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Durante siglos, la imagen de una mujer rodeada de gatos ha sido objeto de burla, sospecha o estigmatización. Desde la figura de la bruja medieval hasta la imagen de la “loca de los gatos” en la cultura popular actual, este vínculo ha sido interpretado desde prejuicios que revelan cómo se ha juzgado y vigilado históricamente la autonomía femenina. La pregunta es: ¿por qué la convivencia entre mujeres y gatos ha generado tantas narrativas negativas?
Según la periodista y experta en género y diversidad, Stephanie Salazar, “cuando una mujer renuncia y vive su vida con gatos, es casi que una postura política”. En su opinión, este vínculo ha sido constantemente interpretado como una amenaza a las normas sociales establecidas, y por eso ha sido caricaturizado, ridiculizado o incluso criminalizado.
De lo sagrado a lo demonizado:
En el Antiguo Egipto, los gatos eran considerados sagrados. Su rol en la vida cotidiana iba mucho más allá del de un simple animal de compañía: eran guardianes de los cultivos, cazadores de plagas y protectores del hogar. Además, estaban asociados a la diosa Bastet, figura central del panteón egipcio. Según el Museo Arqueológico Nacional de España, Bastet fue representada inicialmente como una leona, feroz y combativa. Con el tiempo, su imagen se transformó y comenzó a representarse con cabeza de gato doméstico, reflejando una visión más amable, protectora y vinculada al mundo del hogar y lo femenino. Entonces, ¿cómo se pasó de venerarlos como símbolos de protección y fertilidad a asociarlos con el mal y lo oculto?
La respuesta, según la filosofa Allison Wolf, profesora de la Universidad de los Andes, parece remontarse a la Edad Media, cuando el cristianismo se expandió en Europa, y con él, una persecución hacia todo lo que no encajaba con los preceptos religiosos establecidos. En esta persecución, una de las principales víctimas fueron las mujeres, específicamente aquellas que se apartaban de los roles tradicionales: las que practicaban medicina tradicional, vivían solas, eran viudas o solteras, etc.
En ese contexto, los gatos, que solían acompañarlas, pasaron a ser percibidos como criaturas asociadas con lo oculto y lo demoníaco, y se les consideraban espíritus o entidades que asistían a las brujas en sus supuestas prácticas oscuras. Un caso reconocido fue el de Agnes Waterhouse, la primera mujer ejecutada por brujería en Inglaterra, en 1566. Durante su juicio, se señaló que su gato, apodado Satanás, la ayudaba con sus hechizos.
Como explica Salazar, “La caza de brujas representó una forma de represión ejemplar, en la que se les enseñaba a las mujeres que se apartaban de las normas sociales que sus ideas y prácticas eran peligrosas, y que, si no se arrepentían, su condena era la muerte”. Este estigma no solo cobró miles de vidas en su momento, sino que persiste, de forma más sutil, hasta nuestros días. Un reflejo de ello es el rechazo que aún enfrentan algunos gatos, en especial los de color negro, que suelen ser los últimos en ser adoptados en refugios de animales.
Una herramienta para ridiculizar la lucha por los derechos
Siglos después, ya en el contexto del movimiento sufragista, los gatos fueron usados nuevamente como arma simbólica para deslegitimar la participación política de las mujeres. A finales del siglo XIX y principios del XX, caricaturas antisufragistas retrataban a las activistas como mujeres solitarias, rodeadas de gatos, en contraposición con los hombres, asociados a animales activos, fuertes y “aptos” para la vida pública, como los perros.
En algunas ilustraciones y panfletos de la época, se insinuaba que el avance de las mujeres implicaría una feminización de los hombres, representándolos en casa, acompañados por gatos, en una posición pasiva. El mensaje era claro: la lucha por los derechos femeninos era una amenaza al orden social tradicional.
No obstante, las sufragistas respondieron resignificando esta imagen. Una postal distribuida en Reino Unido mostraba a un gato herido con la frase: “Nunca volveré a ser un tonto”. Este símbolo encarnaba la resistencia de quienes, a pesar de los ataques, no pensaban rendirse en su búsqueda del derecho al voto.
El estigma en la cultura popular
A pesar de esta reapropiación simbólica, la figura de la mujer con gatos continuó siendo utilizada como estereotipo negativo, especialmente en la cultura popular del siglo XX. Desde entonces, la “loca de los gatos” se convirtió en un personaje recurrente en series y películas: Eleanor Abernathy en Los Simpson, Ángela en The Office, e incluso parodias como la de Robert De Niro en Saturday Night Live. Aunque estas representaciones parecen humorísticas, tienen consecuencias más profundas.
“Cualquier cosa en la cultura pop tiene efecto porque así es como funciona la opresión”, advierte Wolf. “Parecen una simple broma, pero da la impresión a las niñas de decir: ‘no, yo no quiero ser eso’”. Este tropo sigue vigente incluso en discursos políticos.
Sin embargo, al igual que ocurrió con las sufragistas en su momento, muchas mujeres han comenzado a resignificar esta imagen. “Lo que se ha logrado actualmente es darle la vuelta al estereotipo y hacerse cuerpo con ellos”, explica Salazar. “Decidir vivir solo con gatos se vuelve casi un statement, una declaración de independencia”. Hoy, estas etiquetas se han convertido en estandartes de autonomía, independencia y rechazo a las expectativas sociales tradicionales.
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