
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En las tres primeras horas después de que el Servicio Meteorológico Nacional enviara una alerta a la 1:14 a. m. del 4 de julio, advirtiendo de “inundaciones repentinas potencialmente mortales” cerca de Kerrville, Texas, el río Guadalupe creció 6 metros. Sin embargo, las autoridades locales permanecerían en gran medida en silencio, lo que plantea interrogantes sobre la preparación de la zona para afrontar adversidades y si Texas debería hacer más para notificar a los condados rurales propensos a inundaciones cuando están en peligro.
El Campamento Mystic, un campamento para niñas situado junto al río en el que perdieron la vida al menos 27 personas, sufrió una grave inundación en algún momento entre las 2 y las 3 a. m., según relatos de padres cuyas hijas estaban en el campamento. Las supervisoras de una cabaña tuvieron que abrir las ventanas a la fuerza para ayudar a las niñas a salir. “Las niñas decían que era un río caudaloso”, dijo Lisa Miller, cuya hija de 9 años, Birdie, tuvo que subirse a la espalda de una supervisora para escapar.
Cerca de ahí, en el campamento presbiteriano Mo-Ranch Assembly, un encargado de las instalaciones estaba despierto sobre la 1 a. m. cuando vio la crecida de las aguas y alertó a su jefe, lo que provocó un rápido esfuerzo por trasladar a la gente a terrenos más elevados, dijeron los responsables del campamento. No se perdieron vidas.
Sin embargo, mientras estas situaciones se desarrollaban, muchos de los principales dirigentes locales del condado de Kerr seguían durmiendo o no habían sido alertados del peligro. La supervivencia de los habitantes de los campamentos locales y de las zonas bajas dependió, en muchos casos, no de las evacuaciones oficiales, sino de si estaban prestando atención, por su cuenta, a las alertas meteorológicas en mitad de la noche.
Tras la alerta de inundación poco después de la 1 a. m., el Servicio Meteorológico Nacional emitió una serie de avisos de intensidad creciente, uno de los cuales, a las 4:03 a. m., advertía de inundaciones “catastróficas”.
“Esto ocurrió por la noche, cuando la gente estaba dormida, en la cama”, dijo en una rueda de prensa el alcalde de Kerrville, Joe Herring Jr. Más tarde declaró a CNN que no había recibido la alerta meteorológica y que no se despertó sino hasta las 5:30 a. m.
Larry Leitha, sheriff del condado de Kerr, dijo que había recibido el primer aviso hacia las 4 o 5 a. m., cuando “uno de mis sargentos estaba en la central cuando empezaron a llegar las primeras llamadas”.
Dalton Rice, administrador municipal de Kerrville, dijo que había salido a correr hacia las 3:30 o 4 a. m., pero que donde él se encontraba, en el sendero de la ciudad a lo largo del Guadalupe, “llovía muy ligeramente” y “no vimos ningún signo de crecida del río”.
Pero eso cambiaría muy pronto. Los trabajadores de emergencias se esforzaban por ocupar sus posiciones mientras las carreteras de Texas Hill Country se inundaban, y un vehículo de emergencias fue arrastrado fuera de la carretera. Rice dijo que a las 5:20 a. m. estaba en un camión de camino a prestar ayuda, pero tuvo problemas para salir de un parque.
El condado tiene acceso a un sistema privado conocido como CodeRED que envía alertas a los teléfonos de los residentes, pero no está claro hasta qué punto se utilizó. A las 4:22 a. m., un bombero preguntó en un canal de emergencias si había “alguna forma de enviar un CodeRED” a los residentes de la localidad de Hunt, donde se encuentran el Campamento Mystic y el campamento presbiteriano, “pidiéndoles que buscaran un terreno más elevado o se quedaran en casa”, según un informe de la Radio Pública de Texas.
Pero parece que el primer CodeRED no se emitió hasta pasada una hora. Louis Kocurek, residente de la ciudad de Center Point, dijo al Times que el mensaje de texto de CodeRED que recibió había llegado a las 10:07 a. m.
Leitha dijo que no podía explicar por qué no se habían emitido antes las alertas.
“Eso se revisará más adelante”, dijo.
Las autoridades locales dijeron que el principal problema era la impresionante crecida del río, en plena noche.
El río Guadalupe “subió más de 6 metros, 9 metros en menos de dos horas, en un día festivo, por la mañana”, dijo Rice, el administrador municipal. “No hubo mucho tiempo”.
Tras la sucedido, prometieron que con el tiempo se realizaría un examen completo de la catástrofe, que hasta el miércoles se había cobrado 119 vidas, y de la respuesta ante ella. “Este incidente será revisado, tienen mi palabra”, dijo Leitha. “Si hay que hacer mejoras, se harán”.
En toda la zona, las aguas crecían y, en muchos casos, la ayuda era escasa.
Un sargento de la policía de Kerrville que se dirigía en coche al trabajo se quedó atrapado en Hunt, a las afueras de Kerrville, que se había convertido básicamente en una isla, según Jonathan Lamb, responsable de servicios a la comunidad del Departamento de Policía de Kerrville.
El sargento, al ver a la gente atrapada en los tejados y en las corrientes de agua, despertó a un detective que vivía en Hunt y, durante las 13 horas siguientes, ambos trabajaron con bomberos voluntarios y un médico de urgencias para rescatar y tratar a las víctimas de las inundaciones.
“Estaban solos, en esa isla que era Hunt, Texas, haciendo lo que saben hacer”, dijo Lamb.

Quienes estaban en el Campamento Mystic describieron una noche de fuertes lluvias, terror repentino y una noche heroica de evacuaciones a terrenos más elevados con poca o ninguna ayuda de las autoridades.
El campamento cristiano de niñas organiza cada verano una serie de ciclos de un mes de duración, y el segundo había empezado una semana antes de las inundaciones. El río Guadalupe era una característica definitoria para las campistas: se mencionaba en una de las canciones del campamento, había una competición de canoas al final de cada trimestre y la orilla del río era un refugio para la oración y la devoción semanales.
Apenas dos días antes de la inundación, funcionarios del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Texas habían dado el visto bueno a la inspección anual del campamento, que incluye una revisión de sus planes de emergencia. Cuando comenzó el ciclo de julio y los consejeros y miembros del personal se reunieron para la orientación, se les explicó dónde estaban las cosas y se les dijo que se dirigieran a una sala situada en un terreno más elevado si se producía una inundación, dijo Nancy Clement, de 18 años, que trabajaba como supervisora y fotógrafa en el campamento.
Clement y otra supervisora, Holly Kate Hurley, junto con Miller, cuya hija Birdie y otras dos personas habían logrado escapar, hicieron un relato de lo ocurrido la noche de la tormenta.
Los fuertes truenos empezaron a sonar sobre la 1:30 a. m., despertando a algunas personas. Más tarde, se fue la luz. Hurley, que trabajaba en una parte del campo situada en un terreno más elevado, recordó que despertó a sus hijas y les dijo que cerraran las ventanas para evitar el agua.
Le puede interesar: Desastre en Camp Mystic: Texas de luto por inundaciones; Washington en negación
Miller dijo que Birdie, que tuvo que subirse a la espalda de su supervisora, le había dicho que ella y sus compañeras de campamento iban casi todas descalzas cuando abandonaron su cabaña, conocida como Giggle Box, y subieron hacia un terreno más elevado. Mientras se iban, agarradas de las manos, vieron la zona bajo ellas cubierta por aguas que se movían rápidamente. Durante horas, las campistas esperaron bajo una lluvia torrencial, cantando canciones de campamento para mantener la calma.
Mientras tanto, la hija mediana de Miller, Genevieve, de 12 años, estaba siendo rescatada de otra cabaña, llamada Bug House. Hacia las 2 a. m., dijo Miller, una supervisora de la cabaña de Genevieve fue a la oficina y dijo que su cabaña se estaba inundando.
Muchas de las supervisoras y las campistas no llevaban teléfonos: a las campistas no se les permitía acceder a la tecnología, mientras que las supervisoras solo podían tenerlos durante determinadas noches y momentos del día, y Clement dijo que siempre lo había considerado una ventaja, parte de la atmósfera propia de estar junto al río.
“No sabes cuánto me alegraba estar desconectada”, dijo.
Había un agente de policía jubilado en el lugar para ayudar a proporcionar seguridad, y las chicas de una cabaña corrieron a su despacho cuando el agua empezó a subir. Uno de los miembros del personal del campamento esperaba utilizar el sistema de megafonía del campamento para hacer un anuncio, pero la subida del agua ya había cortado la electricidad.
Eso significaba que el campamento también se había quedado sin servicio de internet.
Los dueños del campamento empezaron a ir de cabaña en cabaña para despertar a todo el mundo, y reunieron a muchas de las chicas en la sala de recreo del campamento. Una supervisora se quedó en el porche de una cabaña y encendió y apagó la linterna, pidiendo ayuda a gritos.
Dentro de una cabaña del personal, contó Clement, una media decena de personas empezaron a amontonar pertenencias encima de los colchones. Vieron subir el agua por la ventana, justo antes de que partiera una puerta por la mitad y empezara a entrar con fuerza. Los que estaban dentro empezaron a agarrarse a las columnas del porche de la cabaña; algunas mujeres se encaramaron al alféizar de una ventana y se subieron al tejado, ayudando a subir a otras con ellas.
Cuando vieron a una de las directoras del personal luchando en el agua, agarrada a una red de vóleibol, algunas de las que estaban en el tejado se quitaron las camisas y las anudaron para formar una cuerda improvisada y lanzársela. Ella pudo nadar contra la corriente para llegar hasta ellas.
Al otro lado del camino, dijo Clement, podía oír a las chicas del segundo piso de un edificio cercano cantando algunas de sus canciones de campamento sobre el amor de Dios. “Precioso”, dijo. Ella rezó con sus compañeras en el tejado. Temblando de frío, se aferró a su teléfono, las llaves y el perro de peluche desgastado que llevaba con ella desde la infancia. Pasaron horas hasta que el agua retrocedió.
Le recomendamos: Texas bajo el agua: los recortes de Trump y Musk agravan la tragedia
Las partes del campamento situadas a mayor altura no se habían visto afectadas por las inundaciones, pero muchos de los que estaban allí pasaron la noche preocupados por los que estaban más abajo.
“Eso fue lo más duro: saber que había niñas ahí fuera luchando por su vida y que no podíamos hacer nada”, dijo Hurley. Clement dijo que no fue sino hasta horas después de que comenzara la inundación que algunas de las niñas pudieron caminar con seguridad hacia uno de los pabellones.
A primera hora de la tarde, había llegado un grupo de camiones y helicópteros del ejército, que las subieron a bordo y las pusieron a salvo.
*Jesus Jiménez y Mike Baker colaboraron con reportería. Sheelagh McNeill colaboró con investigación.
👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.
El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.
Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. No pierda la oportunidad de acceder a todos estos beneficios y más. ¡Suscríbase aquí al plan superprémium de El Espectador hoy y viva el periodismo desde una perspectiva global!
📧 📬 🌍 Si le interesa recibir un resumen semanal de las noticias y análisis de la sección Internacional de El Espectador, puede ingresar a nuestro portafolio de newsletters, buscar “No es el fin del mundo” e inscribirse a nuestro boletín. Si desea contactar al equipo, puede hacerlo escribiendo a mmedina@elespectador.com