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Durante más de dos años, Sam Brinton se sentó en un sofá mientras un consejero le repetía que era una abominación. Que era inevitable que contrajera VIH y que su comunidad lo rechazaba. Eso ocurrió a principios de la década de 2000. Sus padres, unos misioneros bautistas del sur del país, lo obligaron a tomar una terapia de conversión sexual, pues él les había confesado que era homosexual y creían que con ella se “curaría”.
Los ataques verbales no fueron la única táctica que usó el terapeuta que lo atendió. Fue atado a una mesa, en la que se le aplicaba frío, calor y choques eléctricos mientras era obligado a ver videos de relaciones sexuales entre hombres, esperando que su mente asociara el dolor con esas imágenes para rechazarlas. Pero no funcionó. Sam Brinton es bisexual, orgullosamente dice. Ahora trabaja en el Proyecto Trevor (The Trevor Project), organización que atiende los problemas de suicidio en la comunidad LGBTQ. “Constantemente escuchamos a los sobrevivientes de la terapia de conversión decir que quedan tan heridos que están contemplando el suicidio”, confiesa Brinton a The New York Times.
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Como el de Brinton, hay miles de casos a lo largo del país. Uno de los más notables es el de Garrad Conley, cuya historia fue retratada en la película Boy Erased. Conley describe las terapias como una tortura, que, bajo la bandera de la fe, busca convertir un instinto sexual en otro. Las instituciones religiosas inciden profundamente en estas prácticas, pues buscan salvar a los jóvenes de los “horrores” de la homosexualidad. “Cada vez que leo un libro o ingiero un nuevo hecho histórico que mi educación bautista me enseñó a rechazar, he tenido que luchar contra la sospecha de que soy engañado por Satanás”, dice Conley, quien agrega que las terapias de conversión son dirigidas en su mayoría, irónicamente, por hombres homosexuales que han pasado por el programa y han “renunciado a su pasado”.
Un estudio del Williams Institute en 2018 apuntó que por lo menos 700.000 ciudadanos estadounidenses han recibido alguna terapia de conversión sexual en algún momento. Además, la investigación estima que 20.000 personas recibirán un tratamiento de ese estilo antes de cumplir 18 años. Lo preocupantes es que, pese a conocer las incidencias de la terapia de conversión sexual, esta sigue siendo legal en la mayoría de los estados del país.
El pasado miércoles, el estado de Maine prohibió las terapias de conversión para homosexuales, convirtiéndose así en el decimoséptimo estado en prohibir estas prácticas. “La terapia de conversión es una práctica dañina y ampliamente desacreditada que no tiene lugar en Maine. Al promulgar este proyecto de ley enviamos un mensaje inequívoco a los jóvenes LGBTQ en Maine y en todo el país: estamos con ustedes y los apoyamos. Defenderemos su derecho a ser ustedes”, declaró la gobernadora demócrata de Maine, Janet Mills. A pesar de esta decisión, otros 33 estados permiten estos tratamientos y no existe una ley nacional que la prohíba.
Las principales organizaciones profesionales médicas del país han denunciado la terapia de conversión por representar un riesgo para la salud mental de las personas LGBTQ, pues desencadena enfermedades como depresión, ansiedad y trastornos de comportamiento autodestructivo.
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“Detrás de estas técnicas se encuentra la suposición de que la homosexualidad y la identidad de género son trastornos mentales y que la orientación sexual y la identidad de género pueden cambiar. Sin embargo, este supuesto no se basa en evidencia médica y científica”, señala la Asociación Médica Americana. “Por el contrario, se ha encontrado que estas prácticas son perjudiciales y por ello no deberían formar parte de ningún tratamiento de salud para el comportamiento de niños y adolescentes”, agrega la Academia Americana de Psiquiatría para Adolescentes.
No obstante, las prohibiciones no solucionan todo, pues, aunque limitan a los profesionales de salud mental con licencia médica de ofrecer terapias de conversión, no hacen nada frente a los líderes o instituciones religiosas que buscan hacerlo. La ley de Maine, por ejemplo, tampoco prohíbe las charlas o asesoramientos a menores para que “cambien” su orientación sexual. Sin embargo, según el Proyecto Trevor, son un importante paso en la búsqueda de derechos para la comunidad LGBTQ. “No es mi objetivo detener la terapia de conversión a cargo de organizaciones religiosas de inmediato, porque lo que estoy tratando de hacer es ayudar a los padres a reconocer el daño que esto podría causar”, dice Brinton, quien asegura que al cuestionar la legitimidad de estas prácticas y prohibirlas por ley los padres podrán tener menos posibilidades de considerarlas como opción para sus hijos.
Las iniciativas para prohibir las terapias de conversión gay han ido en aumento en todo el país en años recientes. Sin embargo, los altos líderes republicanos, como el vicepresidente Mike Pence, son asociados a la promulgación de estas prácticas. La terapia de conversión fue además incluida en la plataforma del Partido Republicano para la campaña a la presidencia de 2016 por el “derecho de los padres a determinar el tratamiento médico adecuado para sus hijos menores de edad”.
Por ello, se espera que los estados más conservadores y religiosos den la pelea para mantener la libertad de realizar estas prácticas. Entre tanto, se ha ignorado el debate nacional. La Corte Constitucional no ha fallado a favor ni en contra de estas prácticas, pese a que en 2015 el presidente Barack Obama puso el tema sobre la mesa pidiendo el fin de las terapias de conversión, luego de que Leelah Alcorn, de 17 años, se suicidó y dejó una nota hablando de su mala experiencia con ellas.
“Debemos aprobar leyes para detener a los terapeutas con licencia que buscan dañar a los jóvenes LGBTQ con la terapia de conversión. Todos deben saber que no puedes cambiar lo que nunca elegiste”, concluye Brinton en una columna de opinión de The New York Times.