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Kamala Harris: “Ser atractiva puede suponer un lastre”

Fragmento de la biografía de la vicepresidenta de Estados Unidos, desde hoy en Colombia bajo el sello Roca Editorial.

La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, se especializó contra el crimen: desde 2004 hasta 2011 fue fiscal de Distrito en San Francisco y, luego, la primera negra en ser fiscal general del Estado de California.  / AP
La vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, se especializó contra el crimen: desde 2004 hasta 2011 fue fiscal de Distrito en San Francisco y, luego, la primera negra en ser fiscal general del Estado de California. / AP
Foto: EFE - KEVIN DIETSCH / POOL

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En 2002, Kamala Harris invitó a almorzar a su jefe, Louise Renne, fiscal de la ciudad. Tal como Renne recordaba, Harris le dijo:

– Estoy planteándome presentarme a fiscal de Distrito.

– Adelante, respondió Renne.

Renne le prometió ayudarla en todo lo que pudiera. También le advirtió que costaba mucho sacar a alguien que ya estuviera en el puesto, y en su caso costaría aún más, tratándose de su exjefe, el legendario Terence Hallinan. Harris tenía 38 años a finales de 2002, cuando anunció por primera vez su candidatura a un cargo público. “La voz de hoy en defensa de la justicia”, decía su sitio web. (Recomendamos: Kamala Harris en 30 datos).

Incluía una lista de motivos por los que era la persona ideal para sustituir a Hallinan: sería una gestora competente y mejoraría los índices de sentencias condenatorias, que estaban muy por debajo de la media del estado. Mientras Hallinan “se negaba a procesar a los traficantes de crac y heroína”, ella se propondría incidir en los casos de drogas como parte de su campaña para limpiar las calles. “Quizá lo más alarmante de todo sea la ya irreparable animosidad entre el Departamento de Policía y la oficina del fiscal de Distrito, que deberían trabajar juntos para combatir la delincuencia, en lugar de combatir entre ellos”.

Tal como descubriría más tarde, mantener todas esas promesas resultaría duro, especialmente la de acabar con los enfrentamientos entre la oficina del fiscal de Distrito y la Policía. Pero primero tenía que ganar. Mark Buell, presidente de su comité de financiación, estaba ahí para ayudarla, y recuerda que no le costó mucho vender el producto.

Harris era una candidata atractiva, llena de energía y vitalidad, un claro exponente de una nueva generación de líderes para una ciudad que necesitaba un cambio. Cuando hablaba con alguien, le miraba a los ojos, no iba paseando la mirada por la sala en busca de otra persona más importante con la que hablar. Hacía que todo el que hablara con ella se sintiera la persona más importante del lugar. “Es una buena política. Sabe encontrar su sitio prácticamente en cualquier situación”, comentó Buell.

En una vorágine de reuniones, eventos y llamadas telefónicas durante las últimas seis semanas de 2002, Harris recaudó US$100.560. En San Francisco está prohibido que los particulares donen más de US$500, así que era un importe impresionante para una candidata que se presentaba por primera vez, y dejaba claro que su candidatura era seria. (Le puede interesar: La historia de amor de Kamala Harris).

La familia también respondió: su hermana Maya Harris, su cuñado Tony West y, por supuesto, su madre, Shyamala, donaron US$500 cada uno. Entre los primeros en donar estaban también muchas de las personas adineradas que había conocido en reuniones sociales: miembros de la familia Pritzker, cuya riqueza procedía de la cadena de hoteles Hyatt; miembros de la familia Getty; Charles Schwab, de la empresa de inversiones que lleva su nombre, y la familia Fisher, famosa por la marca Gap. Algunos fiscales desencantados con Hallinan también hicieron generosas contribuciones.

“Estaba cansado de ver que siempre eran los mismos quienes gobernaban San Francisco. Ella era una cara nueva”, declaró John Keker, uno de los abogados más exitosos de la ciudad. En 1989, Keker había dirigido la acusación contra el marine Oliver North por su participación en el escándalo Irán-Contras, en el que el gobierno de Reagan vendió armas a Irán para conseguir dinero con el que financiar a los contras de derecha que combatían contra el gobierno de izquierda de Nicaragua.

“Kamala proyectaba honestidad y humanidad. Podías poner a un montón de gente en su contra, y ella conseguiría conectar con ellos igualmente”. Harris no quería que la vieran como un producto de Pacific Heights o de los bufetes elegantes del centro, así que intentó demostrar que atendería a la gente que más necesitaba una fiscalía honesta. Situó la sede de campaña en medio del desfavorecido barrio de Bayview, a un mundo de distancia de las vistas de los áticos de US$10 millones y del reluciente distrito financiero. Un grupo de voluntarios pintó los eslóganes en una pared del local: “Una nueva voz en defensa de la justicia”. “Es nuestro momento”. “La hora del cambio”. Harris prometió aumentar la acción contra la violencia doméstica y contra el tráfico de menores. Intentamos dar una nueva dimensión al cargo, declaró Debbie Mesloh, vieja amiga de Harris y una de las primeras en colaborar, que se convirtió en portavoz de la campaña. Muchas veces Harris llegaba a la sede antes del amanecer. Shyamala era una presencia constante, colaborando allá donde fuera necesario. Maya y Tony también estaban ahí. La iniciativa de Harris y sus voluntarios recordaba un poco las escenas de Norman Rockwell: hasta salían con tablas de planchar y las plantaban frente a las paradas de autobús, o en plena acera, frente a tiendas de alimentación, creando puestos ambulantes desde donde distribuir folletos de promoción.

Harris tenía un entusiasmo, un encanto personal y un carisma que atraía a los voluntarios y que hacía que quisieran aportar lo mejor que podían ofrecer. En su primera entrevista en la televisión como candidata, Harris habló de su admiración por la diosa hindú Kali, una guerrera mitológica que protege a los inocentes destruyendo el mal. En su representación más clásica, Kali sostiene la cabeza de un demonio decapitado, luce un collar de cabezas cortadas y una falda hecha con brazos ensangrentados. Harris también observó que Kali es una figura materna. Laura Talmus, profesional de las campañas de financiación al servicio de Harris, fue testigo de ese aspecto maternal de Harris. Muchos sábados por la mañana llegaba para colaborar con su hija, Lili. Lili tenía nueve años y destacaba allá donde la llevaran. Era lista, observadora, precoz, una ávida lectora, y no le costaba nada reír. También sufría del síndrome de Apert, un raro trastorno genético que deforma la cara y la cabeza. Cuando veía a Lili, Harris hablaba con ella, le preguntaba cómo le había ido el día o la semana en el colegio y le daba las gracias por su ayuda. Lili y su madre salían a la calle con su tabla de planchar y sus folletos, y se situaban frente al supermercado de Nob Hill, frente a las vías del tranvía de Hyde Street. Los días en que Lili no se sentía especialmente motivada para repartir folletos se quedaba en la sede, con Shyamala, metiendo cartas en sobres o haciendo cualquier otra tarea que le asignara su abuela. “Cuando estaba con Kamala se le iluminaba la mirada”, recordaba Talmus.

En febrero de 2003, Harris habló con el primer grupo de mujeres que había pasado por el centro de formación creado con la colaboración de Andrea Dew Steele y que Susie Tompkins Buell había ayudado a financiar a través de Emerge California. La formación era para aparecer en la lista de Harris y optar a cargos menores, pero también, tal como observó el Chronicle, “había quien fantaseaba con llegar a presentarse a las elecciones presidenciales algún día”. En ese mismo artículo se observaba que en San Francisco nunca se había elegido a una mujer como fiscal de Distrito.

“Hay un doble rasero que hay que tener muy presente, decía Harris a las mujeres, según se cuenta. Ser una mujer que algunos puedan considerar atractiva también puede suponer un lastre. La gente te atribuye cierta superficialidad. Por eso es tan importante hablar con cuanta más gente mejor, y transmitir los valores que defiendes”. También decía: “Si destacas en la vida, tendrás enemigos. No es el fin del mundo, y a veces es incluso bueno. Las mujeres deberían tener acceso a cualquier cargo público, debemos poder ocupar puestos de toma de decisiones”.

Durante gran parte de la campaña, Harris fue por detrás de los hombres, el fiscal en el cargo, Hallinan, y Fazio, el candida­to más conservador. Ambos no dejaban de sacar a colación los vínculos de Harris con el alcalde Brown. Harris sabía que ese era su punto débil: algunos votantes se habían cansado de los tinglados de Willie Brown. Había colocado a demasiados amigotes, entre ellos Paul Horcher, diputado estatal por el Partido Republicano que se había pasado a los demócratas en 1994 al votar por Brown como presidente de la Asamblea.

Durante su mandato, la ciudad también había firmado contratos con empresas que fichaban a amigos suyos para gestiones externas. El Chronicle informó de que el FBI investigó al Ayuntamiento durante gran parte de su mandato. Aunque aquello no provocó más que unas cuantas imputaciones, Harris, candidata que prometía reformas en una institución que debía luchar contra la corrupción, hizo un esfuerzo considerable para distanciarse de Brown, llegando a declarar al SF Weekly que su relación con él, que había acabado ocho años antes, era su “rémora”. Por si había alguna duda de que aquello había quedado atrás, insistió al Weekly: “Me niego a centrar mi campaña en criticar a Willie Brown para parecer más independiente, cuando yo no tengo ninguna duda de que soy independiente de él, y de que él mismo podría manifestar cierto temor al hecho de que no puede controlarme. Su carrera ha acabado; yo pienso dar mucha guerra unos cuarenta años más. No le debo nada”.

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Fazio se dio cuenta de que Harris iba ganando terreno y siguió jugando la carta de Willie Brown, esta vez en una publicidad enviada por correo a las mujeres. Era el fin de semana de Halloween, días antes del día de las elecciones presidenciales. “A mí me da igual que Willie Brown sea el exnovio de Kamala Harris —decía la publicidad, como si hablara una mujer—. Lo que me preocupa es que Kamala aceptó que Willie Brown la colocara en dos consejos estatales con un sueldazo, entre ellos uno para el que no tenía ninguna formación…”.

Harris se apresuró a responder grabando un mensaje de difusión telefónica que advertía a los votantes de una “información engañosa” que podían recibir por correo y explicándoles que había aprovechado su posición en esos consejos para mejorar la situación de las parejas homosexuales y para evitar que cerraran un hospital. Harris estaba mostrando su habilidad en el arte de la guerra política. Le arrebató el segundo puesto a Fazio; se enfrentaría a Hallinan en la segunda vuelta, en diciembre.

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Para el resto del mundo, San Francisco es conocida sobre todo por su bulliciosa Chinatown, sus cafés en North Beach, el Gol­den Gate Bridge y los tranvías, o quizá también por los sintecho que duermen en las aceras, bajo los puentes o en los solares sin construir. San Francisco es lo uno y lo otro. Pero sus habitantes también saben que la lucha política en la ciudad es dura. Los políticos que quieren triunfar en San Francisco saben cómo ganar. No es casualidad que algunos de los personajes más du­ros de la política de hoy y del pasado (como la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi, Willie Brown, la senadora Dianne Feinstein, el gobernador Gavin Newsom, John y Phillip Burton, la exsenadora Barbara Boxer o la propia Kamala Harris) hayan salido de San Francisco.

Ninguna disputa política en San Francisco sería completa sin unos cuantos codazos. Mientras Harris y Hallinan hacían cam­paña, Kimberly Guilfoyle, entonces casada con el candidato a la alcaldía Gavin Newsom y en excedencia de la oficina del fiscal de distrito, le lanzó uno a Harris, diciéndole al Chronicle que Harris había intentado impedir su regreso a la fiscalía en el año 2000. “Básicamente, no me quería ahí”, declaró Guilfoyle. Su intención era sugerir que Harris había intentado cortar las alas a una brillante fiscal, defensora de la ley y el orden.

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Y, efectivamente, en 2001, después de que Harris abandonara la fiscalía, Guilfoyle se hizo famosa por ser una de los dos fisca­les de un caso especialmente sonado contra dos abogados que se habían quedado con dos perros de presa canarios de más de cincuenta kilos cada uno, llamados Bane y Hera, mien­tras el dueño de los animales, un miembro de la Hermandad Aria apodado Cornfed, que era a la vez su cliente y su hijo adoptivo, cumplía condena en prisión. Cornfed había criado a los perros para que montaran guardia en sus laboratorios de metanfetaminas, y eran de una ferocidad extrema. Un día los perros se escaparon y mataron a dentelladas a una entre­nadora de lacross universitario en el vestíbulo de su edificio. Guilfoyle y su colega consiguieron que se les sentenciara a prisión, y Guilfoyle llamó la atención de los programas de televisión por cable. Eso acabó acercándola al mundo conser­vador de Fox News, llevándola a divorciarse de Newsom y, con el tiempo, a una relación con Donald Trump Jr.

Mientras tanto, Harris consiguió defenderse de las acusa­ciones de Guilfoyle. Al contrario, dijo Harris, lo que ella quería era ayudar a Guilfoyle. Al final, Guilfoyle no consiguió hacerle daño, y Harris consiguió ganar las elecciones. En San Francisco, los candidatos que ganan no se escoran a la derecha. No es una estrategia ganadora. Pero algunos consi­guen encontrar un modo sutil de parecer menos de izquierdas que sus oponentes. Eso fue lo que hizo Harris. En la segunda vuelta, contra Hallinan, prometió reformas, pero también atra­jo a los votantes de Fazio, muchos de los cuales eran, si no ya conservadores, sí menos liberales que los partidarios de Halli­nan. El Chronicle apoyó a Harris el 7 de diciembre de 2003, con el titular “Harris, en defensa de la ley y el orden”.

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Harris no mencionó el apoyo económico de Willie Brown en su material de campaña. Sin embargo, Brown, leal a sus viejas amistades y deseoso de ayudar a cualquier candidato ne­gro con talento, estaba colaborando entre bastidores y usó sus influencias para abrirle puertas a Harris. Eso incluía el acceso a sus donantes. Pero era Harris quien tenía que cerrar el tra­to. Muchos de sus donantes habían apoyado antes a Hallinan, pero ahora era su turno. Al ver cortados sus suministros de financiación, Hallinan invirtió cincuenta mil dólares de su bol­sillo para mantener su campaña a flote.

El día de las elecciones, Harris había recaudado casi el triple que Hallinan, un millón de dólares en su primera elección, y prácticamente todo en donaciones de quinientos dólares. Muchos donantes que ha­bían contribuido a esa campaña han seguido contribuyendo en campañas de Harris hasta la actualidad. Brown hizo una breve aparición en la fiesta de la victoria de Harris: “Obviamente, es una victoria de género. Una victoria étnica. Pero ha sido su competencia la que ha derrotado a Te­rence Hallinan”, dijo. Harris ganó con un cincuenta y seis por ciento de los votos, más porcentaje que ningún otro candidato de San Francisco hasta la fecha, incluido Gavin Newsom, recién elegido alcalde.

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A principios de 2004, después de que se contaran los vo­tos y de que la nueva guardia jurara su cargo, el San Fran­cisco Chronicle informó de que uno de los pupilos de Brown, Mohammed Nuru, un cargo destacado en el Departamento de Obras Públicas, había hecho correr la voz de que una brigada de limpieza urbana financiada por el Ayuntamiento, conocida como San Francisco League of Urban Gardeners (SLUG), tenía órdenes de votar por Newsom. Nuru contó a los periodistas que había hecho campaña por Newsom y por Harris en su tiempo libre, y negó haber presionado a nadie. En San Francisco, que se hablara de irregularidades de este tipo no era algo nuevo.

El nuevo alcalde y la nueva fiscal de distrito prometieron limpiar la ciudad. El fiscal de la ciudad de San Francisco, el secretario de Estado de California y la recién elegida fiscal de Distrito asegu­raron que estudiarían las acusaciones. No tuvieron recorrido. Harris salió del cenagoso y traicionero terreno de la política de San Francisco con algunas cicatrices. También aprendió que había que hacer como Kali y cortar alguna cabeza de vez en cuando, aunque fuera en sentido figurado. Su habilidad y su carisma, su inteligencia, su garra y su tenacidad para luchar con denuedo hacían que destacara sobre los demás. Con el tiempo, los californianos tendrían ocasión de ver más de todo eso.

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* Autor del libro. Reconocido periodista político de diarios como Los Angeles Times. Este capítulo se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

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