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Trump contra el mundo. Esa parece ser una de las constantes de los tiempos que vivimos. Por las mañanas podemos contar con una retahíla de tuits del presidente estadounidense, lanzando furia contra todo y, por supuesto, elogios sobre sí mismo. Con esos mensajes, Trump dibuja su universo de amigos y enemigos. Quien se asome por la red social podrá seguir las cuitas con el fiscal especial Robert Mueller, avatares de su abogado Cohen y de cierta actriz porno, y, sobre todo, con los medios de comunicación. Por supuesto, en el torrente de opiniones y anuncios no faltan los asuntos internacionales. En esos tuits que intentan proyectar la política exterior del presidente estadounidense, esa política que bajo el lema “America First” (“Primero Estados Unidos”) muchas veces se convierte en realidad en “America Alone” (“Estados Unidos solo”), cuando no en “America against the world” (“Estados Unidos contra el mundo”).
Trump inaugura y clausura algunas peleas por esa vía. Son peleas importantes, pero no las más duras. En Twitter se han declarado las guerras comerciales/arancelarias contra Canadá y México. Contra la Unión Europea. Contra China. Curiosamente, sí, peleas emprendidas en muchos casos con los aliados tradicionales de su país. Hasta el punto de que Alemania ha empezado a desarrollar una estrategia “Estados Unidos”, por si las relaciones entre ambos países se siguen enfriando. En los distintos tuits, rara vez aparece Rusia. A pesar de la admiración hacia Putin —con su apariencia de eficacia arrolladora, Estados Unidos y Rusia se prueban en escenarios más reales, como Siria—. También parece que Trump hace un intento de eludir las menciones a Rusia para no reavivar la sombra de la colusión de miembros del equipo de Trump con agentes rusos durante la campaña presidencial. Aun así, Trump parece más cómodo con Rusia y Putin que con Merkel, Macron y Trudeau. En definitiva, Trump y Putin comparten su enemistad hacia la Unión Europea.
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Estas tendencias se han visto en toda su plenitud y han marcado la semana del presidente Trump. El paso de Trump por la reunión del G7 en Quebec fue tormentosa. A tal punto de haber sido denominada como la reunión del G6+1, o del seis contra uno. La reunión llegó en medio de las guerras económicas que Trump prometió en su campaña. Lo que no prometió es que las libraría contra Canadá y Francia. China, el supuesto objetivo y rival a batir, es el país que menos afectado se ve. Para marcar más distancias con sus homólogos, Trump propuso que Rusia debería ser readmitida en el grupo y que las reuniones vuelvan a ser del G8. Trump se ha especializado en crear división e, incluso, abandonar los tratados, acuerdos y organizaciones multilaterales en los que Estados Unidos está. El encuentro de Quebec es la última muestra de la contenciosa relación de la administración Trump con socios y aliados en Nafta, el Acuerdo de París, el Acuerdo Transpacífico y la OTAN.
Y en medio de todas esas peleas, a Trump le ha surgido un inesperado socio, Kim Jong-un. Un gobernante de un Estado aislado y casi un paria de la comunidad internacional. Una de las imágenes más esperadas —por inesperadas— tendrá lugar en Singapur mañana en la noche (hora colombiana), cuando los dos jefes de Estado se vean. Una reunión extraña. Dos líderes que usan la apariencia de volatilidad para perseguir sus objetivos. Una reunión a la que se llega gracias a los buenos oficios, presiones y auspicios de Rusia, China, Japón y, sobre todo, Corea del Sur, aunque todo fue convocado por sorpresa, suspendido, de nuevo por sorpresa, y reconvocado con algo menos de sorpresa.
La relación entre Kim y Trump llegó tras cruces de amenazas de fuego y furia, de pruebas de lanzamiento de misiles, de sanciones económicas y de —falsas— alarmas de ataques con misiles contra Hawái y maniobras militares conjuntas de Estados Unidos y Corea del Sur. Pero mientras eso pasaba ante los ojos de todos, Trump y Kim activaban la vía diplomática. Una vía diplomática que se viene usando desde los años ochenta, pero que no ha logrado frenar los avances del programa nuclear coreano.
Porque los norcoreanos no son nuevos en esto. Han negociado con Clinton, con los dos presidentes Bush y con Obama. Y han llegado a acuerdos con ellos, aunque más tarde o más temprano los han incumplido. Ahora se preparan para tratar con Donald J. Trump, el hombre que firmó —no escribió— The Art of the Deal. Por eso, el régimen de Pionyang fue endureciendo su retórica en las semanas previas, hasta que la reunión de Singapur fue suspendida, aunque los trabajos diplomáticos seguían adelante. Lejos de ser errático, es normal, Kim Jong-un quiere llegar al encuentro mostrando fuerza. Negocia porque así lo quiere, no porque esté obligado a ello. Su objetivo es la supervivencia del régimen creado por la dinastía gobernante tras la Guerra de Corea (guerra que no se ha cerrado y que no ha alcanzado aún un acuerdo de paz). Y la reunión con el presidente de los Estados Unidos facilita ese objetivo. Para empezar, le da a Kim Jong-un un nivel de reconocimiento internacional desconocido por su padre y abuelo. Sólo con estar en Singapur, Kim obtiene algo muy valioso para él. Además, los norcoreanos, a cambio de la desnuclearización, solicitarán la reducción de las sanciones económicas contra el régimen y la renovación de garantías de no agresión por parte de ningún otro Estado. También mostrarán interés en negociar el fin de la Guerra de Corea, que recoja claramente la existencia las dos Coreas.
Por su parte, Estados Unidos buscará la desnuclearización inmediata, completa y verificable de Corea del Norte, dentro de los protocolos y acuerdos de la Agencia Internacional para la Energía Atómica. El asunto ya ha sido complicado en el pasado. Lo volverá a ser. Los norcoreanos consideran que su última salvaguarda para su supervivencia es el armamento atómico, siendo como es un Estado pequeño y atrasado entre grandes potencias, como China, Rusia, Japón, Corea del Sur y los mismos Estados Unidos, porque, aunque no comparten frontera, la presencia militar estadounidense en la región es manifiesta. ¿Ofrecerán acabar con alguna parte de su programa armamentístico? ¿Una reducción gradual? ¿Será eso suficiente para el equipo de Donald Trump?
Los estadounidenses han mezclado halagos y amenazas. Al fin y al cabo, es el estilo con el que Trump ha manejado sus negocios inmobiliarios. Una mezcla de intimidación y confianza en su propio carisma y trato personal. De hecho, así ha venido ocurriendo. De los insultos vía Twitter, Trump pasó a las vías diplomáticas más tradicionales. Es el mismo tipo de relación que marcó George W. Bush. Primero identificó a Corea del Norte como miembro del Eje del Mal, para más tarde acabar renunciando a cualquier iniciativa para el cambio de régimen en la península de Corea y negociando con Pionyang. Así, el actual secretario de Estado, Mike Pompeo, ya en su rol como director de la CIA, ha venido sosteniendo reuniones y contactos productivos para la generación de confianza mutua, mientras el consejero de Seguridad Nacional Bolton y el vicepresidente Pence hablaban de un desarme parecido al de Libia, un antecedente amenazante para el gobierno de Corea del Norte. La Libia de Muamar al Gadafi en los albores de la guerra global contra el terrorismo renunció a su programa nuclear para, años más tarde, acabar derribado por rebeldes apoyados por la OTAN. Un antecedente que suena a amenaza en Corea del Norte.
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El principal problema para lograr un acuerdo significativo y duradero es que ambos estados han incumplido repetidamente los acuerdos que han suscrito. Corea del Norte lo ha hecho con el KEDO y el Marco Acordado. Estados Unidos lo ha hecho en algunos tratados ya mencionados y, muy recientemente, con el acuerdo nuclear con Irán. Un mal precedente para Singapur.
Trump y Kim se reúnen en Singapur. La negociación para ellos es competencia: que empiecen los juegos.
* Historiador e internacionalista.