Publicidad

Estela y su nieto

La aparición del nieto de estela de Carlotto, la más célebre de las abuelas de plaza de mayo, conmueve a toda la argentina.

06 de agosto de 2014 – 11:08 p. m.
Tras 36 años de búsqueda y con 83 años de vida, Estela de Carlotto, junto a otras Abuelas de Plaza de Mayo, celebra la aparición de su nieto. /EFE
Tras 36 años de búsqueda y con 83 años de vida, Estela de Carlotto, junto a otras Abuelas de Plaza de Mayo, celebra la aparición de su nieto. /EFE
Foto: EFE - Florencia Downes

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Estela es una abuela que siempre lloró en silencio. Nunca, en estos 36 años había derramado una lágrima frente a su familia. Mucho menos públicamente. Tal vez se armó una coraza. Quizá, la última vez que enjugó sus ojos fue el día que los militares le entregaron el cadáver de Laura, su hija, asesinada por el disparo de una Itaka sin compasión, a 30 centímetros de la frente. Aquella tarde de 1978 se murió una parte de esta mujer que hoy conmueve a la Argentina. También, una necesidad de justicia y, desde 1985, la búsqueda incesante de ese nieto que su hija parió en cautiverio.

Porque Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, luchadora incansable aún a los 83 años, encontró a Guido, que había sido bautizado Ignacio Hurban por sus padres adoptivos. La madre de todas las batallas por la recuperación de los hijos que le arrancó la dictadura militar puede abrazar a ese bebé que no pudo arropar, a ese hombre que es un músico y al que hasta este invierno no había podido aplaudir en un teatro. Ya no serán las imágenes que construyó entre sueños. Nunca más. Ahora, todo es una hermosa realidad.

Nació el 22 de octubre de 1930, en La Plata, a 60 kilómetros de la Capital Federal. Estela Barnes era maestra en una escuela de Coronel Brandsen, esposa de Guido, dueño de una pinturería en tiempos en los que la vida tenía otros colores. Madre de cuatro hijos, Guido, Remo, Laura y Claudia, sus serenos días se vieron sacudidos por la violenta irrupción militar. Jóvenes, pujantes, integrantes de una sociedad que no se resignaba a ser víctima de los más atroces tormentos, sus hijos eran militantes de la Juventud Peronista Universitaria.

Laura tenía 22 años. Cursaba Historia en la Facultad de las Humanidades. Se había enamorado de Wílmar Montoya, un chico de 18, oriundo de Chubut, en el sur del país. Era de los Montoneros, una organización guerrillera de izquierda. Y producto de ese romance oculto, porque muy pocos lo conocían, se gestó Guido, el nombre que eligió Laura en honor a su padre y a su hermano mayor. Ella no pudo disfrutar de su embarazo. Con una pancita que empezaba a asomarse, fue secuestrada por la policía provincial a cargo del general Juan Manuel Camps.

Desde noviembre de 1977, Laura fue prisionera de ‘La Cacha’, apodo que recibió el centro clandestino de detención por la Bruja Cachavacha, un personaje de historietas que todo hacía desaparecer. Los militares habían establecido esa improvisada cárcel cerca del penal de Olmos, en los galpones de la vieja Radio Provincia. Allí estuvo en cautiverio durante nueve meses, hasta que nació Guido, pocos días antes de su fusilamiento. Alcira Ríos, una abogada que sobrevivió al martirio, fue compañera de Laura y contó en detalle los últimos tiempos de la hija de Estela de Carlotto. Un fragmento de su declaración, que fue clave en los juicios de lesa humanidad que condenaron a Jorge Videla, Reynaldo Bignone, Omar Riveros y Jorge “El Tigre” Acosta y que además es la letrada patrocinante de la Asociación Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, fue reproducido en el libro Laura, de María Eugenia Ludueña.

‘Rita’, tal cual era el nombre de guerra de Laura, conoció a Alcira en un calabozo donde sólo podía estar en cuatro patas, tirada en una colchoneta, con las manos engrilladas y los pies atados a la pared. “Yo de vos me quiero llevar un recuerdo, dame algo”, le dijo Laura a su compañera de celda. “¿Qué te voy a dar, si te van a revisar y te lo van a sacar? Lo único que tengo es un corpiño de encaje negro”, le contestó Alcira, que terminó regalándole su ropa interior. Ese obsequio fue clave para que Estela de Carlotto pudiera identificar a su hija en 1985, cuando pidió la exhumación de su cuerpo. Había reunido pistas la docente, ya jubilada. El examen del equipo de Antropología Forense determinó, de acuerdo con el estudio de los huesos de la pelvis, que su hija la había hecho abuela.

Ya eran los tiempos de la democracia. Atrás había quedado la etapa más negra de este país, el Proceso de Reorganización Nacional, como llamaron los militares al golpe de estado del 24 de noviembre de 1976. Lisa y llanamente, un régimen terrorista que terminó con la vida de 30 mil argentinos. Pero Carlotto no le tuvo miedo al despotismo. Y empezó a encabezar las marchas a Plaza de Mayo. Con un pañuelo en la cabeza como símbolo, ella y otras tantas madres despojadas de sus hijos se presentaron cada semana en la Pirámide de la plaza para dejar en claro que en la Argentina se estaban cometiendo atrocidades. “La primera vez que fui a Plaza de Mayo con las abuelas de La Plata, temblaba como una hoja. Había tantos militares, tantos caballos, tantos fusiles, pero saqué las fuerzas de Laura”, contó Estela, quien ya recuperó al nieto 114. El suyo, nada menos.

Se trata de Guido, un bebé que Laura apenas tuvo cinco horas en sus brazos, antes de que se lo quitaran impunemente en el Hospital Militar, donde parió encadenada. En su documento nacional de identidad reza que se trata de Ignacio Hurban. Hoy es un reconocido compositor musical, director de la escuela municipal Hermanos Rossi de Olavarría, en la Provincia de Buenos Aires. Toca el piano. Lo adoptó una familia rural. Y creció ajeno a su historia. Sin embargo, empezó a tener dudas y hace tres meses se sometió a un análisis de ADN impulsado por su novia Celeste, una diseñadora de modas.

El resultado tuvo una gran repercusión en el país. Hasta Cristina Fernández de Kirchner, la presidenta, llamó a Estela para felicitarla. La relación de la presidenta con la titular de la organización de Abuelas es muy estrecha. A tal punto, que generó polémica en la opinión el interés partidista de financiar a su organización dedicada a los derechos humanos, nominada cinco veces para el Premio Nobel de la Paz y reconocida a nivel internacional. La revista Noticias, sin ir más lejos, reveló que se invirtieron 5 millones de dólares en subsidios.

De todos modos, nada empaña la felicidad de esta señora y de los argentinos que sufren por un pasado oscuro. “Este es un triunfo de todos los argentinos”, dijo Estela. Tiene razón. A fin de cuentas, logró que una sociedad dividida celebrara la aparición de su nieto sin tener en cuenta el color del partido político.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido