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En medio de un justificable escepticismo se contempla la posibilidad real de un relanzamiento de los diálogos entre palestinos e israelíes. El impulso de nuevo va por cuenta de Estados Unidos, y concretamente de su secretario de Estado, John Kerry, quien ve en el tema una oportunidad para renovar la desgastada imagen de su país en el mundo, y notablemente en Oriente Medio.
Tanto la Autoridad Nacional Palestina como Tel Aviv llegan al diálogo en momentos de extrema dificultad. De un lado, Israel ve con preocupación la forma como es utilizado el islam y la amenaza a la estabilidad regional que dicha tendencia sugiere. La llegada de la Hermandad Musulmana en Egipto, aunque depuesta por el golpe militar, dejó ver lo que podría ser una región islamizada y hostil respecto al Estado hebreo. A su vez, la guerra en Siria y sus efectos notorios en Líbano pueden afectar la posición israelí en la zona con un Hizbolá fortalecido (a pesar de la inclusión en la lista de organizaciones terroristas de la UE, lo que probablemente le otorgue aún mayores niveles de popularidad). El gobierno de Tel Aviv había sacado provecho de la estabilidad durante varias décadas en el mundo árabe-musulmán. Esto le permitió el reconocimiento valiosísimo de Egipto, Jordania y Mauritania, la conquista diplomática más importante de su historia. No obstante, dicha estabilidad parece en entredicho y el futuro es incierto con unos actores prooccidentales en la región cada vez más debilitados. Finalmente, el renovado liderazgo iraní representa un reto de envergadura para Israel. En los últimos años, los anuncios de Benjamín Netanyahu sobre posibles ataques preventivos contra Irán se han multiplicado, sin que ello haya parecido doblegar la voluntad de Teherán para reivindicar un lugar como potencia regional, aprovechando de paso el desprestigio de Tel Aviv por los abusos cometidos contra los palestinos.
Para Palestina el escenario es más complejo. Lo que alguna vez fue la solidaridad árabe para solucionar la tragedia de este Estado constantemente en ciernes ha desaparecido por completo. La renuncia de Egipto a liderar los esfuerzos del mundo árabe para contrarrestar la superioridad militar israelí ha cedido paso a los problemas internos y estructurales enfrentados por la mayoría de naciones de esta zona que alguna vez juraron lealtad absoluta con la tragedia palestina (Nakba). A esto hay que añadir la división entre Al Fatah y Hamás, alimentada por la comunidad internacional, que no ha cejado en el propósito de aislar al segundo, aunque sin mucho éxito.
En cuanto a Estados Unidos, se trata de uno de los mayores interesados en que se firme la paz de una vez por todas. Los problemas en el mundo con efectos negativos sobre la imagen de Washington proliferan, y la situación en lo que George W. Bush denominó el Gran Medio Oriente (para incluir una región de Asia central como Afganistán) es cada vez más complicada. Para Estados Unidos había sido relativamente fácil lidiar con el globalmente impopular Mahmud Ahmadineyad. Sus constantes declaraciones lo hacían un blanco fácil de ataques tanto de republicanos como demócratas. En una oportunidad que le hubiera podido valer el reconocimiento de sectores ajenos a la política en Estados Unidos, en la prestigiosa Universidad de Columbia, Ahmadineyad no encontró inconveniente en manifestar que en Irán no “había homosexuales”. Inmediatamente el repudio fue generalizado. No obstante, Hasán Rohani, recién elegido presidente iraní, despertará divisiones en Occidente respecto a qué postura asumir frente a Teherán. Por más flexible y moderado que sea Rohani, es casi imposible que reconozca a Israel y que convierta su democracia en un sistema liberal, como aspiran algunos círculos de poder cercanos al departamento de Estado. Con este escenario, a Washington le conviene relanzar el proceso de paz palestino-israelí y, con ello, confirmar su vocación pacifista en Oriente Medio, coincida o no esta imagen con la realidad.
Para Palestina e Israel la coyuntura es una oportunidad real de firmar una paz exigida en el seno de sus sociedades y anhelada con candidez en el mundo. Aunque el momento no es el mejor, por quien ejerce como primer ministro en Israel, hay razones para pensar con optimismo en la materialización del Estado palestino y en una paz duradera.