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El lunes fue un día poco común para los venezolanos. La mañana los despertó con una noticia poco habitual: era feriado. Mientras huían en sus sueños a la rutina que les esperaba con la salida del sol, el Gobierno decretó en la noche del domingo que el lunes no había jornada laboral, que los niños no irían a clase y que el comercio tenía prohibido abrir las puertas a sus clientes.
Era un día de fiesta. La revolución bolivariana, también conocida como socialismo del siglo XXI, cumplía sus primeros diez años rigiendo los destinos del pueblo con las rentas petroleras. Una ocasión, sin duda, para celebrar.
“Es un día de júbilo, de encuentro de los trabajadores con sus familias, celebrando diez años de logros”, le dijo Abraham Mussa, viceministro de Trabajo, a la prensa nacional. Y para comprobar que nadie se escapara del jolgorio, advirtió que los bancos, escuelas y tiendas que abrieran serían sancionados.
Hacia el medio día fueron llegando a Caracas los invitados. El presidente Evo Morales de Bolivia, Manuel Zelaya de Honduras, Daniel Ortega de Bolivia, el primer ministro Roosevelt Skerrit de Dominica y el vicepresidente José Ramón Machado de Cuba, cada uno recibió un apretón de manos y un abrazo del anfitrión y homenajeado: el mandatario venezolano Hugo Chávez.
Todos juntos celebraron la vigencia del Alba, la alternativa regional que comparte el petróleo bolivariano; firmaron nuevos acuerdos: uno de seguridad alimentaria y otro para crear una multinacional de alimentos.
“Esta revolución es pacífica, pero también armada para defenderse de cualquier agresión externa o interna”, advirtió Chávez a la par que recordaba los momentos dulces y amargos de su decenio.
Mientras él y sus partidarios rememoraban otras épocas, la oposición lo denunciaba por utilizar las arcas del Estado para buscar su reelección indefinida.
En las calles era otra la historia. La Guardia Nacional cerró los negocios que se atrevieron abrir en un día festivo.