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Siempre un carnaval

LUEGO DE MÁS DE UNA DÉCADA DE CRECIMIENTO ECONÓMICO, Brasil disfruta desde sus entrañas su buena hora.

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Atravesamos el Amazonas a partir de Leticia, recorrimos las costas del norte y del sur, para descubrir por qué se le está acabando la ‘saudade’.

Hay un momento de silencio.

Todavía está oscuro. Pero los indígenas que duermen en las canoas y sobre las planchas de cemento del puerto comienzan a desperezarse con lentitud. Es la antesala muda y adormilada de un viaje sonoro. Porque entrar a Brasil es hacerse paso entre melodías, ya sea por el sur, el oriente o cruzando esa puerta invisible entre Tabatinga y Leticia, en el Amazonas.

Hemos llegado de Bogotá rumbo a São Paulo. Queremos atravesar parte de la Amazonia y luego bordear la costa atlántica, y darle así la media vuelta a la futura quinta potencia, como reza el eslogan de la aerolínea nacional TAM; a los aspirantes a “hexas”, como se lee entre colores azules, verdes y amarillos en los quioscos y mercados populares; al país donde cada hora “seis personas se vuelven millonarias”, según la edición de mayo de la revista Veja.

Sí, la autoestima brasileña está por llegar a su punto de ebullición. En el aire flota un peculiar frenesí voluptuoso y hedonista, alimentado por un robusto y exponencial crecimiento económico que se mezcla con la efusividad mundialista.

La calma en el puerto de Tabatinga es una solitaria excepción. La regla se encuentra 31 horas río abajo, a bordo de una lancha rápida, lo suficientemente cómoda para que en día y medio el viajero no enloquezca, y lo suficientemente incómoda como para no olvidar que se está rumbo a Manaos, ciudad hecha a pulso, contra y a pesar de la selva, y donde hoy dos millones de habitantes viven coloridos contrastes: ser, por ejemplo, un vital complejo industrial en medio de la manigua al lado de delfines rosados que se pasean por el río Negro; o celebrar cada mayo un centenario festival de ópera, con sudorosos tenores de frac o sopranos de vestido largo, cuando gran parte de la población vive sumida en la samba-pop, género tan antipático cómo nuestra versión tropical.

Temperatura promedio: 33 grados. Solución: cerveza, samba, helado y compras; así los encontramos y así los dejamos tras dos días de estadía, en la que no podían estar ausentes una ronda por las selvas inundadas que se extienden a escasos minutos de la ciudad y un recorrido por el Teatro Amazonas, joya arquitectónica y testimonio de la fastuosidad europea con la que los barones caucheros revistieron por unos años a la metrópoli amazónica.

Volamos entonces al nordeste. Bastión negro, territorio de candomblé y capoeira, rituales que algún día fueron tabú y de los cuales existe una maravillosa reserva documental realizada por el francés Pierre Verger (ver recuadro). Hoy, tanto el ritual sincrético como el arte marcial/musical son parte del panorama, y participar en ellos es quizás una oportunidad demasiado al alcance del turismo masivo.

Aterrizamos en Recife, capital de Pernambuco, y salimos directo hacia su vecina Olinda, pequeña consentida de la humanidad (y por la Unesco). Es fácil entender por qué. Basta con caminar por sus callecitas encumbradas y mirar por encima de los tejados de barro y las copas de las palmeras, hacia una eterna bahía aguamarina. Entonces uno piensa que ese exacto mismo cuadro lo vieron otros hombres, en tiempos en que los nordestinos no escuchaban a Bob Marley en las plazas ni se abarrotaban alegres en las calles, después de trabajar, a tocar música negra, de tambores, de la tierra, con mezclas de hierbas con miel y cachaça, que hoy perfuman cada noche de parranda.

Porque el Brasil está de fiesta. Y los brasileños lo celebran de muchas maneras. Doce horas en bus al sur de Recife, en Salvador de Bahía, el amarillo, azul y verde se descuelgan por las calles y almacenes, prometiendo la gran copa. “Hexas”, “hexas”, “hexas”, el mensaje se repite en todo tipo de artículos. Una sexta copa para una quinta potencia, nada mal.

En Salvador, los trancones algo amargan. Es más, son una desgracia, para miles de habitantes de la ciudad que llevan diez años (ojo, Bogotá) esperando la construcción de una ínfima línea de metro.

Superado el engarrafamento, los bahianos se vuelcan sobre sus playas. Trotan. Juegan voleibol. Contemplan, sentados en las playas de La Barra o Itapoa, la caída de un sol tempranero, tal como alguna vez lo evocara el compositor y cantante Vinicius de Moraes, en Tarde em Itapoa, lugar para “Dejar la mirada olvidada, en el encuentro entre el cielo y el mar, y muy despacio ir sintiendo a la tierra entera rodar”.

A estas alturas, el lector de este lunes festivo debe reparar en el poco espacio que queda para que esta crónica termine. Adivinará que no hay tiempo para el Corcovado entre sus andamios (las autoridades de Río de Janeiro terminaron de restaurarlo hace apenas dos días). Tampoco podremos desmentir a aquellos que calumnian a São Paulo y la acusan de ser tan sólo un conjunto de edificios sin identidad ni oxígeno.

Quedan las líneas para decir que de Río de Janeiro a São Paulo hay una carretera sinuosa que nunca se aleja, durante diez horas, de un océano verde, por la cual esta Costa cobra su nombre. Que esta carretera une a cariocas y paulistas (así no se quieran mucho) y construye la historia de la samba y el bossa nova, el funk de las favelas y la samba-rock, ritmos que suenan en una y otra esquina, como si la gente internamente llevara dentro a toda hora un carnaval.

Brasil disfruta hoy sus triunfos con exuberante y gozoso aislamiento. Autismo que podría estar a punto de romperse si, como predijo Darcy Ribeiro a mediados de los 90, el país continúa en la lucha por convertirse “en una civilización, mestiza y tropical, orgullosa de sí misma”. La cita es del libro O povo brasileiro, regalo que recibí en Salvador de manos de un casual anfitrión y hoy querido amigo. El texto es una radiografía de esa isla sudamericana que por tantas décadas habitó una dimensión paralela, hogar de un “pueblo nuevo”, como concluye Ribeiro “que está todavía en la lucha de construir un género nuevo de ser humano. Tarea difícil y penosa pero también bella y desafiante”.

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jmaldonado@elespectador.com

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