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A lo largo del tiempo, la literatura ha sido un espejo de lo humano, pero también un puente hacia otras formas de vida. Entre ellas, la de esos compañeros silenciosos y leales que habitan nuestras casas y corazones: los animales de compañía. Perros y gatos, con sus rutinas sencillas y su amor incondicional, han dejado de ocupar roles decorativos o anecdóticos en los relatos, para hoy ser protagonistas de historias que los retratan con voz y presencia. En muchos textos contemporáneos, las mascotas ya no aparecen como simples figuras secundarias, sino como seres con quienes compartimos afectos profundos, aprendizajes esenciales y duelos verdaderos.
Esta transformación refleja un cambio cultural significativo: empezamos a reconocer a los animales no solo como compañía, sino como sujetos con emociones, vínculos y valor propio. Alonso Sánchez Baute, escritor colombiano nacido en Valledupar en 1974, ha sido una voz clave en esta conversación literaria. El autor de novelas como Al diablo la maldita primavera y Líbranos del bien, ha abordado distintos aspectos de la identidad, la política y la vida social en Colombia. Pero con La mirada de Humilda, novela publicada en 2022, su narrativa dio un giro íntimo: habla sobre el duelo por la pérdida de su perrita Humilda, una west highland white terrier que lo acompañó durante 14 años.
Más que la historia sobre una mascota, La mirada de Humilda es una exploración literaria sobre el amor, la pérdida, la compañía y el alma de los animales. En ella, Humilda no es solo un personaje, es un ser con sensibilidad, conciencia y voz propia. El libro transita entre lo real y lo ficticio y da pie a reflexiones profundas sobre temas como el vínculo humano-animal y el derecho al duelo por la perdida de una mascota.
En conversación con El Espectador, el escritor colombiano habla sobre el proceso creativo de la novela, el poder sanador de la escritura y el lugar cada vez más central que los animales ocupan en nuestras historias y en nuestras vidas.
¿Qué lo llevó a escribir La mirada de Humilda? ¿Hubo un momento específico que detonó la necesidad de contar esta historia?
La verdad, yo nunca tuve en mi mente escribir un libro sobre Humilda. Sin embargo, un par de días después de su muerte, en unas caminatas diarias que suelo hacer, la voz de ella comenzó a aparecer en mi cabeza y a contarme una historia: su historia. Inicialmente, me negué a escribirla, porque no le quería dar voz. No era un tema de egoísmo, sino porque los animales no hablan, salvo los de Disney. Entonces entré como en una especie de conflicto. Finalmente hicimos un pacto. Ella me contaba la historia y yo la escribía. El libro tiene tanto de real como de ficción, porque al darle voz a un perro, ya estamos hablando de una ficción.
En la literatura, los animales suelen ser símbolos, metáforas o incluso “guías espirituales”. ¿Cómo decidió retratar a Humilda?
Creo que simplemente como el ser que fue. La voz comenzó a hablar y yo entendí que era la de ella. Cuando comencé a escribir, se volvió un pacto. Ella participa directamente en varios capítulos del libro. Tiene que ver con ese debate de si los animales tienen alma. Las religiones monoteístas establecieron que los animales no tienen alma, que son seres inferiores. Mi manera de participar en ese debate fue darle voz a Humilda, porque ella —como todos los perros y animales— sí era un ser sintiente.
Ella termina diciendo cosas como: “fui feliz, fui amada”, en pasado, pero también habla en presente. Es como si dijera: “yo estoy viva”. Es una afirmación que trasciende la muerte, como esa promesa espiritual de quien cree que el alma no muere. Y eso se refleja también al final del libro: es Humilda quien narra su propia muerte, pero la historia no termina ahí. Ella sigue hablando durante dos capítulos más. Lo hace porque yo decidí reconocerle el alma que tenía, darle esa continuidad, permitirle existir incluso después de la muerte. Ese fue el pacto: respetar su voz mientras quisiera seguir contando.
¿Qué tan distinto fue escribir este libro frente a sus anteriores novelas?
Una vez tengo la novela estructurada en mi cabeza, ya solo queda transcribirla. Así ha sido con todas. Aquí hubo un conflicto inicial, porque no quería darle voz a Humilda. Pero una vez superado, todo fluyó. Cada novela tiene su tono, su lenguaje y su estructura. Eso lo da la historia, no el escritor.
¿Qué referentes influyeron o acompañaron su proceso de escritura de La mirada de Humilda?
En el libro menciono una enciclopedia canina que tengo desde los siete años. Me la sabía de memoria. Luego, claro, he leído muchos más. Mucha gente me ha dicho: “¿cómo un escritor serio escribe sobre perros?” Pues que lean a Virginia Woolf, que escribió sobre el perro de una amiga en su novela Flush. John Steinbeck, premio Nobel, escribió Viajes con Charley, el cual narra su viaje en caravana de Nueva York a California con su perro. Patti Smith, la cantante, escribió sobre su perrita. Sigrid Nunez escribió El amigo, sobre un gran danés que hereda. O sea, hay una cantidad de literatura seria sobre animales. No es un tema menor.
Muchos lectores sienten que su libro les ha ayudado a procesar sus propios duelos. ¿Escribirlo le ayudó a usted a sanar?
A mí lo que me interesa es narrar. Lo que pase después, si eso tiene consecuencias, ya es otra cosa. Pero sí, podría decir que me ayudó mucho. El solo hecho de contar una herida, de contar una tragedia, de confesar algo, ya nos da alivio. Eso no solo pasa con los duelos de los animales, pasa en general. Es como lo que hace la iglesia católica con la confesión. Y sí, la herida de una pérdida importante sigue ahí. Ya no con el mismo dolor agudo, pero sigue.
¿Qué tipo de reacciones o testimonios por parte de los lectores de La mirada de Humilda le han conmovido más?
En estos tres años desde la publicación, he recibido cualquier cantidad de testimonios. Personas que leen el libro llevadas por el duelo o que no sabían de qué iba, y terminan procesando uno. No necesariamente por un perro o gato. Recuerdo una señora que me dijo que dos semanas antes de leer el libro se le había muerto su mejor amiga y que lo terminó de sanar gracias a la lectura. Otro caso que recuerdo mucho es el de un muchacho colombiano que vivía en Suiza. Hacía ocho años se le había muerto un pastor alemán. Cuando salió la novela, su mamá se la mandó. Él me escribió un mensaje larguísimo diciendo: “después de ocho años, he podido llorar por mi perro”. Llevaba ocho años con ese dolor atravesado y sin poder hacer nada. Ahí me di cuenta de que el duelo por los animales es un duelo vergonzante. A la gente le da pena decir que está llorando por un perro, porque les parece banal. Pero, ¿cómo no vas a llorar por un ser que ha sido tan generoso contigo? Que te espera con alegría, que te acompaña. Creo que el libro ha ayudado no solo a sobrellevar el duelo, sino a permitir que las personas hablen de él sin vergüenza.
¿Qué le enseñó Humilda que ningún ser humano le había enseñado antes?
Diferentes virtudes que uno sabe que existen, pero que no termina de entender: la generosidad, por ejemplo. Uno puede tener personas generosas cerca, pero la generosidad de un perro es otra cosa.
¿Tiene planeado seguir escribiendo sobre animales o sobre las relaciones humanas con ellos?
Creo que sí. Aunque cuando escribo un libro sobre un tema, no vuelvo a él. Lo hago porque quiero aprender algo que no sé. Con los perros y gatos ya creo que aprendí lo que quería. Pero hay otros temas del mundo animal que cada vez me interesan más. No sé si lo haré en novela, quizás en cuentos, ensayos o literatura infantil. No es una primicia, no sé si va a pasar, pero no estoy cerrado a la posibilidad.
¿Qué cree que revela de nuestra sociedad la forma en que empezamos a narrar y reconocer a los animales en la literatura?
Este tipo de libros han servido para resaltar la creciente importancia y el respeto que empezamos a darle a los animales. Esa sensibilidad nos ha permitido acercarnos más a ellos, reconocerlos no solo como compañía, sino como seres con emociones.
Por eso, cuando alguien me dice que estamos “humanizando” a los perros, suelo responder que, en realidad, lo urgente es humanizar a los humanos. Ellos ya nos dan demasiado amor, nos enseñan demasiado sobre la vida, sobre la lealtad. Tal vez lo que hacemos al darles ese lugar en nuestras historias no sea humanizarlos, sino simplemente reconocer lo que ya son.
¿Cree que la literatura puede ayudar a construir una sociedad más empática con los animales?
Creo que esa empatía ya viene dándose desde hace unos 50 años. Empezó con filósofos alemanes y norteamericanos. Pero la pandemia ayudó a intensificar ese vínculo con los animales domésticos. La literatura puede contribuir a eso. Creo que es una vía más para entendernos mejor entre especies.
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