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Anochece en Tijuana. Los colores de las casonas en el lujoso barrio Misión del Pedregal se apagan. Es temprano, pero la calle está muerta y la mansión del narco se levanta en medio de la cuadra, cobrando, ante la soledad y el silencio, un siniestro protagonismo. Tono crema. De tres pisos. Todos los vidrios rotos. Un par de candados en la pequeña reja de entrada. Y una incontable colección de agujeros de bala que la recorren de un lado al otro, como un río de pedradas violentas.
Cuando los militares y los policías llenaron de plomo el lugar, la avenida quedó inundada de cartuchos vacíos. V., un periodista de la ciudad, en sus cuarentas, sonriente y atlético, tiene uno de los casquillos en su casa, de recuerdo.
V. ha llevado al grupo de periodistas extranjeros a este campo de guerra abandonado, para que sacien su evidente curiosidad. Cuenta, entonces, que en la casona que tienen al frente se refugió, hasta octubre de 2008, Eduardo Arellano Félix, El Doctor. Explica que con su caída, las autoridades mexicanas encerraron al último hermano de esta familia, mítica fundadora del Cartel de Tijuana. Y con su captura se desató la guerra, una de las muchas que se libran en esta larga frontera.
Es la misma historia que se repite de ciudad en ciudad. En Chihuahua, la guerra la juegan el cartel de Juárez y la coalición criminal que comanda Joaquín El Chapo Guzmán; en Nuevo Laredo, al otro extremo del país, la libran el cartel del Golfo y su antiguo grupo de sicarios, los Zetas; aquí en Tijuana, cuenta V. que la ciudad se desangró durante el último año y medio cortesía de la pugna entre Fernando Sánchez Arellano, heredero natural del cartel de Tijuana con su otrora socio, Eduardo Teodoro García, El Teo.
— Ahora las cosas andan más en calma —narra V., y su voz resuena en la calle vacía—. El Teo cayó hace unos meses, la segunda semana de enero, y desde entonces la ciudad tiene un respiro.
La maltrecha casona parece darle algo de razón: —¿Cómo, si no, podría un grupo de extranjeros tertuliar frente al símbolo de la caída de los hermanos Arellano, a esas horas y sin la más mínima protección?
Y sin embargo, hay algo vivo en ese edificio baleado, a cuya restauración se resiste, por muchas obvias y oscura razones, el gobierno municipal.
Ha pasado un año y medio desde que aquí cayera El Doctor. Pero el mensaje es evidente: la guerra está tan sólo tomando alientos.
Daños colaterales
Unas pocas cifras: según el más reciente informe presentado en Aruba durante la reunión de medio año de la Sociedad Interamericana de Prensa, en México seis periodistas fueron asesinados en el último año, cinco permanecen desaparecidos y otros ocho fueron secuestrados. En esta década, el narcotráfico ha producido, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, 60 periodistas muertos y 11 desaparecidos.
Hace unas semanas, uno de los diarios más grandes de la ciudad de Tijuana recibió una llamada. Al otro lado, se escucha la voz: “Con ese tema no te metes, cabrón”. Cuelga. El periodista reporta a su superior. El tema pasa rápidamente a engrosar la antología de asuntos vedados, desterrados de las páginas del diario.
A. se recuesta contra una de las paredes de la sala de redacción. Es pequeña, cada vez más pequeña, pues la crisis del papel periódico es implacable. Tiene un semblante tranquilo y resignado, y habla despacio y con pocas palabras cuando se refiere a las intimidades de su medio. A. cuenta que en efecto han llamado, que han ordenado que el tema no vaya. Se detiene y levanta los hombros: “Es irónico —dice—, cuando vas a ver, ¡la lista de temas prohibidos es eterna!”.
Su equipo ha aprendido a los golpes lo que significa informar en medio de la guerra narco. “Hubo un tiempo —cuenta una de sus editoras— que aquí los periodistas eran avezados. Iban, hacían investigaciones, se ganaban premios…”. Hoy todo se consulta con las directivas. Las investigaciones son recatadas. Especialmente desde abril de 2005, cuando desapareció uno de sus colegas, reportero judicial de El Imparcial, en Hermosillo, Sonora.
Se llamaba José Alfredo Jiménez. “Su estilo era el del clásico reportero que se cree policía, de esos que acusan y señalan culpables…”, escribió en un blog del diario Excelsior uno de sus compañeros en la unidad de investigaciones criminales de El Imparcial. Hoy su caso reposa en el escritorio de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: el joven reportero salió de la sala de redacción a las 8:45 p.m. el sábado 2 de abril de 2005. Se entrevistó con el subdirector general del Sistema Estatal Penitenciario; hablaron sobre la salida de prisión de un narcotraficante apodado El Estudiante. El funcionario declara que lo dejó en un supermercado minutos más tarde. Jiménez le dice que tiene otra cita con un “contacto”. A las 11:03 p.m. realiza una llamada al subdelegado de la Procuraduría General de la República en Sonora. Nada más se sabe de él.
La desaparición del periodista de Hermosillo es un fantasma doloroso en la sala de redacción de A. Desde entonces, cada muerte y asesinato en Tijuana es una voz de alerta. Publicar mal un nombre, equivocarse en los datos de una masacre, reportarla, incluso, antes que los canales oficiales, puede significar un tiro en la cabeza, una colgada bajo un puente, cuantas cosas creativas…
No hay, sin embargo, prudencia que alcance. Cuentan que hace unos meses hubo un accidente de tránsito con muertos. Una noticia común a la que fue enviado uno de sus fotorreporteros. El hombre cumplió con su trabajo y tomó las imágenes de las víctimas. Volvió al periódico. Descargó. Vieron los rostros: uno de los cadáveres era un capo de mediana importancia.
El fotógrafo tuvo que exiliarse de Tijuana. Aún no se atreve a regresar.
Manual de cubrimiento
“Aquí vienen los vatos del D.F., vienen los corresponsales de los grandes diarios a hacer el reportaje, la investigación, porque quieren ser los graaandes periodistas, el graaan reportaje sobre el narco. Pero los sacan corriendo, güey, ¡no duran nada por acá los pinches vatos…!”.
La mirada de P. va y viene entre la seriedad y la ironía. Va también para los cuarenta, quince de los cuales los ha pasado como periodista empírico en Nuevo Laredo, estado de Tamaulipas, fortín por décadas del Cartel del Golfo.
P. hizo su nombre en esta región fronteriza con Texas, Estados Unidos, publicando extras de los asesinatos de los carteles. Contar las historias de las venganzas, convertir en titulares los narcomensajes de advertencia dejados sobre los cuerpos mutilados, le merecieron una reputación robusta, el respeto de sus jefes y el odio de algunos capos locales.
Pero en 2003, con la caída de Osiel Cárdenas, jefe del Cartel del Golfo y el inicio de la rebelión de los Zetas, su brazo armado, la guerra les cambió las reglas de juego a P. y otros periodistas “rojos” de Tamaulipas. Primero, las amenazas de rutina. Luego, sobrevivió a una bomba lanzada dentro de la cabina de su camioneta. Mataron, entonces, a Guadalupe García, su amiga, baleada frente a la emisora en la que dirigía el programa Punto Rojo, el 4 de abril de 2005. Finalmente, al ver que pese al arma, y al escolta, seguía con la muerte encima, les hizo caso a las autoridades: salir de la ciudad, desaparecerse un poco.
Hoy, P. está de vuelta en Nuevo Laredo. Y como la guerra de la cual escapó aun sigue viva, le toca enfrentarla haciendo “periodismo de frontera”, como lo llama, casi un género periodístico en sí mismo, que ya es común en el norte mexicano. “Sabemos que estamos solos y sin protección de las autoridades”, dice P. “Por eso decidimos no exponernos. No acudimos a balaceras, ni reportamos ejecuciones, ya sea de grupos de narcotraficantes, o militares o policías. Lo que hacemos es publicar sólo la noticia oficial que sea emitida por la autoridad competente”.
—Si matan a alguien y no hay boletín de prensa, ¿no publican nada?
—No —responde—, no publicamos.
—¿No los critican?
—Claro que sí —cuenta—. Los grandes diarios: Excelsior, Reforma, El Universal, todos los han puesto en duda. “Dicen que no somos periodistas. Pero ya vivieron en carne propia lo que nosotros vivimos. Y cuando salen, nos dicen que estamos locos para estar de periodistas en esta tierra”.
En el “periodismo de frontera”, la guerra pasa a un costado de la vida. Los narcos se matan entre sí. Recogen sus cadáveres. Se van dejando un par de huellas. No más.
A cientos de kilómetros, en una sala de redacción de Tijuana, A. parece coincidir a plenitud con esta visión, práctica y dolorosa. “Porque no va cambiar México si lo hacemos de otra manera. Porque ya hemos aprendido”. Una y otra vez, A. se los repite a sus muchachos: “No queremos ser mártires”.