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Las muertes de Babilonia

Tras cinco años de silencio, el Museo Nacional de Irak abrió sus puertas, mientras que EE.UU. anunció la retirada. El ex director de esta institución le relató a El Espectador detalles de su vida, entre las ruinas arqueológicas y la política.

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Son diversos los recuerdos que el profesor Donny George Youkhanna tiene de las galerías del Museo Nacional de Irak. Las recuerda adornadas con piezas asirias y acadias, y vigiladas por gigantescos toros alados con semblantes de humanos barbados. A veces silenciosas y solitarias, como cuando fueron cerradas tras la Guerra del Golfo Pérsico; en ocasiones correteadas por estudiantes de Bagdad, cuando Sadam Hussein abrió de nuevo sus puertas, en abril de 2000. Pero, sobre todo, el profesor las recuerda en las noches oscuras de abril de 2003, cuando las patrulló con un fusil Kalashnikov en las manos, siempre vigilante; o en aquella mañana, cuando la estatua de Sadam cayó rodando, y encontró que, tras el saqueo,  miles de sus más queridas piezas habían desaparecido.

El pasado 23 de febrero, ocho de las 28 galerías del Museo que George dirigió entre el año 2000 y 2005 fueron reinauguradas. El primero en visitarlas fue el primer ministro iraquí, Nuri Al Maliki, quien con orgullo invitó a la prensa internacional. George, sin embargo, no estaba presente. Y desde un exilio doloroso en Nueva York, después de años de arriesgar la vida por el patrimonio de Mesopotamia, sentenció en una carta: “El museo es víctima de caprichos políticos y será sacrificado por una campaña de relaciones públicas en nombre del gobierno”.

Pese el ímpetu con el que se expresa contra el gobierno de Al Maliki, George evita la política y prefiere hablar de su campo. Su vida ha oscilado siempre entre la guerra y las ruinas, la invasión y la arqueología. Desde que era un joven pasante en el Museo Nacional de Irak y fue llamado a servir en el ejército durante cuatro años contra los iraníes.

En 1985 volvió de nuevo al oficio. Esta vez como parte del equipo que debía reconstruir la memoria arqueológica iraquí, al estilo de Sadam Hussein. “Él siempre apoyó nuestros proyectos con una condición”, recuerda el profesor. “Debíamos alabarlo, mencionarlo en nuestros informes como un gran líder de la historia de Mesopotamia”. De  todas las  obsesiones del  presidente, había una que reinaba. Hussein la bautizó “El renacer de Babilonia”.

Reconstruir y destruir a Babel

Los trabajos se iniciaron en 1986, en las ruinas ubicadas a unos 80 kilómetros al sur de Bagdad. La orden era clara: había que completar los muros, reconstruir las casas y hacer que Babilonia respirara de nuevo para una feria internacional que nunca pudo ser.

Caminando y revisando las labores de reconstrucción, Sadam debía sentirse como el mismo Nabucodonosor, revisando en el siglo VI a. C. la construcción de sus jardines colgantes.

Pero revivir ciudades perdidas no es realmente el sueño de un arqueólogo. “Teníamos que hacerlo, era una orden, pero fue un exceso, iba en contra de la filosofía de la restauración y la conservación”. El grupo de arqueólogos resolvió, entonces, hacerle trampa al temible Hussein. “Ellos no sabían, pero las nuevas paredes que construíamos no eran sólidas, eran paredes vacías que se podían destruir en cualquier momento”.

Hussein nunca reparó en la trampa y muchas veces, pese a su reputación, fue persuadido por los arqueólogos para que su ego no estropeara la ciudad.

—¿Qué dice acá? —Le preguntó un día al profesor, señalando una inscripción de la realeza babilónica.

—Es una frase de Nabucodonosor; dice que ha sido enviado por los dioses a proteger a  “toda la gente de cabeza negra” —Respondió George.

— ¡Cámbiela!, que diga otra cosa. —Ordenó Sadam, inexplicablemente molesto por la expresión.

—No, señor, no podemos cambiarla. Es un texto histórico y quiere decir “toda la gente”, no lo cambiaremos.

Hussein calló. Y en voz baja su jefe de guardaespaldas susurró, agarrando al profesor por el brazo:

—¿Cómo se atreve a  decirle que no al líder? Váyase. Dios lo bendiga, porque no ordenó castigarlo.

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Quince años después, en los primeros días de abril de 2003, las fuerzas norteamericanas, rumbo a Bagdad, entraron a Babilonia.

La Primera Fuerza de Marines del ejército estableció allí el Campamento Alpha y meses más tarde las fuerzas polacas tomarían el mando del lugar. Unos 2.000 soldados hicieron de calles, trincheras; de los muros, material para barricadas, y construyeron en una de sus plazas una pista de aterrizaje para helicópteros y varios sitios de parqueo. “Se ha cometido un daño sustancial”, dictaminaría un informe realizado dos años después por arqueólogos del Museo Británico, en Londres, “equivalente a construir una base militar en las pirámides de Egipto, o las piedras de Stonehenge”.

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La defensa del museo

Faltando pocos días para  la llegada de las tropas a Bagdad, y cuando ya la caída de la ciudad era inminente, el profesor George reunió al Consejo Directivo de Antigüedades y los alertó: si no escondían las piezas, si no empañetaban de abajo arriba el Museo, la guerra arrasaría con todo.

Nadie lo escuchó, el solo hecho de reconocer esto era darse por vencido, traicionar a Sadam.

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Pero la guerra arremetió inexorable y tres días antes de la caída de Bagdad,  los guardias del Museo tuvieron que ir a defenderla. “Nos quedamos solos y atrapados. Si nos íbamos, las piezas serían saqueadas. Y para nosotros eso era nuestra vida. Así que reuní a algunos de mis estudiantes y asistentes, y a cada uno le di un fusil AK-47”.

Noche y día hicieron guardia mientras las bombas acababan con la ciudad. Hasta que el 8 de abril, recuerda George, “nos levantamos con explosiones por todos lados”. Los norteamericanos estaban muy cerca y la resistencia iraquí se defendía desde los jardines del museo. “¡Si nos quedamos, morimos!, gritó alguien. Y entonces emprendimos la huida”.

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Atrás quedó el museo. Y el grupo de arqueólogos cruzó el Tigris alejándose de una retaguardia que caería en pocas horas.

Exilio y reconstrucción

Cuando regresaron, tres días después, un huracán había pasado por el museo. Allí donde había estado la Vasija de Warka —un esbelto recipiente de piedra, joya del pasado sumerio— quedaba solo una base cercenada, en medio de vidrios y de las pocas ruinas que no se alcanzaron a llevar.

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George siempre pensó que las fuerzas de ocupación protegerían el museo. Pero no sucedió. Fue entonces hasta el Hotel Meridian, donde se había instalado el Comando Central. El oficial estadounidense al mando lo recibió a la entrada: “¿Aún quedan piezas por cuidar?”, le preguntó.

 “Ellos sabían que el museo era importante y, sin embargo, permitieron el saqueo”, reflexiona George, con ciertos residuos de furia.

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Unas 15 mil piezas de la antigua Mesopotamia desaparecieron del Museo  durante las horas que duró la toma norteamericana. Miles de objetos fueron también robados de los 12 mil sitios arqueológicos que existen en el país.

Entre 2003 y 2006 —año en que salió amenazado del país por Al Qaeda, el profesor George se dedicó a recuperar los objetos saqueados. Seis mil piezas del museo y diecisiete mil nuevos objetos, sin inventariar, fueron recuperados por incesantes operaciones de la policía iraquí. Y en ocasiones excepcionales, los propios ciudadanos resultaron ser los guardianes de las piezas. Entre ellos un barbero y un estudiante, cuyos nombres no recuerda, que llegaron un día a su oficina con seis cabezas asirias que lograron salvar del saqueo.

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“Tenía planeado dedicarles una placa en su honor cuando reabriéramos el museo”, dice. Pero un sobre con una bala y una nota de amenaza contra su hijo, sumado a los constantes choques con el partido musulmán Al Sadr (hoy a cargo del Ministerio de Antigüedades) lo obligaron a dejar el país en agosto de 2006.

Sin embargo, como lo hizo tantas otras veces, sigue lanzando voces de alerta: “No es el momento de abrir el museo, aún falta asegurarlo, inventariarlo”, ha repetido recurrentemente.

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Pero hoy, así como lo fue para Hussein, la urgente y compulsiva exhibición de las pocas piezas recuperadas parece ser la esperanza de un nuevo Irak. Ahora que Barack Obama ha anunciado la retirada norteamericana, los ocho salones con las piezas recuperadas son la esperanza de un pueblo en ruinas. Quedan, sin embargo, 18 salas del museo vacías.

Museo Nacional de Irak reabre sus puertas

Construido en 1926, el Museo Nacional de Irak contenía piezas únicas y algunas de las colecciones más importantes sobre la historia de la antigua Mesopotamia, cuna de las civilizaciones sumeria, babilónica y asiria. Pero cuando en 2003 llegó la guerra, cientos de saqueadores se llevaron parte de la historia de la humanidad.

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Serían necesarios seis años para que este emblemático lugar reabriera sus puertas. El ministro de Turismo y Antigüedades, Qahtan Abbas, afirmó durante la reapertura del lugar, la semana pasada, que más de 6.000 de las 15.000 piezas robadas durante la invasión volvieron al museo. Según explicó, Siria regresó 701 piezas; Jordania, 2.466 y EE.UU., 1.046. Perú, Italia, Egipto y Suecia también devolvieron piezas.

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