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La idea fue lanzada inicialmente por el ex canciller Jorge Castañeda: la de debatir con Chávez. Este la convirtió en debate con los otros, y él como árbitro inapelable.
Vino la contrapropuesta de los visitantes. Que Chávez debatiera con Mario Vargas Llosa, cara a cara. Aquí el presidente arrugó. O sea, que no se expondría a que Mario le leyera unos párrafos de La fiesta del chivo. “Si fuera por grado político, este ciudadano tendría que ir a Perú y recuperar su nacionalidad y lanzarse y ser presidente (…) este quiere ‘ranquearse’… el será intelectual pero yo soy presidente”. Así se salió por la tangente el teniente coronel.
Para contrarrestar la presencia de los escritores, Hugo Chávez armó un circo: la transmisión de su programa Aló, Presidente durante tres días seguidos, y la invitación al país de algunos de sus acólitos como el ministro de Cultura de Cuba. Un verdadero fiasco que terminó en jornadas de cursilería: el humorismo fúnebre del régimen bolivariano.
El seminario sobre la libertad fue organizado por el Centro para la Divulgación del Conocimiento (Cedice) y resultó un suceso en buena parte promovido por las reacciones intolerantes del propio gobierno. Chávez se convirtió en su mejor propagandista al atacar a los intelectuales visitantes en sus cadenas de radio y televisión, entre amenazas de expulsarlos si atacaban a su gobierno.
Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze, Plinio Apuleyo Mendoza y Jorge Castañeda, entre otros, le dieron unas horas de oxígeno al clima de violencia y mediocridad en que Venezuela parece asfixiarse.
* Politólogo, escritor, ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela (1977–1979) y (1985–1988)