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El pasado octubre, diez días antes de las elecciones estadounidenses, John Kelly, general retirado de la Marina, lanzó una de las más fuertes advertencias sobre Donald Trump: el republicano deseaba generales a su servicio “como los que tenía Adolf Hitler”. Kelly, el jefe de gabinete con más tiempo en el gobierno de Trump, no fue el único militar de gran importancia que miraba con preocupación este tipo de comportamientos y declaraciones de Trump. Mark A. Milley y Jim Mattis lo describieron como un “fascista hasta la médula” y “la persona más peligrosa para el país”. Sin embargo, todas esas palabras pasaron desapercibidas durante la campaña para la mayoría de los estadounidenses que lo eligieron para un segundo mandato. Ahora que Trump lanzó una purga en el Pentágono para conseguir hombres de confianza más leales a él que a la misma Constitución —al estilo de los generales de Hitler, dirían algunos—, nadie puede decir que no se habló de esto.
“Casi todo el mundo que estudie psicología coincide en que Trump es un narcisita. La traducción a ciencia política de eso es que un narcisista necesita formar una coalición de admiradores, de personas no que sean competentes o que tengan ideas brillantes porque no importa, sino que sean obsecuentes con lo que narciso quiera. Y todo lo que estamos viendo es a él rodeándose de este tipo de figuras. Ya sea en su gabinete, en su gobierno o ahora entre los militares. Y tenemos que acordarnos de su primer gobierno. Una de las cosas extrañas acá es que quienes tuvieron que frenar al presidente fueron las fuerzas armadas. Esto no había sido nunca necesario. En América Latina sí, en casos como el de Venezuela y Nicaragua, pero también hay ejemplos de instituciones militares como en Brasil que dicen estar defendiendo a la Constitución, no al narciso de turno”, explicó Javier Corrales, profesor de Ciencias Políticas en Amherst College, Massachusetts.
El viernes en la noche, Trump despidió al jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Charles Q. Brown Jr.; a la jefa de Operaciones Navales, la almirante Lisa Franchetti, y a varios generales de tres y cuatro estrellas. Esto enfureció a los militares retirados porque, como señalaron generales en retiro y legisladores, rompe con un pilar de la democracia estadounidense: el de un ejército apolítico.
“Relevar a un oficial superior no por falta de una de estas cualidades (liderazgo, integridad, desempeño), sino por un desacuerdo real o percibido en sus creencias, politiza perjudicialmente la profesión militar”, advirtió el general retirado Martin E. Dempsey, jefe del Estado Mayor Conjunto durante la presidencia de Barack Obama. “No se llega a los puestos más altos de nuestras fuerzas armadas sin décadas de liderazgo y compromiso con el servicio en misiones de todo el mundo. El general Brown ha estado sirviendo a nuestra nación desde 1984. La almirante Franchetti ha estado sirviendo desde 1985. Ambas personas se ganaron sus puestos revolucionarios porque dedicaron sus vidas a enfrentar los desafíos más difíciles de nuestra nación, y tienen currículos para demostrarlo”, dijo la congresista demócrata Mikie Sherrill, expiloto de la Marina.
La gran pregunta es por qué los despidieron. La administración Trump se ha limitado a responder trazando paralelos con otros casos. El vicepresidente J. D. Vance, por ejemplo, contestó las críticas del representante Seth Moulton, de Massachusetts, quien acusó a Trump de ser un dictador o un aspirante a rey, que otros presidentes también han despedido generales. Harry “Truman destituyó al general Douglas MacArthur y Obama al general Stanley McChrystal”, escribió Vance. Kingsley Wilson, secretaria de prensa del Departamento de Defensa, añadió que Abraham Lincoln destituyó al general George Brinton McClellan. Sin embargo, estos casos tienen antecedentes y contextos distintos que no justifican la decisión de Trump.
En el caso de McClellan, Lincoln lo destituyó por comportamiento insubordinado y tras vacilar y desperdiciar repetidamente las oportunidades en el campo de batalla para la Unión en la Guerra Civil, siendo la batalla de Antietam el punto de quiebre. Obama despachó a McChrystal luego de que se divulgara cómo su personal menospreciaba su dirección en Afganistán, un caso similar al de Truman con MacArthur por la Guerra de Corea. El caso del general Brown es llamativo principalmente por esto mismo. Según The Washington Post, había mantenido un perfil mucho más bajo que otros generales, “procurando evitar la política partidista y se había mostrado dispuesto a seguir las órdenes y llevar a cabo las prioridades de Trump, incluida la seguridad fronteriza”.
Brown hablaba poco sobre temáticas que enfurecen a Trump, como la diversidad, aunque su postura nunca fue la de condenar la diversidad en las fuerzas armadas. Se sabe que, por ejemplo, abordó los desafíos que enfrentó como oficial negro en un ejército dominado por oficiales blancos tras una conversación con su hijo. En junio de 2024, Trump había advertido en una entrevista con Fox News que “despediría” a cualquier general que haya estado involucrado en políticas de diversidad, algo que replicó su secretario de Defensa, Pete Hegseth.
En redes sociales, cuentas asociadas a Trump y figuras influyentes en el campo digital de los republicanos, como el podcáster Alex Jones, aseguran que los despidos tienen que ver con un supuesto complot para desafiar su presidencia e intentar un “golpe blando”. Para esto, se apoyan en un video difundido en enero en el que se observa a Jamie Mannina, exagente del FBI y consultor del Pentágono, donde confiesa haberse reunido con varios generales retirados para explorar qué se podía hacer para evitar que Trump traspasara los límites de su segundo mandato.
Hay que destacar que el video, que fue replicado por Elon Musk, mano derecha de Trump en el gobierno, fue revelado por James O’Keefe, fundador de la organización Project Veritas y reconocido productor de noticias falsas. O’Keefe, quien fue atrapado fabricando una historia para vendérsela a The Washington Post en 2017 para luego “destapar la verdad”, es conocido por usar cámaras ocultas y editar material de manera que se ajuste a sus historias.
La falta de detalles que justifiquen el despido de estos generales profundiza la teoría más sencilla de todas: Trump solo quiere generales leales a él y su discurso “antiwoke”; es decir, antiprogresismo. Es solo su manera de justificar su deseo más profundo: la búsqueda de lealtad absoluta. Esto no debería ser sorprendente. En noviembre de 2020, tras perder las elecciones contra Joe Biden, Trump empezó a realizar cambios en el Pentágono, empezando por el director de planificación de políticas, James Anderson, uno de los puestos civiles más altos del Departamento de Defensa. Su reemplazo fue Anthony Tata, un general de brigada que había llamado a Obama un “líder terrorista”.
Pero el problema no es la cercanía de los reemplazos con el discurso de Trump, sino su lejanía al servicio a la Constitución. Como señaló David Frum, periodista de The Atlantic, no hay que olvidar que “en 2021, Trump intentó tomar el poder, pero no funcionó porque solo se apoyó en una turba violenta”. “El ejército y el FBI se mantuvieron leales a la Constitución. “Esta vez, con la aprobación del Senado republicano, Trump instaló a golpistas anticonstitucionales en el FBI, el Departamento de Defensa y el Pentágono”, escribió.
El medio Military, enfocado en las fuerzas estadounidenses, informó que el Pentágono despedirá a 5.400 empleados civiles esta semana, y potencialmente a miles más, “como parte del esfuerzo continuo del presidente Trump y el multimillonario Elon Musk para recortar personal y gastos en todo el gobierno federal”. Pero se teme que esto tenga menos que ver con un ahorro para el gobierno y más con una reestructuración del Pentágono para instalar a figuras leales al mandatario.
El presidente ha elegido al teniente general retirado de la Fuerza Aérea Dan Caine como nuevo jefe del Estado Mayor Conjunto, a quien se le ha visto posando con gorras con el lema “Make America Great Again” (Hagamos grande a Estados Unidos de nuevo) y ha asegurado que le ganaría al Estado Islámico en una semana. Requerirá confirmación del Senado.
Y aunque este cargo es el más importante de todos y el enfoque de Trump sobre los “generales de Hitler” es preocupante, hay algo más que enciende las alarmas sobre la justicia militar. Los abogados militares de mayor rango del Cuerpo de Abogados Generales del Ejército de los Estados Unidos (JAG por sus siglas en inglés) también fueron destituidos. Estas personas interpretan la ley para los comandantes y determinan qué es legal y constitucional, según el representante Jason Crow.
“Temo que lo que está sucediendo aquí es que están buscando un JAG que esencialmente se comprometan a validar y juzgar cualquier orden que salga de la Casa Blanca como una orden legal… En 2016, el presidente Trump dijo que podría ordenar a los militares que torturen a las personas capturadas y a los terroristas capturados en el campo de batalla. Eso es un crimen de guerra. Eso es ilegal según las leyes estadounidenses y sería una orden ilegal”, le dijo Eric Edelman, exsubsecretario de Defensa para Políticas, a la PBS.
Trump también firmó una orden ejecutiva con la que podría disuadir a los comandantes militares de negarse a cumplir órdenes ilegales y permitir al presidente ejercer influencia sobre los procesos legales militares. Si no hay JAG que imponga una interpretación de la Constitución y deje en claro que no es legal, el presidente podría obligar a los oficiales militares a hacer cosas que saben que no son correctas.
“Vamos entrando en ‘tierra desconocida’ con la politicización de la fuerza militar. Los militares siempre son fieles a la Constitución, no al hombre. Trump está tratando de cambiar eso por razones políticas. Creo que todavía la gran mayoría de los militares no van a dejar la institución caer en manos de Trump. Pero sí es peligroso si toda la jefatura es un títere de él”, comentó Lawrence Gumbiner, analista político en Estados Unidos y exfuncionario sénior del Departamento de Estado.
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