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La alfombra era roja. Salía del edificio y atravesaba la calle hasta el andén opuesto. Parecía una lengua enorme y peluda que se abría paso desde un edificio de la calle 48 con la segunda avenida en Manhattan, lista para recibir el martes al presidente libio Muammar Gaddafi. El coronel debía caminar sobre ella majestuoso y con gracia e ingresar a la misión de su país ante las Naciones Unidas como uno de sus reyes que después de muchas guerras regresa a su tierra.
Pero el plan de bienvenida para recibir al dictador libio se frustró por un perro pitbull marrón. Días antes de su llegada, el animal pasaba rutinariamente con su amo cuando vio la alfombra roja que se metía entre una carpa beduina blanca instalada que cubría la entrada del edificio. Sin mayores consideraciones, el can se acomodó sobre la alfombra y la orinó tanto que quedó inservible.
“Es el perro héroe”, dice sonriendo con picardía José, un ecuatoriano que administra el parqueadero frente al edificio de la misión de Libia ante la Organización de Naciones Unidas mientras muestra en su iPhone una foto del can. “Es un verdadero héroe americano”, bromea. Días antes había visto pasar a decenas de personas que protestaban por la presencia del dictador en tierras estadounidenses.
“Es una ofensa que ese hombre llegue al país”, se quejaron muchas personas entre políticos y ciudadanos cuando la ONU anunció que Muammar Gaddafi, “el perro rabioso de Oriente Medio”, como lo bautizó el ex presidente Ronald Reagan, haría su debut en la 64ª Asamblea de la Organización.
El martes de esta semana, José conoció por fin al coronel Gaddafi, ese que llegó rodeado de un inmenso operativo de seguridad, el que estuvo acompañado durante tres días por una caravana de 15 automóviles de vidrios oscuros; al que cuidaban francotiradores del cielo y con quien ningún jefe de Estado tuvo tiempo de reunirse. “El terrorista”, lo llamaron decenas de manifestantes en las calles. “El payaso”, lo llamaron muchos comentaristas en los medios. El que se tomó siete veces más tiempo en su turno para hablar para la Asamblea, y para muchos dijo verdades que sólo pueden ser puestas en los labios de un loco.
Muammar Gaddafi quien, como ningún otro líder del mundo, no pudo conseguir alojamiento esta semana en Nueva York. Hasta Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán, se hizo a una habitación en el Hotel Continental, pese al intenso lobby de la influyente comunidad judía para que el iraní fuera castigado con el destecho por sus comentarios antisemitas y su insistencia en desarrollar un programa nuclear al margen de las consideraciones de la Agencia de Energía Atómica Internacional.
Para Gaddafi, en cambio, todas las puertas estuvieron cerradas: lujosos hoteles le negaron habitaciones y la Alcaldía de Nueva York no le permitió instalar en el Central Park una tienda beduina en la que acostumbra dormir, como lo ha hecho desde su infancia en el desierto y que lleva en sus giras internacionales.
Sus asesores pensaron entonces en que lo mejor era instalar la tienda en una propiedad privada. Ojalá distante de la ciudad y refugiada tras un muro. Y todo habría sido perfecto de no ser porque algún habitante del pequeño pueblo de Bedford, a 40 minutos de Nueva York, vio a un grupo de extranjeros montando una enorme tienda blanca en el jardín de una mansión del magnate Donald Trump. Un, dos, tres y el diario The New York Post circuló el martes con un titular de diez columnas: Gaddafi y su intento malvado (evil in-tent, es el juego de palabras con la foto de la enorme tienda tomada desde un helicóptero).
No pudo hacer nada, pues, el coronel, quien hace contadas semanas celebraba en Trípoli sus cuarenta años de gobierno al lado de Silvio Berlusconi y Hugo Chávez, y esta semana en Naciones Unidas le tocó quedarse en la casa de su Embajador, en el enorme edificio de la calle 48, desde donde se le veía salir y entrar con tal despliegue de seguridad y con tal misterio, que no se podía determinar si el servicio secreto norteamericano lo protegía o lo custodiaba.
La antipatía era más que evidente para los manifestantes que se congregaron con enormes fotos del presidente frente a la ONU cuando Gaddafi llegó a relevar a Barack Obama en la maratón de discursos en la apertura de la Asamblea. Quienes protestaban, eran en su mayoría parientes de las víctimas de la bomba al vuelo 103 de Pan Am, que en 1988 explotó en el aire cuando se dirigía de Londres a Nueva York. En el atentado murieron 243 pasajeros, dos terceras partes eran estadounidenses.
El que el jefe de inteligencia de Gaddafi hubiese sido encontrado culpable del atentado, fue uno de los muchos episodios que durante estos cuarenta años convirtieron a Gaddafi en el chico malo de África, “un hombre con doble personalidad: las dos malvadas”, diría a comienzos de los ochenta el presidente sudanés Gaafar Nimeiri, cuando se le relacionaba con causad tan diversas como la lucha del IRA (Ejército Republicano Irlandés) y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) de Arafat, y los ataques terroristas de grupos musulmanes antioccidentales. El coronel del desierto, sin embargo, se ha considerado a sí mismo desde que subiera al poder, en 1969, un líder alternativo, altermundista, apasionado enemigo de todas las formas de imperialismo y consecuentemente enemigo por principio de Estados Unidos, Inglaterra y el occidente colonial al que, esta semana, en su largamente aplazado debut en la Asamblea de la ONU, le exigió a nombre de África el pago de US$77 billones por daños y perjuicios.
Un delirante
Durante esa misma intervención, Gaddafi oscilaría entre el delirio y la sensatez. Propuso trastear los cuarteles generales de la ONU a Libia para evitar los problemas generados por la elevada seguridad norteamericana, y los periodistas que observaban el discurso estallaron en risas. Pero otras de sus propuestas fueron consideradas menos descabelladas. Entre otras, la eliminación del poder de veto de las cinco potencias permanentes en el Consejo de Seguridad (EE.UU., Rusia, China, Inglaterra y Francia, a quienes acusó de convertirlo en un ‘Consejo del Terror’), la inclusión de un puesto para África y la necesidad de investigar las circunstancias en las que se produjo la invasión norteamericana a Irak.
En el aire, Gaddafi demostró ser un líder incómodo para muchos. La extralimitación en el tiempo de su discurso enloqueció los horarios de las misiones diplomáticas, ninguna de las cuales se reunió bilateralmente con él, según se rumoraba, por presiones de los norteamericanos. Estados Unidos —y así lo evidenciaron las protestas en las calles, y la votación de una resolución del Congreso norteamericano aprobada esta semana— aún considera imperdonable que el coronel haya recibido como un héroe a Abdelbaset Ali Mohmed Al Megrahi, condenado por la bomba de Pan Am y liberado hace un mes por las autoridades escocesas por asuntos humanitarios (Al Megrahi tiene un cáncer terminal).
Días después, medios británicos revelaron que el gobierno de Gordon Brown había insistido en la liberación para no comprometer un negocio entre la British Petroleum y el gobierno libio. Así es como ahora parece que Gaddafi ha aprendido a congraciarse con el mundo: le abrió sus puertas a la inversión europea mientras prende y apaga varios países del viejo continente, así sus presidentes no se quieran ver con él en Manhattan.
Cada cual perdona lo suyo. José, quien desde el parqueadero lo vio tantas veces entrar y salir, no entiende por qué hace dos meses sacaron todos los muebles casi nuevos del edificio de la misión libanesa y los botaron en un depósito de basura. “Estaban nuevos y no se los regalaron a nadie”, cuenta.
Y, después de eso, ¿qué piensa José de Gaddafi?
—“Y bueno —contesta—, el hombre hace sus diabluras, como todo el mundo”.
La jaima de la discordia
Luego de la polémica desatada en Nueva York por la negativa de las autoridades para que Gaddafi instalara su jaima (tienda de campaña de los pueblos nómadas del norte de África), el presidente decidió empacarla y enviarla a Venezuela, a donde llegó el viernes para participar en la II Cumbre África-América Latina.
Las autoridades venezolanas le permitieron al líder libio y su comitiva instalar la jaima en el hotel en donde se hospeda la mayoría de líderes que asisten al encuentro. Gaddafi es miembro de un tribu nómada y cada vez que viaja se hospeda en ella. En su país, Gaddafi tiene una lujosa tienda con alfombras y tapices para recibir visitas de Estado.
La primera vez en EE.UU.
El líder libio, Muammar Gaddafi, junto al iraní Mahmud Ahmadineyad y el venezolano, Hugo Chávez, fueron las estrellas disonantes en los discursos de la Asamblea General de la ONU, con largas y excéntricas intervenciones. El que más atención mediática centró fue Gaddafi, ya que era la primera vez que pisaba Estados Unidos. Lo hizo para dar un extraño e inconexo discurso de 98 minutos (cuando lo recomendado son menos de 20), en el que, además de volver loco a su traductor, habló desde la gripe A hasta el asesinato de John F. Kennedy e incluso tiró al suelo la Carta de Naciones Unidas. También pidió que todos los medicamentos sean gratuitos y que Barack Obama sea presidente de por vida.