
Sandra Lindsay, una enfermera de 52 años que trabaja en la unidad de cuidados intensivos del Centro Médico Judío en Long Island, Nueva York, se convirtió hace una semana en la primera persona en recibir la vacuna de Pfizer contra el COVID-19 en Estados Unidos. Este no fue un hecho cualquiera. No solo porque con Lindsay se dio oficialmente inicio al proceso de vacunación con el que se espera poner fin a la pandemia de coronavirus, una tragedia que ha acabado con más de 300 mil vidas en el país, sino, sobre todo, porque ella es una mujer afro.
Si algo ha pasado inadvertido en los medios de comunicación a nivel internacional es lo difícil que resulta la vacunación en este país. Por un lado, la negligencia del gobierno federal ha conducido a un caos. El fin de semana, varios estados se quejaron de un recorte en las dosis que el gobierno central les había prometido que tendrían. Según la Casa Blanca, esto se trata de un problema de producción de Pfizer, pero la compañía farmacéutica respondió inmediatamente con una rueda de prensa en la que anunció que tenía millones de inyecciones en almacenes sin reclamar. La falta de comunicación y estrategia del gobierno central, en cabeza de Donald Trump, condujo a esta enorme confusión.
“Esto es perturbador y frustrante. Necesitamos cifras precisas y predecibles para planificar y garantizar el éxito en el terreno”, se quejó el gobernador del estado de Washington, Jay Inslee.
Pero además de la crisis en la logística, hay sectores que han demostrado ser reticentes a recibir la vacuna. Y este es un problema aún mayor. Para que la vacunación tenga efecto se necesita una cobertura de personas vacunadas lo suficientemente grande para interrumpir la transmisión. Es por eso que en las últimas semanas ha habido una gran alarma por el escepticismo de los grupos minoritarios respecto a las vacunas. Especialmente por lo que ocurre con la comunidad afro.
A pesar de pertenecer a una de las comunidades más afectadas por el coronavirus, solo el 14 % de los afroamericanos confían en la vacuna contra el COVID-19, según un informe de UnidosUs, la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color y Covid Collaborative. Y solo el 42 % de los afroestadounidenses tomarían la vacuna, según una encuesta de Pew Research Center. Estos números tan escasos tienen una explicación sombría.
Desde 1932 hasta 1972, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos llevó a cabo un estudio clínico en Tuskegee, Alabama, en el que usó a 600 afroamericanos como conejillos de indias para rastrear la progresión natural de la sífilis. Cabe resaltar que los estudios se realizaron sin el consentimiento informado de los pacientes. De los 600 afroamericanos, 399 tenían esta enfermedad. Nunca recibieron tratamiento para curarla.
Al terminar este “estudio”, debido a la presión de la opinión pública, solo 74 personas continuaban con vida. En total, 28 de los 600 afroamericanos murieron de sífilis y un centenar más de complicaciones relacionadas con esta. Además, 40 de sus parejas resultaron contagiadas y 19 niños nacieron con sífilis congénita. A todo esto se le conoce popularmente como “el experimento de Tuskegee”.
Como le señaló la doctora Diana Grigsby-Toussaint, profesora del Departamento de Ciencias Sociales y del Comportamiento en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Brown a Healthline, “si piensa históricamente para los afroamericanos en Estados Unidos en términos de lo que ha sido la historia respecto a su interacción con el sistema de salud, por supuesto que conocen el estudio de Tuskegee. Eso no fue hace tanto tiempo. El último miembro sobreviviente murió en 2004. No es algo que esté muy lejos. Todavía está en la memoria de la gente”, señala. Un estudio de la Facultad de Medicina de Stanford encontró que después de Tuskegee la confianza de los afroamericanos en el sistema médico se había desplomado.
Y Tuskegee no es el único evento que recuerdan los afroamericanos con desgracia. Hay que rememorar que Estados Unidos también tuvo un movimiento eugenésico con el que, según investigaciones recientes, más de 60 mil personas fueron esterilizadas de manera forzosa. Y habría que recordar también la historia de Henrietta Lacks, una mujer negra afro cuyas células cancerígenas fueron recolectadas para una investigación sobre el cáncer luego de su muerte sin su consentimiento. En todo esto, y mucho más, radica la reticencia de los afroamericanos a las vacunas. Esto también explica por qué menos afroamericanos se vacunaron contra la gripe de H1N1 en 2009 o por qué menos se vacunan anualmente contra la influencia en el país. Tuskegee es el punto de referencia central para comprender la lamentable relación de los afroamericanos con el sistema médico en Estados Unidos.
El objetivo de esto no es profundizar el miedo de la población a las vacunas, sino todo lo contrario, presentar el problema central y amplificar las soluciones que se proponen a este. Ahora mismo, el movimiento antivacunas se está aprovechando de la situación y está haciendo circular información falsa relacionada con la vacuna y Tuskegee para promover un rechazo a las inyecciones.
Producto de esto, miles de afroamericanos, como señala el escritor y periodista afroamericano Jelani Cobb en The New Yorker, están adoptando un enfoque de “esperar y ver qué sucede” con la Pfizer y otras vacunas. El asunto con esto es que esa espera “ralentizará el proceso de inmunidad colectiva y le dará al virus más tiempo para actuar”. El éxito de este gran esfuerzo de vacunación, como dice Cobb, depende en gran medida de la credibilidad de las personas. Así que, ¿qué hacer para que los afroamericanos, que temen al sistema médico por sus históricos errores y maltrato, confíen en la vacuna hoy?
Uno de los enfoque adoptados por más de la mitad de estados en el país ha sido la priorizar la vacunación en minorías étnicas dado el impacto que ha tenido el coronavirus en ellos. Esto considerando que, al ser una de las comunidades más perjudicadas por sus condiciones socioeconómicas, como que una gran porción de los trabajadores de primera línea son afros o que viven en residencias y vecindarios con una densidad mayor, necesitan la vacunación pronto, pues es más fácil que el virus se propague en esta comunidad. Pero esta estrategia no responde al problema como tal, y en algunas poblaciones temen que esto se trate de usarlos de nuevo como “conejillos de indias”. Lo que se necesita entonces es confianza, y esta comienza por el diálogo.
“Tienes que regresar y curar a las personas y mostrarles que estás dispuesto a no permitir que esto vuelva a suceder. En el futuro, la industria médica tendrá que establecer relaciones con los negros y ganarse su confianza”, señaló Brad Harrison, director de Urban Voices Radio a la WLKY, la principal emisora de Louisville en Kentucky. “Tener diálogos abiertos nos brindará muchas más oportunidades para ayudar a abordar las inquietudes de un paciente”, agregó la doctora Monalisa Taylor de Norton Community Medical Associates.
Eso es precisamente lo que buscó Sandra Lindsay en Long Island, Nueva York, al postularse para ser la primera persona en recibir la vacuna. Que mediante un evento público que iba a estar bajo el foco de todo el mundo, los afroamericanos vieran a un miembro de la comunidad médica, pero además a un miembro de su propia comunidad, aceptar una dosis sin temor.
“Mi objetivo es inspirar a personas que se parecen a mí y que son escépticas sobre la vacunación”, dijo Lindsay tras su inyección.
Esto también lo entendió la doctora Kizzmekia Corbett, una de las científicas claves para el desarrollo de la vacuna que busca reconstruir la confianza de los afroamericanos en el sistema médico. Todos los científicos y médicos afroamericanos involucrados en la lucha contra el coronavirus han sido elogiados por el doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos y una de las voces más respetadas en epidemiología. Y también lo entendió Barack Obama, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, quien tomará públicamente una dosis para luchar contra el escepticismo.
“Entiendo históricamente todo lo que se remonta a los experimentos de Tuskegee y demás, por qué la comunidad afroamericana tiene escepticismo. Pero el hecho es que las vacunas son la razón por la que ya no tenemos polio. Y son la razón por la que no tenemos un montón de niños muriendo de sarampión y viruela y enfermedades que solían diezmar poblaciones y comunidades enteras”, señaló el expresidente. Todos estos actos, además de las campañas de vacunación de celebridades afros, pueden ser útiles para combatir el miedo en la comunidad. Pero se necesita más.
Quizás una de las formas más efectivas es hacer campañas en el terreno. A lo largo y ancho de la nación, muchas iglesias negras se han sumado a esta campaña patrocinando foros para informar sobre la importancia de la vacunación. Incluso el reverendo Matthew Watley de la iglesia Silver Spring en Maryland dijo la semana pasada que la vacunación podría hacerse en los recintos religiosos. “Tenemos que llevar esto a donde está nuestra gente”, dijo en un foro en línea.
Así lo asimiló Paschal Nwako, director de salud del condado de Camden en el estado de Nueva Jersey, cuya población es 92 % negra y cuya tasa de contagio es una de las más altas en el vecindario. Nwako trabajó en una iniciativa de “embajadores de vacunas”, personas encargadas de involucrar a los ciudadanos en el proceso de vacunación. La gente responde mejor al ver la comunicación personal. Todo se hace con protocolos, por supuesto. Y también es una oportunidad para entregar tapabocas y otras recomendaciones.
“Hemos tenido personas que abren la puerta y luego la vuelven a cerrar el primer día. Luego, al día siguiente, abren la puerta y nos escuchan por un minuto, luego la cierran. Al otro día abren la puerta y nos dejan pasar por cinco minutos. No es fácil, pero nos mantenemos fieles a ellos porque sabemos que es la única forma en que podemos brindarle a la comunidad la información correcta”, le dijo Nwako a Vox. Ir de puerta en puerta da resultados, dice. Significa que están comprometidos con la comunidad.
Hablar del miedo a las vacunas es necesario y no debe ser condenado. Es un problema enorme, pero para combatirlo hay que entenderlo y abrir el diálogo. Además de los afroamericanos, los latinos también son reticentes a las vacunas. Ellos también tuvieron sus propios problemas. Hay que recordar que Puerto Rico fue “el laboratorio de anticonceptivos” del mundo. Además, los indocumentados le tienen pavor a acercarse al sistema médico.
Por otro lado, los republicanos son el otro sector clave aquí. Ellos son más reticentes a la vacuna que los demócratas, y por eso es una muestra de liderazgo que figuras como el vicepresidente, Mike Pence, y el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, se vacunen en público para incitar a la confianza en la vacunación. Lo mismo se le ha pedido al presidente Donald Trump, negacionista del impacto de la pandemia. Se hizo un experimento para probar si cuando él puede cambiar la opinión de sus seguidores respecto a una propuesta liberal y el resultado fue satisfactorio. Pero todo eso ya nos da para otro artículo.
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