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Moderar a Trump y Clinton: asunto de valentía

Cuatro moderadores estarán a cargo de los tres encuentros entre los candidatos republicano y demócrata. Voces de ambos lados piden igualdad de condiciones en medio de una campaña muy polarizada.

Un grupo de seguidores de Donald Trump en Aston, Pennsylvania. / AFP
Un grupo de seguidores de Donald Trump en Aston, Pennsylvania. / AFP
Foto: AFP - MARK WILSON

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En un debate presidencial ordinario, el moderador funge como una suerte de árbitro de la buena razón: detiene a los candidatos cuando parlotean, pide respeto por la palabra, determina quién y cuánto tiempo puede intervenir. Con su carácter irrebatible, es el vigilante que de tanto en tanto abre la puerta para que un comensal entre y otro más salga. Un cancerbero apaciguado. En cambio, en los tres debates entre Hillary Clinton y Donald Trump —el primero será mañana en Nueva York—, el moderador será el gitano pétreo que busca dominar a los leones con el látigo desenvuelto en la arena del circo.

“Este año es cualquier cosa menos convencional, en ambos lados”, escribe Norm Ornstein en The Atlantic. “Por un lado, hay un candidato sin precedentes y, para usar el término más amable, poco convencional en Donald Trump (…). Por otro, hay una mujer nominada en uno de los principales partidos por primera vez en la historia”. Los candidatos deberán regular, de entrada, una polarización evidente entre la ruptura inusual que ha pergeñado Trump —dentro de su partido y fuera de él— y la continuación de la familia Clinton en el poder, vista en ocasiones como la reafirmación de una élite. Los moderadores —serán cuatro: Lester Holt (NBC) en el primer debate; Martha Raddatz (ABC) y Anderson Cooper (CNN) en el segundo, y Chris Wallace (Fox News) en el último— tendrán que demostrar imparcialidad en unas elecciones en las que se exige, por defecto y por presión externa, tomar una posición.

La ejecución del debate no es menor: en Estados Unidos, los encuentros entre candidatos suelen exponer, aumentar o reducir la influencia de quienes buscan la Presidencia. Desde el primer debate televisado entre John F. Kennedy y Richard Nixon, en 1960, los encuentros entre candidatos han servido para esculpir su imagen pública: ha llegado hasta la exacerbación con las candidaturas de Trump y Clinton, que han trocado (sobre todo el primero) la política en un medio de entretenimiento.

En esta ocasión, el devenir absurdo de la carrera presidencial —en la que se presentía que Trump sería un candidato débil, y no— ha degenerado también en una forma del reality: más que una contraposición de ideas, el debate de este lunes podría ser el más visto de la historia de Estados Unidos por su ansia de espectáculo. Trump: aquel que muda de opinión según sople el viento. Clinton: la secretaria de Estado vapuleada por su trabajo con Obama (que también mudó de opinión según sopló el viento). Habrá francachela y habrá titulares.

En la última semana, los equipos de ambos candidatos se han pronunciado sobre la conveniencia de que los moderadores sepan hacer su trabajo. Para Trump, los medios están presionando para que los moderadores “persigan a Trump”. “Es un sistema con trampa, son todos demócratas”, dijo. Para Clinton, los moderadores deberán chequear cada dato que Trump desglose. Para el republicano, Cooper es “demasiado parcial” y Holt es un “demócrata”, aunque se hubiera registrado como republicano. Para la demócrata, los moderadores —según su oficina de prensa— “deben hacer preguntas sustanciosas, preguntas con hechos y mantenerlos (a los candidatos) en un campo equitativo”. En un momento en que los seguidores de Trump son capaces de enfrentarse con violencia a los de Clinton, una discusión equilibrada podría ser la diferencia entre el orden y el caos.

Hay demasiado en juego durante los debates: la tendencia precisa de Trump a mentir, la posición en falso —o ventajosa— de Clinton al tener un historial político —Trump no tiene ninguno—, la constante argumentación ruinosa que arroja Trump, la frialdad de que adolece Clinton de vez en vez. Ambos se han enfrentado ya a los moderadores que mediarán en los debates y han tenido que responder preguntas serias y difíciles (de modo que Trump carece de verdad cuando dice que todos se irán en su contra). Chris Wallace refutó a Trump durante un debate en las primarias (en pantalla, desvirtuó las cifras en salud y educación que estaba dando en ese momento) y Raddatz detuvo a Clinton también en un debate de primarias cuando ella elucubraba por caminos distintos al de la pregunta. Aunque Trump no ve en Wallace una amenaza seria, quizá es él de quien más debería cuidarse. Tras aquella refutación en vivo, Wallace dijo a un periodista: “¿Encuentro cierto placer cuando abro el portal y él decide andar por el camino y yo tengo una trampa para osos al final? Sí. Seguro”.

Además de estos casos, The Washington Post recordó que Holt preguntó a la demócrata: “Secretaria Clinton, en 2009 usted le entregó un botón de reseteo al ministro de Exteriores de Rusia. Desde entonces, Rusia ha anexado Crimea, fomentó una guerra en Ucrania, proveyó las armas que derrumbaron un avión y adelantó operaciones para apoyar a Al Asad en Siria. Como presidente, ¿le daría de nuevo a Rusia un botón de reseteo?”.

Unas semanas atrás, el presentador Matt Lauer, de la NBC, reunió a los dos candidatos para un foro televisivo. Tan pronto terminó el evento, Lauer fue recriminado por haber realizado un cuestionario desequilibrado y, sobre todo, por nunca haber refutado a Trump cuando éste dijo que no había apoyado la guerra en Irak (aunque en numerosas entrevistas haya dicho lo contrario). El premio nobel de economía Paul Krugman escribió: “En serio todos, y digo todos, sabían que esto pasaría. ¿Y Matt Lauer no tenía un seguimiento preparado?”.

Los siguientes debates están planeados para el 9 y el 29 de octubre. “Muchos van a estar viendo esto”, dijo Trump a manera de comienzo esta semana. Como buen jugador político que es, está midiendo a los moderadores. Aaron Kall, miembro de la Universidad de Michigan, conjuró la metáfora más precisa: Trump, dijo, es un entrenador durante un juego de baloncesto que “trabaja a los árbitros” con la esperanza de que “no le darán tan duro”.

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