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En el mundo del rescate animal, cada adopción se celebra como un final feliz. Significa que un ser sintiente ha dejado el refugio para empezar una nueva vida al lado de una familia que se comprometió a cuidarlo y a protegerlo por el resto de su vida. Pero no siempre es así. Algunas de esas adopciones terminan en devoluciones y en miradas que no entienden por qué regresaron al mismo lugar del que fueron rescatados. Son finales interrumpidos, promesas rotas y una prueba de que adoptar una nueva mascota implica mucho más que buenas intenciones.
Así le ocurrió a Leo, un perrito que devolvieron porque sus adoptantes no estaban dispuestos a pagar los gastos de su enfermedad, o a Luna, una cachorra con un pasado doloroso que volvió a empezar de cero su proceso de adopción luego de ya haber encontrado una familia. Casos como estos se reportan con frecuencia en refugios de todo el país. Para algunos pueden parecer hechos aislados, pero reflejan una problemática más profunda que merece ser analizada con mayor atención.
¿Qué tan frecuente es la devolución de animales en refugios y por qué?
Aunque no existen datos oficiales a nivel nacional, en parte por la falta de articulación entre las autoridades y las distintas organizaciones de protección animal y rescatistas, algunas organizaciones han comenzado a hacer seguimiento a los casos de devolución. Por ejemplo, el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal (IDPYBA) reporta una tasa de devolución que oscila entre el 3% y el 6% en sus procesos de adopción. Esto significa que, de los aproximadamente 600 animales adoptados cada año, en promedio unos 26, entre perros y gatos, son devueltos.
Las razones más frecuentes tienen que ver con comportamientos considerados inadecuados, como orinar y defecar dentro del hogar, romper objetos, o mostrar conductas agresivas hacia otros animales o personas. En estos casos, el equipo de comportamiento del IDPYBA brinda acompañamiento, sin embargo, no todos los adoptantes están dispuestos a continuar con el proceso. “A pesar del apoyo ofrecido, los adoptantes manifestaron no contar con la disposición o el compromiso necesario para continuar con el proceso de adaptación, optando finalmente por devolver al animal”, señala Antonio Hernández, director del instituto.
También se han identificado dificultades particulares en la crianza de cachorros o perros jóvenes, que requieren tiempo, paciencia y comprensión de su proceso de desarrollo. Algunas familias no logran adaptarse a las exigencias del cuidado diario de estos perros, lo que también ha llevado a devoluciones. En un número reducido de casos, las devoluciones responden a razones de fuerza mayor, como enfermedades graves o cambios inesperados en las condiciones de vida del adoptante.
Las fundaciones también enfrentan esta realidad. Rescatadogs, una organización con seis años de experiencia, reporta una tasa de devolución similar, entre el 3% y el 4%, sobre un total de 321 adopciones en el último año. En el caso de Milagrinos, una fundación ubicada en Bogotá, durante los últimos dos años solo han registrado dos devoluciones. Aunque esta cifra representa una proporción baja frente al total de animales entregados, también es el resultado de un cambio en su proceso de entrega: antes de establecer medidas más rigurosas, entregaban entre 15 y 20 animales al mes; hoy, solo entre 5 y 10, pues se evalúa con mayor detalle el perfil del adoptante, justamente para evitar reprocesos.
Por su parte, Almanimal, en Medellín, una fundación especializada en el rescate de animales geriátricos o con discapacidades, cuya adopción suele ser más compleja, también ha reportado una baja incidencia de devoluciones. Parte de ese resultado se explica por la naturaleza de sus procesos: en lo que va de 2025 han gestionado entre cinco y seis adopciones, todas de animales con condiciones especiales que requieren un alto nivel de compromiso.
El impacto de volver al refugio
Si bien las cifras de devolución reportadas por instituciones y fundaciones pueden parecer bajas, su impacto es profundo y sostenido. Solo en el caso del IDPYBA, los 26 animales que devuelven ocupan cupos que podrían haber sido destinados a nuevos rescates. Es decir, 26 perros o gatos quedan con menos posibilidades de acceder a la Unidad de Cuidado y, eventualmente, a una nueva familia.
En el sector del rescate animal, donde el espacio y los recursos son limitados, cada devolución representa un retroceso: se interrumpe un proceso de adaptación, se frena la rotación para atender otros casos urgentes y claro, se afecta considerablemente el bienestar emocional del animal.
Según un artículo publicado por la Universidad Estatal de Arizona en un número especial sobre comportamiento de animales en refugios, se observo que los niveles de cortisol, la hormona del estrés, fueron más bajos cuando los perros estaban en casas de acogida, pero aumentaron al regresar al refugio. Estos hallazgos sugieren que, más allá del alimento o el resguardo físico, el entorno del refugio puede ser emocionalmente exigente para los animales.
Por eso, aunque los porcentajes no parezcan alarmantes en el papel, el efecto real que tienen es mucho mayor. Además, estas estadísticas solo reflejan las devoluciones formales, es decir, las que ocurren bajo contratos de adopción que obligan a retornar el animal a la organización. Lo que no aparece en las cifras es la cantidad de animales que, tras ser adoptados, son abandonados nuevamente, regalados o incluso revendidos sin ningún tipo de seguimiento. Por ello, muchas entidades han optado por procesos de selección estrictos y seguimientos posteriores a la adopción, con el fin de garantizar el bienestar de los animales y prevenir este tipo de situaciones invisibles pero frecuentes.
Adopciones responsables: más allá del primer impulso
Adoptar un animal no debería tratarse de elegir al más tierno, al de raza o al que parezca más tranquilo. La familia también debe ser un buen perfil que se acople a las necesidades del animal. Es una elección dual. “Al principio de nuestra labor, nosotros simplemente entregábamos a las personas que viéramos que podían llenar de amor a nuestros animalitos, pero de amor no vive nadie. Hay muchas necesidades que tiene cada individuo, entonces por eso tenemos que pensar que la familia sí encaje con el perrito y el perrito con la familia”, expresa Erika Díaz, fundadora de Almanimal.
Las organizaciones saben que no existe una fórmula infalible, pero procesos de adopción más exigentes, el acompañamiento continuo y la educación sobre lo que implica convivir con un animal pueden marcar la diferencia entre un regreso triste al refugio y una historia que sí tenga un final feliz.
En la mayoría de casos, todo comienza con un formulario de adopción. En el Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal, por ejemplo, este formulario recopila información clave sobre la persona interesada, su experiencia previa con animales, las condiciones del hogar y sus motivaciones para adoptar. Luego se realiza una entrevista con un profesional del equipo, que permite identificar si el candidato cumple con los principios básicos de la tenencia responsable. En algunos casos se solicita evidencia fotográfica o se realiza una visita domiciliaria, especialmente si el animal requiere cuidados especiales. También se evalúa la compatibilidad entre el perfil del animal y el estilo de vida del adoptante. Finalmente, si se aprueba el proceso, se firma un acta de compromiso de adopción.
Otras organizaciones tienen requisitos adicionales. En Almanimal, por ejemplo, no entregan animales a personas menores de 25 años ni a residentes de barrios con alto índice de abandono y maltrato. En Rescatadogs trabajan con una metodología propia llamada RESCATES, que estructura todo el proceso: rescate, rehabilitación y adopción. Esta metodología incluye la estabilización física y emocional del animal, atención veterinaria y etológica, y una adaptación progresiva a su nueva realidad en una guardería. Solo cuando el animal está listo, pasa a la etapa de adopción, que va acompañada de la firma de un contrato con responsabilidades específicas. “Desde que formalizamos y empezamos a hacer las cosas más profesionalmente, la tasa de devoluciones se disminuyó dramáticamente”, explica Bryan Montenegro, codirector de la fundación.
En el caso de Milagrinos, las adopciones se formalizan después de un periodo de prueba. El animal es acogido primero en un hogar de paso o transitorio durante uno o dos meses. Si durante ese tiempo se evidencia una buena adaptación, el hogar puede convertirse en su hogar definitivo. Así, cada organización ajusta sus protocolos según su experiencia, su población objetivo y sus capacidades.
¿Qué pasa luego de adoptar un animal?
Adoptar no termina el día en que el animal sale del refugio. Justamente para evitar devoluciones, abandonos o negligencias, muchas organizaciones han incorporado procesos de seguimiento postadopción. Estos permiten verificar que el animal esté en un entorno seguro, adaptado y querido.
En el caso del IDPYBA, los seguimientos se realizan en diferentes momentos clave:
- A los 7 días: se verifica que el animal haya empezado a adaptarse, que esté comiendo, durmiendo y comportándose normalmente, y que no haya señales de estrés o problemas inmediatos.
- Al mes: se analiza la integración del animal en el hogar, su comportamiento, convivencia con otros animales o personas, y cualquier inquietud que pueda haber surgido.
- A los 3 meses: se revisa si el animal ha establecido una rutina y si ha presentado comportamientos que requieran atención especializada.
- Al año: esta etapa final busca confirmar la estabilidad del animal en su nuevo hogar, así como su estado de salud y comportamiento a largo plazo.
Otras organizaciones también realizan seguimientos, aunque sus métodos pueden variar. Algunas lo hacen a través de chats, grupos de WhatsApp, llamadas o visitas puntuales. En muchas ocasiones, los propios adoptantes se convierten en los principales aliados del proceso, compartiendo fotos, videos y actualizaciones espontáneas como muestra de gratitud. “Se crea comunidad. Es muy bonito porque ellos están felices de sus perritos, entonces envían cuando cumplen años, vacaciones y todo, es ver a la gente feliz con sus animales”, indica Montenegro de Rescatadogs.
Más allá de los formularios, los seguimientos y los contratos, las organizaciones insisten en la importancia de comprender lo que implica realmente adoptar. “Tómense el tiempo de adoptar, entiendan cuál es ese animal que les mueve las fibras y entiendan que es un ser sintiente”. Prevenir las devoluciones no depende solo de procesos más rigurosos, sino de una transformación social que entienda la adopción como lo que es: una decisión informada y consciente que involucra una vida.
Al final, la adopción es mucho más que un acto de amor: es una decisión que involucra tiempo, dinero, espacio y que condiciona la vida por completo. Por eso, a la hora de adoptar, no se trata solo de ver a la mascota como un regalo o “enamorarse” de una foto en redes, sino de entender que ese vínculo será parte de su día a día durante años. No es un impulso: es un compromiso para toda la vida.
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