Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Entre la tierra de su chacra (granja pequeña) a las afueras de Montevideo, rodeado de semillas de habas y arveja, palas para remover la tierra y los repuestos para su tractor, José Pepe Mujica intentaba aislarse de la campaña presidencial que tantos dolores de cabeza le había traído. Las encuestas seguían situándolo en la punta, pero había recibido múltiples quejas y reproches por decir lo que pensaba: “La Argentina es un pueblo de tarados, tienen reacciones de histéricos, locos y paranoicos”.
Las incomodidades se presentaron a mediados de septiembre pasado, tras la publicación del libro Pepe Coloquios, una extensísima entrevista donde el candidato del oficialista Frente Amplio (FA), de 74 años, hablaba con su característico estilo coloquial. De todas las muestras de rechazo, la más dolorosa provino de su copartidario, el actual presidente Tabaré Vásquez. “Algunas de sus expresiones son, simplemente, estupideces”, dijo el mandatario durante una visita oficial a EE.UU.
Por eso Mujica había regresado a su parcela, para someterse a un régimen de silencio en el cual quedaron prohibidas cualquier tipo de entrevistas y apariciones en actos del gobierno. Las jornadas de introspección en el campo sólo fueron interrumpidas por sus mítines, en los que también adquirió un tono más moderado. “En estos días estoy tomando un curso acelerado para aprender a callarme la boca un poco más”, confesó en su blog oficial.
Como era de esperarse, la campaña del opositor Luis Alberto Lacalle, ex presidente uruguayo de 1990 a 1995 y nominado por el conservador Partido Nacional, capitalizó esta salida en falso y siguió criticando las propuestas de eliminar el secreto bancario o repensar la propiedad privada de la tierra. Además, había despertado una gran incomodidad en sus vecinos del otro lado del río de la Plata.
Pero éste no era el primer contacto de Mujica con el aislamiento. El verdadero infierno comenzó en 1971, cuando fue recapturado por el ejército. Fue uno de los grandes triunfos de la dictadura militar uruguaya, que entonces se complacía por tener entre sus manos a un líder vital para la guerrilla de los Tupamaros. Los siguiente 14 años, alias Ulpiano los pasó entre torturas, aislado en celdas oscuras, conviviendo con sus propios desperdicios y sin nada que leer.
El experimentado político, que salió de la cárcel en 1985, fue elegido al Congreso por primera vez en 1994 y cristalizó su candidatura como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca de Vásquez, supo entonces que era tiempo de romper el silencio por otro error: Lacalle pensaba que los programas sociales del gobierno sostenían a “80.000 vagos”.
Mujica decidió atacar el problema de raíz: cruzó el río y se disculpó públicamente. “Si a alguno lo ofendí por lo que me transcribieron fuera de contexto, le pido perdón”, comentó en un almuerzo con gremios binacionales.
Pero tampoco renunció a su lenguaje habitual. “Yo tengo que ser especialista en relaciones con América Latina. Y Astori (su fórmula vicepresidencial) tiene que ser especialista en donde hablen en inglés”, le dijo al diario argentino La Nación.
A pesar del rechazo que sus propuestas generan entre los economistas, Mujica goza del visto bueno de jóvenes, sindicatos y clases menos favorecidas, lo que se traduce en un 44% de preferencia de voto. Pero si eso no se ratifica en las urnas el próximo domingo, el candidato ha asegurado que se refugiará en su chacra para siempre.