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Durante siglos, los humanos han convivido con sus mascotas construyendo relaciones basadas en el afecto, la cercanía y la interacción constante. Hoy, en plena era digital, este vínculo atraviesa un proceso de transformación acelerado.
Los avances tecnológicos han cambiado desde la forma en que los alimentamos hasta la manera en que interactuamos con ellos, incluso cuando no estamos en casa. Lo que antes parecía propio de una película futurista, como una app que traduce maullidos o un robot que lanza premios, ya está disponible en tiendas físicas y plataformas digitales.
Este fenómeno no es aislado. Responde a un cambio más amplio en los estilos de vida: jornadas laborales extensas, hiperconectividad y urbanismo acelerado. Todo ello ha impulsado nuevas formas de acompañar y cuidar a nuestras mascotas. En este escenario, la tecnología emerge como una solución prometedora, pero también como un terreno que nos invita a reflexionar: ¿puede realmente la tecnología cuidar a un animal de compañía?
Pet-Tech: una industria en auge y con beneficios reales
Según el informe de Global Market Insights, el mercado de tecnología para animales de compañía superó los 10.500 millones de dólares en 2023, y se proyecta que crecerá globalmente a una tasa del 15% anual hasta 2032. Este gran ecosistema incluye desde cámaras de vigilancia y comederos automáticos, hasta collares con sensores biométricos, apps con IA para detectar enfermedades y cajas de arena que se limpian solas.
Todas estas herramientas tienen en común un objetivo: facilitar el cuidado diario de los animales, mejorar la calidad de vida de los tutores y, en algunos casos, prevenir emergencias. Dependiendo del acceso económico y el contexto de cada hogar, estos dispositivos pueden convertirse en aliados poderosos para organizar rutinas, ahorrar tiempo o mantener el control cuando no se está presente.
Las cámaras, por ejemplo, pueden ser vitales en pacientes con enfermedades neurológicas. La médica veterinaria Natalia Gil, del CES de Medellín, explica que este tipo de vigilancia remota ha sido clave en animales con epilepsia, ya que permite detectar señales de alarma y actuar con mayor rapidez.
De igual manera, los comederos automáticos son mucho más que una comodidad: son esenciales en tratamientos que exigen horarios y raciones precisas. Los collares con GPS han facilitado la localización de animales perdidos, y los sensores de actividad ayudan a identificar signos de dolor, letargo o ansiedad antes de que se agraven.
En Colombia también surgen soluciones locales que apuestan por la tecnología segura y responsable. Un ejemplo es Qrarte, que desarrolló un sistema de identificación mediante códigos QR para facilitar el regreso de animales extraviados a sus hogares. Este emprendimiento, con tecnología 100% colombiana, destaca no solo por su innovación, sino por su compromiso social: “Nuestro producto es de tecnología, claramente, pero con un componente social muy importante. No usamos nada que ponga en riesgo la vida de estos seres sintientes”, aseguran sus creadores.
Además, existen juguetes que estimulan la mente del animal cuando está solo, dispositivos que registran patrones de sueño y actividad, y apps que permiten compartir esos datos con el veterinario para un seguimiento más detallado.
Gil aclara que aún estamos ante una industria en construcción: “En realidad, son herramientas muy nuevas que se van ajustando a medida que vamos viendo la necesidad dentro de los hogares”, señala. “Y finalmente, se convierten a veces en una herramienta más positiva que negativa”.
Riesgos y advertencias: lo que no se ve en la pantalla
A pesar de los beneficios, estos dispositivos también presentan riesgos importantes, especialmente cuando comienzan a reemplazar, y no solo complementar, la presencia humana.
Hay situaciones cotidianas en las que se delega el cuidado a una app o a un dispositivo. Por ejemplo, cuando un dueño pasa varios días fuera de casa confiando en una cámara y un comedero automático, convencido de que su mascota “está bien” solo porque recibe alimento y se mueve en la pantalla. Sin embargo, el bienestar de un animal no se mide únicamente por sus signos vitales o sus movimientos, sino por la calidad del vínculo que establece con su entorno.
“La falta de interacción humana puede afectar al desarrollo neurológico y, sobre todo, al equilibrio emocional”, advierte Gil. “Si llegamos a un punto en donde los aparatos electrónicos reemplacen la compañía, podemos ver pacientes con problemas emocionales, comportamientos de conducta, agresividad, miedo, ansiedad… incluso enfermedades de tipo inmunológico por el estrés que ocasiona este tipo de alteración”.
Otro riesgo poco discutido es el uso del altavoz de las cámaras para hablar o regañar al animal a distancia. Esta práctica puede ser contraproducente para la mascota: “Reprender al animal a través de la cámara puede generar en algunos pacientes algo de ansiedad y frustración”, explica Gil, “sobre todo si escuchan la voz de su tutor sin poder verlo”.
La ciencia ya empieza a documentar estos efectos. El neurocientífico Gregory Berns, de la Universidad de Emory, ha demostrado que los perros activan áreas del cerebro vinculadas al afecto y la recompensa cuando están en contacto con sus tutores. Estos hallazgos refuerzan la idea de que la interacción física y emocional con los humanos no es un lujo, sino una necesidad para el bienestar de los animales. Por eso concluye: “Si alguien necesita que una máquina cuide de su mascota, quizá no debería tener una”.
Inteligencia artificial y cuidado animal
En los últimos años, el uso de inteligencia artificial para realizar diagnósticos médicos se ha vuelto un fenómeno global. Cada vez más personas consultan herramientas como ChatGPT para pedir ayuda con sus síntomas físicos y emocionales, y esa misma tendencia se ha trasladado al cuidado veterinario. Plataformas como esta, que inicialmente fueron creadas con fines generales, hoy están siendo utilizadas por tutores de animales para resolver dudas clínicas, emocionales o de comportamiento, sin intervención directa de profesionales.
Las respuestas inmediatas, gratuitas y aparentemente confiables han convertido a estas herramientas en una fuente habitual para quienes ven en sus perros síntomas físicos o cambios de comportamiento. Sin embargo, este hábito, que puede parecer práctico o inofensivo, representa un riesgo latente tanto en medicina humana como veterinaria: ningún algoritmo puede sustituir el criterio clínico, la experiencia profesional ni el contacto directo con el paciente.
El riesgo no está en la herramienta en sí, sino en cómo se usa. Aunque las respuestas de la IA pueden sonar coherentes y estar respaldadas otras fuentes, no tienen capacidad para evaluar al animal de forma integral. No escuchan, no observan, no conocen su historial médico ni su entorno. Y lo que parece una solución rápida puede conducir a errores graves o hasta mortales: diagnósticos erróneos, ansiedad innecesaria o decisiones postergadas que comprometen la salud del animal.
Esto no significa que la IA no tenga un lugar en la medicina veterinaria. Bien utilizada, puede ser una aliada poderosa: “la integración de la IA en las prácticas veterinarias debería ampliar los beneficios para el bienestar animal, mejorar los resultados clínicos, ampliar el acceso a los servicios veterinarios y enriquecer la experiencia del paciente y el cliente”, señala una publicación de Frontiers in Veterinary Science. “La IA debería apoyar a los veterinarios, en lugar de reemplazarlos, preservando el toque humano esencial en el cuidado animal”.
El reto, entonces, no es rechazar la tecnología, sino aprender a utilizarla con responsabilidad. La revolución tecnológica ha llegado para quedarse, también en el mundo animal. Todas estas herramientas pueden representar una gran ayuda para mejorar el bienestar de los animales de compañía y facilitar la vida de los tutores. Pero, como toda herramienta poderosa, exige un uso ético e informado.
Tener un animal de compañía no es una decisión que deba tomarse a la ligera. Implica tiempo, dinero, espacio, compromiso emocional y responsabilidad constante. No basta con un dispositivo que alimente o vigile: se necesita presencia, empatía y disponibilidad real.
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