¿Es hora de que Trump y Kim dialoguen?

El asunto es que el plan de arreglo negociado entre Estados Unidos y Corea del Norte no tiene a Kim Jong-Un, como principal obstáculo, que es la versión que los republicanos que quieren vender al mundo.

El presidente Donald Trump le impuso nuevas sanciones a Norcorea.  / AFP
El presidente Donald Trump le impuso nuevas sanciones a Norcorea. / AFP

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En medio de las turbulencias políticas, suelen aparecer oasis refrescantes que llaman a la celebración. Eso es lo que hemos podido atestiguar en los juegos olímpicos de invierno, organizados por Corea del Sur, en PyeongChang. En un apego al espíritu de las justas deportivas, realizadas en Olimpia entre los siglos VIII y IV a.C., por las ciudades-estados y reinos griegos, cuando la guerra entraba en suspenso y se rendía culto a la competencia gimnástica, del mismo modo, el enfrentamiento en la península coreana disfrutó la tregua. 

Los coreanos componen una comunidad con un pasado milenario, con unas características específicas en lengua, instituciones y costumbres, que la diferencian de manera notable de sus grandes vecinos chinos y japoneses. Enclavado entre potencias superiores, no estuvo nunca libre de sus ambiciones, y en el último siglo sufrió los estragos de la guerra entre los bloques de poder. Al día de hoy, se encuentra dividida en dos estados con ideologías, sistema productivo y vinculación internacional contrapuestos. Mientras el Norte se aferra a los lineamientos de la centralización económica, en un modelo autárquico, impuesto por Kim Il-sung, el abuelo del mandatario actual, el Sur aprovechó el estímulo comercial estadounidense durante la guerra fría, para convertirse en un centro industrial de primera línea mundial. 

Ver más: EE.UU se prepara para la guerra con Corea del Norte

El conflicto no cesó con la disolución de la URSS; por el contrario, continuó escalando hacia los extremos. La pérdida de los subsidios en el Norte, la depresión industrial y las catástrofes naturales sumieron al Norte en una catástrofe humanitaria, que arreció el armamentismo. Contribuyó a ello, en gran medida, el hostigamiento por parte de Estados Unidos y Corea, a través de la modernización de equipos y la realización anual de ejercicios militares conjuntos, en los que se contempla la ocupación del Norte. El conflicto se exacerbó en 2017, con la llegada del empresario Trump a la Casa Blanca. En Pyongyang, Kim Jong-Un multiplicó los ensayos de misiles y bombas atómicas, mientras desde Washington fue amenazado de la “destrucción total” del país. 

Los juegos de Pyeongchang este año abrieron una ventana de oportunidad para la reconciliación coreana. El saludo de Kim al presidente Moon en el año nuevo recibió, en reciprocidad, la invitación a participar en los Olímpicos. Ambas delegaciones marcharon juntas bajo una sola bandera y pusieron en alto la coreanidad milenaria. Sin la reciedumbre de un político como la de Moon Jae-In, esta gesta no hubiera sido posible. Su vida ha sido una trayectoria dramática a favor del cierre de una guerra que quedó en suspenso en 1953, cuando ambos bandos se separaron para seguir dispuestos a intercambiar el fuego en cualquier momento. De padres norcoreanos, dedicó su vida a la causa reunificadora, cuya promesa renovó al llegar al mando nacional en mayo de 2017.

Ahora bien, concluidos los juegos queda abierto un espacio enigmático, cuyo desenlace depende de la habilidad de un David perspicaz frente a un Goliat arrogante e imprevisible. El asunto es que el plan de arreglo negociado no tiene a Kim Jong-Un, como principal obstáculo, que es la versión que los republicanos que quieren vender al mundo. Hoy por hoy, la política de Trump es el muro que se interpone a una relación que pudiera ser fluida. El “muro” (como en México o Israel) no es una mera metáfora; en realidad, los intereses geopolíticos estadounidenses en la región se lucran del viejo enfrentamiento en la península coreana para justificar la presencia militar en Corea del Sur y Japón y el creciente gasto en defensa de esos dos países. El despliegue de tecnología militar avanzada y tropas en territorio de ambos aliados son el puntal frente a sus dos grandes rivales del momento: China y Rusia. En esa lógica de dominio físico, la presión doméstica por la injerencia rusa en las elecciones de 2016 puede ser el acicate que agudice la retaliación contra objetivos bien definidos hasta ahora: Irán, Turquía y Norcorea.   

Así las cosas, en abril, Estados Unidos presionará a Corea del Sur a realizar los ensayos militares anuales, que de inmediato suelen provocar las pruebas atómicas y de misiles por parte del Norte. Hasta qué punto logrará el presidente Moon posponerlos por un tiempo indefinido o mermarles la intensidad, con el fin de continuar el entendimiento iniciado con Pyongyang, es un reto mayúsculo. De fracasar, se acrecentará la tensión que vivió la península el año pasado; en cambio, si sale avante, una vez más David habrá doblegado a Goliat.

*Profesor Universidad Externado de Colombia

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