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Para las oficiales que han alcanzado puestos de mando dentro del ejército, las palabras del secretario de Defensa sobre las aptitudes físicas de las mujeres erosionan décadas de lucha.
Bobbie Scholley, capitana retirada de la Marina de Estados Unidos y defensora de las mujeres en las operaciones especiales militares, decidió ver el discurso que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, dio el martes ante cientos de líderes militares para ver si tenía algo nuevo que decir.
Pero después de unos 30 minutos de retransmisión en directo del evento, cerró de golpe su computadora.
“Lo escuché con un nudo en el estómago y fue empeorando cada vez más hasta que finalmente lo apagué”, dijo la capitana Scholley en una entrevista.
Hegseth, entre una variedad de mensajes, dijo a la multitud congregada en una base de Virginia que habían bajado los estándares de aptitud física en los últimos años para hacer posible que las mujeres fueran desplegadas en funciones de combate. Es una idea que ha repetido a menudo, sin pruebas.
Las mujeres, dijo, deberían estar al “más alto nivel masculino”.
“Si eso significa que ninguna mujer reúne los requisitos para algunos puestos de combate, que así sea”, dijo Hegseth a su audiencia.
Hegseth habla a menudo de normas de aptitud física para las mujeres, aunque no está claro a cuáles se refiere. Desde hace décadas se aplican tres categorías de pruebas físicas militares a hombres y mujeres.
El secretario planteó la cuestión, sugiriendo que las mujeres entraban en combate no porque cumplieran unos estándares elevados, sino porque se les daba la oportunidad. Los hombres y las mujeres deben cumplir diferentes requisitos básicos de aptitud física para ser admitidos en el ejército, pero para los puestos de mayor riesgo y alta demanda, las normas son neutrales en cuanto al género.
Como oficial subalterna en 1983, la capitana Scholley se graduó en los cursos de buceo de profundidad y salvamento submarino de la Marina, que se encuentran entre los más exigentes físicamente del ejército. Solo unas dos decenas de mujeres han completado las clases desde que la Marina permitió que las mujeres asistieran ocho años antes.
“Intenté mantenerme abierta a lo que intentaba decir”, dijo la capitana Scholley sobre las declaraciones de Hegseth. “Porque cada vez que un nuevo comandante toma el mando en el ejército, marca la pauta”.
Durante 24 años de servicio activo, dijo Scholley, las oportunidades para las mujeres en las fuerzas armadas habían mejorado, pero solo porque lucharon duro para superar la misoginia en el ejército.
“Las cosas que creía que habían mejorado se están erosionando”, dijo. “Tuve que trabajar muy muy duro para llegar a donde estaba, e incluso trabajar más que algunos de mis colegas varones para que me tomaran en serio y conseguir los puestos que quería”.
“Hegseth hizo parecer que se nos daban las cosas solo por ser mujeres y que había cuotas, lo que está muy lejos de la realidad”, añadió.
Cuando Kate Wilder era capitana del ejército en 1980, superó la intensa resistencia de algunos oficiales hombres de alto rango para convertirse en la primera mujer en graduarse en el entrenamiento de las Fuerzas Especiales del Ejército, al cumplir todos los estándares esperados de los soldados varones. Se retiró como teniente coronela.
“Nadie cambió las normas por mí”, dijo la coronela Wilder en una entrevista. “No pedí que se hiciera ningún cambio, y tampoco nadie me hizo ningún favor. Así que seguí adelante e hice el examen como todo el mundo”.
“Solo tienes que salir y demostrarle a la gente que se equivoca”, añadió. “Y hazlo lo mejor que puedas”.

Poco después de que Wilder se graduara en la escuela de las Fuerzas Especiales, el ejército prohibió a las mujeres presentarse a ese curso.
Eso cambió hasta 2016, cuando el Departamento de Defensa eliminó formalmente las últimas restricciones que quedaban para las mujeres en combate. Cuatro años más tarde, una integrante de la Guardia Nacional se convirtió en la primera mujer en graduarse en el entrenamiento de las Fuerzas Especiales después de la coronela Wilder.
Cuando la capitana Scholley se presentó en el Centro de Entrenamiento de Buceo y Salvamento de la Marina en Panama City Beach, Florida, en 1983, solo había otra mujer en su clase.
Su instructor superior, un contramaestre, les dijo que le avisaran “si alguien les da algún problema por ser mujeres”.
“Y luego se dio la vuelta y dijo: ‘No esperen ninguna facilidad, porque van a recibir el mismo trato que los demás hombres’”, recordó. “Y le dijimos: ‘Bueno, no, por supuesto, jefe, no esperamos ningún trato especial’”.
El equipo de buceo en alta mar que llevaban pesaba unos 54 kilos, recordó la capitana Scholley, y no estaba hecho para adaptarse al cuerpo de las mujeres.
Llegó a comandar tanto un barco de salvamento como una unidad móvil de buceo y salvamento, y fue una de las oficiales superiores de buceo en la recuperación del vuelo 800 de TWA, que explotó sobre el Atlántico en 1996.
En 2000, supervisó las operaciones de buceo en el interior del USS Cole, el destructor de la Marina que resultó gravemente dañado en un ataque terrorista frente a las costas de Adén, Yemen, y ayudó a estabilizar el buque siniestrado y a recuperar los cuerpos de los marineros atrapados bajo el agua en el interior del barco.
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La capitana Scholley también dirigió expediciones de la Marina en 2001 y 2002 que recuperaron secciones del USS Monitor, un acorazado de la Unión que se hundió en un vendaval cerca del cabo Hatteras, en Carolina del Norte, durante la Guerra de Secesión.
Durante esas expediciones, los buzos batallaron con el mal tiempo y las fuertes corrientes submarinas, tuvieron que respirar mezclas de gases especializados a profundidades de 73 metros y se sometieron a tratamientos en cámaras hiperbáricas una vez que llegaron a la superficie.
Esa misión supuso operaciones de buceo las 24 horas del día, siete días a la semana durante 45 días, todo ello mientras los buceadores vivían en un buque de exploración petrolera alquilada y anclada sobre los restos del Monitor.
Incluso con esos logros, tanto la capitana Scholley como la coronela Wilder sirvieron en una época en la que el camino de décadas hacia la igualdad de la mujer en el ejército aún estaba en marcha.
En 1993 se permitió por primera vez a las mujeres servir en buques de guerra y pilotar aviones de combate, pero aún se les prohibía incorporarse a ciertas profesiones de combate directo como la infantería, la artillería, los submarinos y muchos campos de la carrera de operaciones especiales.
La prohibición de que las mujeres sirvieran a bordo de submarinos terminó en 2010, y las últimas prohibiciones contra las mujeres en otras funciones de combate fueron retiradas por el Departamento de Defensa en 2015.
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En la época en la que la capitana Scholley estuvo en servicio, ser buceadora de aguas profundas no se consideraba un trabajo de combate, pero esta semana Hegseth amplió la lista de lo que se consideran “ocupaciones de armas de combate” en la Marina para incluir a los buceadores y a los técnicos en desactivación de explosivos.
Hegseth ordenó además a los hombres y mujeres que desempeñan trabajos de combate en todo el Departamento de Defensa que “realicen sus pruebas de aptitud física para el servicio con un estándar masculino, neutral en cuanto al género y acorde a la edad, con una puntuación superior al 70 por ciento”.
Pero no estaba claro qué pruebas se utilizarían ni cuáles serían esas puntuaciones, y el Pentágono no respondió el miércoles a una solicitud de aclaración.
La prueba de aptitud física a la que se sometió la capitana Scholley para ingresar en la escuela de buceo hace más de 40 años era la misma que se exigía a los hombres y no ha cambiado: 457 metros de natación, 10 minutos de descanso, dos minutos de flexiones, dos minutos de abdominales, dominadas sin límite de tiempo y otros 10 minutos de descanso seguidos de una carrera de 2,4 kilómetros.
“Si puedo lograrlo, entonces no me pongan una señal de ‘no entrar’ en mi camino y me obliguen a no entrar por haber cometido el pecado mortal de haber nacido mujer”, dijo la coronela Wilder. “Eso no está bien. Eso no es suficiente”.
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