admitió la demanda laboral instaurada por el ex empleado de la delegación norteamericana y a través del Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia ordenó notificar al actual embajador de Estados Unidos en Colombia, William Brownfield, “o a quien haga sus veces”, para que comparezca esta semana y efectúe sus descargos sobre este espinoso tema.
Santana busca que le sea reconocida su pensión con retroactividad sobre la base de cuatro escenarios que parten de 4,5 salarios mínimos legales vigentes a partir de 1981, cuando habría tenido derecho por tiempo a la jubilación, o el 90% del salario devengado en 1989 con o sin otras prerrogativas laborales. Si logra finalmente que le reconozcan su pensión, Jorge Eliécer asegura con un opaco sentido del humor que se atrevería a subir a un avión para ir a visitar a su hijo Carlos a Estados Unidos y pagaría la deuda que lo tiene a punto de perder su casa.
El antecedente de la Embajada del Líbano
En noviembre del año pasado la Corte Suprema de Justicia negó una tutela a la Embajada del Líbano en Colombia que buscaba evitar el pago de una indemnización a una antigua empleada suya por despido sin justa causa. El alto tribunal había ordenado a la delegación diplomática que pagara más de 90 millones de pesos a la señora Adelaida García de Borissow, además de ponerse al día en los 10 años en los que no le pagó los respectivos aportes a pensiones en el Seguro Social. El despido injusto se debió a que la señora García de Borissow se vinculó laboralmente con esa embajada durante 23 años, donde hacía las veces de secretaria del embajador. Al cumplir 60 años en 2004 fue despedida con el argumento de que en ese país las mujeres mayores de 60 años estaban impedidas para trabajar. Sin embargo, la afectada se dio cuenta de que durante los 10 primeros años de servicio no se le pagaron los respectivos aportes a pensiones y en el año 2007 decidió demandar.
La Corte Suprema de Justicia hizo la citación
La providencia de la Corte Suprema de Justicia con respecto al caso de Jorge Eliécer Santana, que ordena la comparecencia del embajador de los Estados Unidos “o de quien haga sus veces” para responder por la demanda laboral, está firmada por el propio presidente del alto tribunal, el magistrado Francisco Javier Ricaurte Gómez, y sus colegas Luis Javier Osorio López, Elsy del Pilar Cuello Calderón, Gustavo José Gnecco Mendoza, Eduardo López Villegas, Camilo Tarquino Gallego e Isaura Vargas Díaz. El objetivo de la diligencia, dice el tribunal, es que se resuelva el derecho que tiene Santana “por virtud de los servicios prestados como trabajador domiciliado en el país, a la Embajada Americana acreditada ante este Estado”.