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La batalla electoral desde el patio trasero

Las relaciones con la región giran alrededor de la seguridad: narcotráfico y migración son los temas constantes. Más allá de eso, escasea el diálogo.

El voto latino del estado de Florida es, en su mayoría, republicano. Este lugar será definitivo en las urnas.
El voto latino del estado de Florida es, en su mayoría, republicano. Este lugar será definitivo en las urnas.
Foto: EFE - Agencia EFE

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Como en otras ocasiones, el mundo observará atentamente el desarrollo de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. América Latina esperará el desenlace de la contienda entre demócratas y republicanos, con la esperanza de que unos sean mejores que otros, sin olvidar que hace mucho ninguno de ellos le ha dado la debida importancia, con pocas excepciones.

América Latina no se encuentra en el mapa de prioridades geopolíticas de Washington. No obstante, el 3 de noviembre es un día D, pues con Joe Biden o con Donald Trump el poder global de Estados Unidos, con sus aciertos y/o errores, es incontestable.

En las agendas de Biden y del presidente Trump contener el avance de China será una constante en los próximos años. En ese sentido, la triangulación Estados Unidos, China y América Latina tendrá un peso importante en los cálculos estratégicos del Departamento de Estado y América Latina deberá interpretar cuidadosamente esa variable.

Trump ha demostrado la poca importancia de América Latina para la Casa Blanca. No tuvo tiempo ni interés de realizar una sola gira por América Latina, con excepción del G-20 en Argentina, gracias a sus afinidades con el expresidente Mauricio Macri -el golf los unía-. Entretanto, el presidente George Bush visitó América Latina 18 veces y Barack Obama 15, incluyendo su histórica visita a La Habana, celebrada por todo el continente: el día en que Cuba parecía transformarse en la esquina de la distensión.

Para el Departamento de Estado y el Pentágono, América Latina tiene dos caras visibles: narcotráfico y migración. Las relaciones giran alrededor de la seguridad. Lo demás son pesares de una región que no ha aprendido a caminar por sus propios medios, en donde una y otra vez soplan vientos de cambio, a veces incómodos, pero fácilmente controlados por su persistente fragmentación. Aún lo más importante es ser leal al Rey.

Si el presidente Trump gana las elecciones, América Latina seguirá muy invisibilizada en el mapa de intereses geopolíticos de Estados Unidos. Si gana Biden, asuntos referentes a la agenda soft power de EE. UU., como medioambiente, derechos humanos, déficit social y una mayor ayuda financiera a los países en desarrollo podrían estar en el orden del día, pero tampoco hay que esperar mucho.

El México de López Obrador, a partir de la renegociación del TLC, seguirá tolerando al presidente Trump, como socio estratégico y controlador de la migración y el narcotráfico hacia Estados Unidos, mientras la Casa Blanca sigue cerrando los ojos ante la violación de derechos humanos, el déficit ambiental y la frágil regulación laboral. Sin embargo, ¿podrá ser un socio confiable ahora que parece claro que la corrupción y el narcotráfico permean importantes instituciones estatales?

El Brasil del presidente Jair Bolsonaro marcó un punto de inflexión en la política exterior. Abandonó “variables de la política exterior de Estado independiente y responsable”, puestas en marcha durante décadas, con el objetivo de alinearse con Estados Unidos. Una derrota del presidente Trump lo debilitaría y un posible gobierno de Biden estaría más atento a la cuestión ambiental, derechos humanos y democracia. Temas como un TLC con Estados Unidos y la entrada de Brasil a la OCDE con Biden probablemente no serán prioritarios o serán bastante condicionados.

Venezuela seguirá siendo el caballo de batalla de Trump y de Biden y, por ende, un importante vínculo con la derecha continental. Para la Casa Blanca, independientemente del gobierno de Nicolás Maduro, la democracia en Venezuela y los derechos humanos son lo que menos importa. “No se trata de limpiar” la burocracia Estatal venezolana y (re)construir el Estado», lo que realmente cuenta son sus inmensas reservas de petróleo. Las estrategias de Biden y Trump podrán ser diferentes pero, al fin y al cabo, apuntan a lo mismo: desestabilizar desde adentro, para operacionalizar la geopolítica de los recursos naturales.

El sur de América del Sur será monitoreado, sobre todo Argentina, Bolivia y Chile, en donde muchas cosas podrán pasar.

El presidente Trump hizo trizas los avances ocurridos en la relación Estados Unidos-Cuba en la era Obama. Del cierre de la Embajada de Estados Unidos en Cuba, al recrudecimiento del embargo, el desmonte del turismo hasta la nueva inclusión de Cuba en la lista de países que no cooperan en la lucha contra el terrorismo, todo fue calculado milimétricamente, lo que ha provocado un cruel hostigamiento a la isla. Sin embargo, Joe Biden cree que «se necesita una nueva política hacia Cuba, que el enfoque de este gobierno no está funcionando y que Cuba no está más cerca de la libertad y la democracia hoy que hace cuatro años». Con Biden es posible que EE. UU. recupere espacios perdidos en los organismos internacionales para rescatar la confianza entre sus aliados tradicionales.

Ojalá en el mundo pospandemia, finalmente todos se sienten en la misma mesa. Como expresó el papa Francisco: “La fraternidad y la amistad social son las vías indicadas para construir un mundo mejor, más justo y pacífico, con el compromiso de todos: pueblo e instituciones. Reafirmado con fuerza el no a la guerra y a la globalización de la indiferencia”.

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