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Henry Lehman llegó a Estados Unidos en 1844 buscando el sueño americano. Tenía 23 años al abandonar su natal Alemania en busca de nuevos horizontes para el comercio de ganado; al llegar al nuevo continente, tanto él como su familia descubrieron un mundo de oportunidades. Junto a sus hermanos, Mayer y Emanuel, aprovechó la bonanza algodonera de 1850 e invirtió las ganancias en la bolsa. Cincuenta años después, sus descendientes se darían cuenta de que el dinero estaba en el sistema bancario.
Su sueño se materializó en el banco Lehman Brothers, duró 158 años y acabó abruptamente el pasado 15 de septiembre, cuando la entidad financiera decidió acogerse a la ley de quiebras. Cinco días después, el juez James Peck aprobó su venta al grupo inglés Barclays.
El sueño americano siguió quebrándose. La Casa Blanca ordenó la compra de las instituciones hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae, y tomó control de la aseguradora AIG para prevenir el colapso del sistema financiero. Los gestos del rescate oficial que llenaban los titulares de periódicos y noticieros se convirtieron en una sirena global. Algunos, incluso, vaticinaron el ocaso del actual modelo económico. “Esta debacle es resultado de un exceso de avaricia y especulación sin ningún tipo de control”, explica el historiador y analista político Juan Carlos Flórez, sobre el fin de lo que denomina “Capitalismo Las Vegas”.
El daño hecho por esta ruleta bursátil no tardó en afectar los mercados internacionales: los índices de Francia y España registraron sus bajas más profundas en varias décadas, y el Dow Jones, el orgullo de EE.UU., perdió un 17% de su valor en sólo cuatro días.
El gobierno de George W. Bush decidió inyectarle al mercado US$700 mil millones para evitar la quiebra de más bancos. Era una medida urgente. Pero, mientras las bolsas seguían desplomándose, el plan quedó atorado durante una semana en los pasillos del Congreso por la rebeldía de los republicanos, los mismos que votaron con diligencia medidas trascendentales como la invasión a Irak. La falta de voluntad y compromiso político del Presidente para movilizar a su partido demoró la aprobación del proyecto de rescate.
“Las medidas económicas que están tomando son, desde un punto de vista, correctas para lidiar la crisis. Pero no estoy seguro de que ese dinero sea suficiente para detener”, prevé Germán Umaña Mendoza, profesor de Economía de la Universidad Nacional. Ante la ineficacia del paquete hasta ahora, varios analistas, como Gavin Wright, profesor de Historia Económica de la Universidad de Stanford, se declaran perplejos ante el futuro: “Es muy difícil saber qué va a pasar esta vez. Estamos en territorio desconocido”.
Ante este incierto panorama, los estadounidenses comienzan a preguntarse si hay un líder político que esté a la altura de la misión: sacar a Estados Unidos de la debacle financiera, tal como lo hiciera hace 79 años Franklin Delano Roosevelt.
La Gran Depresión
En los años 20, Robert Lehman se hizo cargo del sueño americano. Siendo el nieto de uno de los fundadores originales, Robert era un exitoso millonario beneficiado por el precio internacional del oro. Su compañía, además de captar y prestar dinero, realizó inversiones privadas: así ayudó a consolidar la industria del cine con participaciones en los estudios RKO, Paramount y FOX. Pero el 24 de octubre de 1929 el índice de la bolsa de Nueva York disminuyó 2%, y cayó un 89% en los tres años siguientes. Según relata el economista norteamericano Richard Salsman, quienes en ese momento poseían acciones bursátiles pasaron la mitad de su vida esperando que recobraran su valor original.
Durante la Gran Depresión, los estadounidenses vieron cómo 1.860 bancos cerraron las puertas mientras dos millones de personas perdieron sus casas y el desempleo aumentó en 33%. Algunas familias sufrieron de más para comprar comida y encontrar un trabajo estable. Según los expertos, el papel del Ejecutivo fue fundamental: cuando el presidente republicano Edgar Hoover decidió sancionar una ley que hizo subir los precios de 20.000 productos importados, la economía del país se hundió. “En ese momento, Washington no tenía los instrumentos, ni la intención de financiar los bancos. Prefería que se quebrara la banca y que no se quebrara el Gobierno”, relata Umaña.
Ocho décadas después, Bush, fiel seguidor de las políticas republicanas, donde debe primar un estado diminuto y un mercado en libertad, optó por inyectarle capital a los mercados. La aplicación de su plan evitó que el pánico y la desconfianza se expandieran, pero utilizó una fórmula trucada. “No hay garantías suficientes de que el 7% del PIB norteamericano, lo que significa el valor de este dinero, sean pagados por los bancos una vez se recuperen y no por el consumidor norteamericano en general”, asegura Umaña.
Otra cosa sucedió con Roosevelt. En sus primeros cien días de gobierno lideró varias reformas en el Congreso que, a la postre, permitieron contratar a 250.000 personas, otorgar concesiones a las hipotecas vencidas, financiar la actividad industrial y crear nuevas regulaciones para el comercio. Ese nuevo trato, el New Deal, le permitió al demócrata convertirse en el único presidente en la historia de EE.UU. en ser elegido para cuatro períodos consecutivos (1933-1945).
Su secreto fue aumentar el gasto público (unos US$ 3.600 millones en 1936) para fortalecer la economía nacional, algo que hizo bajo el recelo de los millonarios que no entendían cómo uno de los suyos (para empeorar, con polio) les decía cómo manejar sus propios negocios. Años después, la Segunda Guerra Mundial le demostró al mundo entero que la nación era una potencia a nivel monetario y geopolítico.
¿Hay líderes?
El pasado jueves, el índice Dow Jones perdió más de 600 puntos. Los corredores de bolsa no podían hacer otra cosa que dejarse atrapar por la desesperación, mirar cómo las acciones seguían a la baja y esperar una recuperación al día siguiente. Según los analistas económicos, los US$250.000 millones que conforman la primera partida del plan de salvamento no son suficientes.
Mirando hacia el abismo, la pregunta por la capacidad del próximo presidente de los Estados Unidos de sacar al país de la crisis es inexorable. Para Juan Carlos Flórez, ninguno de los candidatos que serán votados en las urnas este 4 de noviembre están a la altura de los retos que están por venir.
“Ese tipo de líderes probados contra la adversidad no aparecen en el presente de los EE.UU.”, sostiene Flórez. Para el analista, el comportamiento en la intención de voto por los dos candidatos es un reflejo automático de la coyuntura, antes que una respuesta favorable o desfavorable a sus planes de gobierno: “Las diferencias entre Obama y McCain no lo son por las propuestas, sino por la inercia que cada uno representa. McCain es viejo y ligado al Partido Republicano, por eso está contaminado; Obama es nuevo y poco contaminado”.
Y sin embargo, pese a esta ventaja, Obama no ha sido capaz de sacarle más de cinco puntos al republicano durante la contienda electoral. Su programa económico, que pretende gravar a los más ricos, es considerado por los sectores republicanos más conservadores como una medida que perciben como cercana al comunismo. Negociar con este sector será una de las arduas tareas que tendría que enfrentar Obama, de ganar la presidencia.
El demócrata heredaría un mundo cuyos retos difícilmente imaginaba, y un país que ya no es hoy el promotor del aislacionismo de 1930, sino una nación interconectada, cuya enfermedad financiera está causando estragos en la economía internacional.