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Caracas es una ciudad moderna, pionera en el desarrollo urbanístico latinoamericano desde mediados de los años 50; sin embargo, muy afligida desde 1998 por los clásicos problemas que acosan a las grandes urbes de la región: hacinamiento, sobrepoblación, marginalidad, criminalidad y pobreza.
Males agravados por una pésima gestión, subordinada a los intereses políticos del teniente coronel Hugo Chávez antes que a la resolución de los problemas, que conozco y he sabido sortear con éxito durante dos mandatos: en primer término, cuando fuera gobernador del Distrito Federal, antes de implementarse la descentralización en el segundo gobierno socialdemocrático de Carlos Andrés Pérez; y, en segundo lugar, cuando, una vez aprobada la descentralización, triunfara de manera contundente e inapelable en las elecciones por sobre el mismo contendiente de este último proceso electoral: Aristóbulo Istúriz.
Tal vez deba señalar una muy peculiar característica propia de las elecciones que se celebran desde siempre en la capital de la República: las victorias —o derrotas— allí cosechadas constituyen una señal definitoria de los rumbos futuros de la política nacional. Caracas es una suerte de brújula política y la dirección de sus vientos anuncia las borrascas o los amaneceres que le esperan a la nación.
De allí la naturaleza emblemática de sus elecciones y el empeño crucial puestos por la dirección política nacional por hacerse con su control. Tan es así, que el himno nacional nos recuerda a diario que es preciso “seguir el ejemplo que Caracas dio”. No ha sido otro este último caso. Mi triunfo, a la cabeza de las fuerzas democráticas, preludia la alborada de los nuevos tiempos.
No fue fácil sortear todos los escollos puestos en nuestro camino por el gobierno del presidente Hugo Chávez. Su estrategia para mantener el control de la Alcaldía Metropolitana, no sin razón considerada popularmente la Alcaldía Mayor, consistió en una triple jugada. Por una parte, violando todos los preceptos constitucionales, inhabilitó a nuestro compañero Leopoldo López, ex alcalde del municipio de Chacao, en el este de la ciudad, y candidato natural a competir por el cargo y ganar legítimamente.
Todas las encuestas, sin excepción ninguna, lo mostraban como el indiscutible ganador de la contienda. Deshacerse de él, mediante argucias y leguleyismos, fue una imposición categórica llevada a cabo por el contralor general de la República con las directas órdenes presidenciales. Sin la existencia de un juicio previo, sin causa juzgada y sin condena firme.
El segundo elemento fue una evidente argucia política que podría haberle dado buenos resultados. Escogió al mejor candidato de entre sus filas: el ex maestro de escuela Aristóbulo Istúriz. Antiguo miembro del Partido Acción Democrática (AD), ex ministro de Educación, ex militante del partido Patria Para Todos, obtuvo la mayor votación en la elección de las autoridades del PSUV, el partido personal del Presidente de la República. Istúriz se caracteriza por su talante carismático, popular y dicharachero. Ya había ocupado la Alcaldía Mayor, si bien contaba en su currículum político con la derrota electoral que yo mismo le propinara en 1995.
Pero el Presidente de la República cometió un garrafal error político: creyó que Leopoldo López no tendría sustituto. Se equivocó.
El tercer elemento de la estrategia presidencial consistió en minimizar la importancia de éste y otros candidatos designados a dedo por su monárquica voluntad, y asumir la campaña como asunto de vida o muerte de su propia existencia. Jamás pude enfrentar a Aristóbulo Istúriz, a quien desafié a sostener un debate público sobre nuestros proyectos.
Como sucediera en mi anterior campaña electoral, esta vez también arranqué con un saldo desfavorable en las encuestas. Y pocos vieron las profundas tendencias que se anidan en la sociedad venezolana. Creí, como ella, firmemente en mi triunfo. Y aposté mis únicas cartas al éxito de la campaña: mi honestidad, mi experiencia, mi amor por Venezuela y por su capital.
* Alcalde electo de Caracas.