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Crónica de un instante
Por Alberto Fernández (expresidente de Argentina 2019-2023)
Este libro es la crónica de un instante. Un instante que pudo haber sucedido en cualquier otro lugar de América Latina. Un instante que, aunque único e irrepetible como todo instante, se asemeja a muchos otros que se suceden incansablemente en nuestro continente (Recomendamos: el golpe de Estado que no fue en Bolivia este junio de 2024).
El personaje de esta historia nació en Bolivia. En las entrañas mismas de una tierra llena de riquezas naturales y culturales. Es parte de esos pueblos originarios que fueron capaces de resistir a la conquista europea y a las garras de la especulación capitalista.
Hablamos de un hombre llamado Juan Evo Morales Ayma. Irónicamente, carga con nombres emblemáticos para los argentinos. Se llama Juan, como aquel “coronel del pueblo” que les dio a los trabajadores los derechos que los conservadores del siglo XX les negaban. Y se llama Evo, como nuestra Eva, la “abanderada de los humildes”.
Todo ocurrió un mediodía de noviembre del 2019. En Buenos Aires almorzábamos junto a Dilma Rousseff, Ernesto Samper, Marco Enríquez-Ominami y otros muchos amigos de la patria latinoamericana dando clausura al encuentro del Grupo de Puebla. Cuando servían el plato principal, el autor de este libro me susurró algo al oído. “Tengo a Evo en el teléfono… hay problemas en Bolivia”, me dijo.
Me incorporé y tomé el aparato. Lo escuché con atención. Evo Morales Ayma, presidente de Bolivia, me contó que manifestaciones callejeras impulsadas por la derecha de ese país estaban causando desmanes y atacando a los seguidores del oficialismo. Inmediatamente después, hablamos con Álvaro García Linera, su vicepresidente, y me transmitió con máxima preocupación que las fuerzas conservadoras no estaban dispuestas a reconocerlos como vencedores de la elección del 20 de octubre del 2019.
La OEA, comandada por Luis Almagro, legitimaba semejante atropello institucional. Personalmente, había dudado de la integridad moral de Almagro y por eso reclamé que se incorporaran dos argentinos a la misión que el organismo había mandado para observar el proceso electoral. Tan pronto los argentinos afirmaron no detectar irregularidades en los comicios, fueron expulsados bajo la absurda imputación de ser espías.
Con el correr de las horas la gravedad de los hechos fue en aumento, y la mirada tranquilizadora que inicialmente me había brindado Evo Morales fue virando hasta convertirse en preocupación primero, desazón después y finalmente temor.
Las revueltas callejeras colmaban las pantallas de los televisores en Argentina. Vimos cómo una horda salvaje entraba a la casa del presidente Morales invocando en su violencia una absurda defensa de la democracia. Las Fuerzas Armadas tomaron distancia del poder constitucional y hasta un jefe policial se animó a exigir la renuncia de las autoridades legítimas.
Evo Morales anunció su renuncia y después perdimos todo contacto con él durante muchas horas. Sabíamos que se había refugiado lejos del epicentro en el que operaban los golpistas. Comenzamos a ver caer a sus seguidores con la represión armada. Mientras tanto, las embajadas empezaban a colmarse de asilados que escapaban de la caza desatada por los sediciosos.
A partir de allí entré en contacto con el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador. Para entonces yo solo era un presidente electo que todavía no había asumido sus funciones. Aun así, uní mi esfuerzo al del gobierno mexicano tratando de preservar la vida de Evo Morales y la de sus seguidores.
Hice un intento por darle asilo en Argentina al presidente depuesto, pero Mauricio Macri, en ejercicio de la presidencia, se negó con argumentaciones tan banales como pueriles. Hasta avaló el patético dictamen de la OEA, lo que se condecía con el accionar del país en el Grupo de Lima.
Finalmente, Evo Morales aceptó el asilo ofrecido por el gobierno mexicano.
De las peripecias vividas entre el momento en que se refugió en el interior boliviano, fue rescatado por un avión de la Fuerza Aérea de México y terminó asilado en la ciudad capital de ese país, da cuenta la investigación que estas páginas ofrecen.
Días después de que Morales se instalara en tierra mexicana, volvimos a hablar por teléfono. Lo impulsé a que viniera a la Argentina con mi promesa de ayudarlo a que Bolivia recuperase prontamente su democracia.
El 11 de diciembre del 2019, un día después de que yo asumiera formalmente la presidencia, se radicó aquí. Junto a él recibimos a dos de sus hijos y a decenas de dirigentes que cruzaban clandestinamente la frontera tratando de salvar su vida.
Debió pasar casi un año para que los bolivianos y bolivianas volvieran a expresarse, y pusieran la democracia y las instituciones en orden. En ese año Evo Morales trabajó de manera incansable hasta coronar su esfuerzo.
Por mi parte, sentí que mi tarea había culminado en el mismo momento en que abracé a Evo en la frontera que une Argentina con Bolivia y lo vi alejarse hasta desaparecer en los brazos de una multitud que lo esperaba en su patria.
Este libro, que es la crónica de un instante, puede ser un formidable disparador de la reflexión colectiva. Al fin y al cabo, la historia vivida por Bolivia y que aquí se reseña se repite de distintos modos en todo nuestro continente. Expresa otra forma de alterar la institucionalidad tras la falsa invocación de querer preservarla.
El deber que nos cabe en esta hora es lograr que este continente imponga la justicia social que ha perdido y que lo ha convertido en el más desigual del planeta. Un lugar donde unos poco ganan mucho y en donde la pobreza se distribuye entre millones.
Esta es la hora del desarrollo. Tenemos la obligación de facilitar la vida de cada uno de los que habitan este suelo. Generar trabajo. Poner todo nuestro empeño para que todos accedan a la educación en un tiempo donde en el saber está la riqueza de las sociedades. Asegurar que la atención de la salud llegue a los que la requieran. La pandemia ha puesto en su exacto lugar la importancia que reviste la salud pública.
Pero desarrollo es, además, fomentar y fortalecer la calidad de la convivencia democrática. La diversidad es el signo de estos tiempos. La uniformidad del pensamiento y de los modos de vida como la supremacía en virtud de razas o géneros ha quedado sepultada. En el respeto a la pluralidad está el secreto de una sociedad más igualitaria y más justa.
Este libro es la crónica de un instante en el que algunos fuimos en socorro de la vida de los maltratados. Pero puede ser también, si aquella reflexión ocurre, el libro que ponga punto final a una página muy gris de nuestra historia reciente.
De ida y vuelta
Por Evo Morales Ayma (expresidente de Bolivia 2006-2019)
El golpe de Estado en Bolivia en noviembre del 2019 es un ejemplo muy transparente de cómo el imperialismo estadounidense, sin pausa y con premura, prepara, organiza y hasta financia la desestabilización de los procesos democráticos en América Latina cuando estos no son afines a sus intereses y apetitos políticos y económicos.
Si no usa a las Fuerzas Armadas, como en Bolivia, utiliza a la justicia sometida y a los congresos débiles, vendidos, para derrocar a presidentes democráticamente elegidos por el pueblo, como fueron los casos de Paraguay, Ecuador, Brasil, entre otros.
Fueron muchos los actores que organizaron el golpe de Estado en Bolivia y acabaron rompiendo treinta y siete años de una ininterrumpida democracia. El golpe cívico, militar y eclesial, bajo el mentiroso y falaz justificativo de un fraude electoral que no solo nunca se comprobó, sino que fue rechazado por más de diez organizaciones internacionales, destruyó en un año la estabilidad económica, social y política de Bolivia.
El rompimiento de la democracia en noviembre del 2019 dio paso no solo al retroceso de lo que habíamos logrado en casi catorce años de gobierno, sino al desencadenamiento de la violencia en todas sus manifestaciones, con más de treinta y cinco hermanos asesinados, decenas de dirigentes, ministros, autoridades subnacionales y ciudadanos perseguidos y encarcelados.
El libro de Alfredo Serrano investiga con seriedad, solvencia y profesionalismo esos luctuosos e irracionales hechos que marcarán la historia de Bolivia y de América del Sur. Este texto aborda con máxima precisión y rigor todo lo sucedido desde el justo momento en el que se precipitó el golpe de Estado hasta mi regreso a casa un año después, luego de que volviéramos a ganar las elecciones en octubre del 2020. Se narra con todo lujo de detalles lo nunca contado sobre la operación de rescate de mi vida, que se llevó a cabo gracias a la generosidad y solidaridad de muchos amigos en Latinoamérica, especialmente al gobierno de México y a Alberto Fernández. También se relata todo mi periplo en México, mi ida hacia Argentina, mi estadía allí, todo lo que ocurrió política y electoralmente para que finalmente pudiera regresar a mi tierra y, por último, el viaje de retorno.
A modo de aclaración
Por Alfredo Serrano Mancilla (autor del libro “Evo: Operación rescate”).
La vida es así de caprichosa. Hoy, lunes 9 de noviembre del 2020, empiezo a escribir esta historia. Es una historia real, pero parece ficción. Y que nunca habríamos transitado sin el golpe de Estado que puso en peligro la vida de Evo Morales y del Proceso de Cambio. Hoy no estaría escribiendo esto en Argentina si una violenta serie de hechos no se hubiera desencadenado, en Bolivia, exactamente un año atrás.
Estoy sentado en un improvisado despacho. Escribo en una mesa, vieja, de madera blanca, en una casa casi perdida en Parque Unzué, Gualeguaychú, en la provincia mesopotámica argentina de Entre Ríos. Desde afuera me llega el canto entusiasmado de cientos de pájaros, mientras veo por televisión cómo Evo Morales regresa a su país acompañado por el presidente argentino Alberto Fernández.
Además de un golpe de Estado, lo que voy a contarles tiene también otro punto de partida. Más esencial, pero que muchas veces olvidamos: en el mundo hay mucha, mucha gente buena. Este libro quiere ser un alegato a favor de esa gente buena, generosa, que rema a contracorriente para ayudar a quien lo necesita. Mujeres y hombres que actúan sin antes especular, y que invierten y entregan su tiempo (y mucho más que eso) en la convicción de que así deben hacerlo si el bien de otro está en juego. Oímos demasiadas veces que lo individual se ha vuelto supremo, que la posmodernidad acabó con los valores colectivos. Esta historia va a demostrar que no es así.
Si nos quitamos las lentes que nos imponen y somos capaces de mirar con nuestros propios ojos, podremos ver cada día, en cada detalle cotidiano, una preponderancia de lo colectivo. Esta dimensión colectiva, con gran dosis de generosidad, la podrán comprobar episodio tras episodio, en esta historia que estamos empezando a narrar y que abarca trescientos sesenta y cinco días en Latinoamérica.
Muchas personas, conocidas y desconocidas, que obraron de manera directa o indirecta, protagonizaron este thriller geopolítico, esta suerte de teleserie de acción y de intriga. El escenario mayor de esta narrativa es el eje Bolivia-México-Argentina. Con el correr del tiempo, cuando hayan pasado décadas, nuestro relato podrá parecer leyenda popular latinoamericana, pletórica de adornos fantásticos y rica en giros ficticios de la fortuna. Pero no: todo lo que leerán es verdad.
Las historias siempre se cuentan desde una subjetividad. No pretendo disimularlo. La verdad subjetiva es preferible a cualquier intento hipócrita de presentar un relato omitiendo el sesgo personal. Me sería imposible ocultar o morigerar mi amor por Bolivia, patente en cada página del libro. Bolivia no es un país que yo haya estudiado y analizado desde lejos, a una prudente distancia.
Fue en 2004, con una mochila a cuestas, cuando pisé por primera vez Bolivia. Luego, dos años más tarde, después de que Evo Morales hubiera sido elegido presidente, me fui a vivir allá: yo creía, pretenciosamente, tener algo que aportar al proceso constituyente. Pensaba quedarme tres meses. Me quedé más de un año. Perdí mucho peso. Casi veinte kilos, que recuperé en conocimientos, experiencia, contradicciones y un genuino proceso de deconstrucción, vital para mí. Bolivia hizo que me quedara en Latinoamérica. Me cambió la vida, la forma de enfrentarla y de entenderla.
Este libro, sin embargo, es Bolivia, pero también es mucho más. Bolivia es el centro de gravedad de una trama de múltiples relaciones geopolíticas entre gobiernos y desgobiernos, presidentes, expresidentes y candidatos, cargos públicos y personas sin cargos, fuerzas políticas nacionales y organismos internacionales, medios de comunicación e incomunicación…
De lo que ocurre tras las bambalinas del poder, poco o nada llega a conocerse. Queda en la sombra. Esta vez, en cambio, podremos echar luz sobre esa área habitualmente oscurecida y hacer ver con palabras el lado oculto de un gran capítulo de la Historia que nos ha tocado en suerte vivir de cerca.
El año transcurrido, que hoy tengo a mis espaldas, fue mucho más que un año. Me refiero al año que empezó con el golpe de Estado en Bolivia, siguió con las maniobras y los viajes de Evo Morales para salvar su vida y culminó con el regreso a su tierra.
Creo que es hora de atrevernos a clasificar los años. Porque hay años y años. No todos tienen el mismo valor temporal. Una cosa es la medida del tiempo orbital de nuestro planeta —lo que la Tierra tarda en dar una vuelta completa alrededor del Sol— y otra bien distinta lo que acontece en ese período de tiempo. El año comprendido entre el 9 de noviembre del 2019 y el 9 de noviembre del 2020 es un año de los más intensos, de aquellos que duran, o perduran, mucho más. Años en los que pasa de todo y en los que nos pasa de todo. El año en que Bolivia transitó desde la interrupción hasta la recuperación de su democracia, gracias a la victoria electoral y política de Luis Arce Catacora el 20 de octubre del 2020, el año que va desde la salida forzada de Evo hasta el regreso a su patria. El mismo año en que Argentina cambió de presidente, de Mauricio Macri a Alberto Fernández, en que Chile votó mayoritariamente un plebiscito para cambiar la vieja Constitución pinochetista y —cómo olvidarse— el año en que el republicano Donald Trump se vio frustrado en su intento por ganar un segundo mandato en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.
Sin contar otra cantidad de sucesos que marcaron cada rincón de América Latina, hay dos hechos históricos que no puedo dejar de mencionar y que atraviesan cada frase de este libro. Uno es Histórico con mayúsculas, porque nadie duda de que formará parte de la Historia Universal: la pandemia de COVID-19, que dejó al mundo más patas arriba de lo que ya estaba. El otro es histórico en minúsculas por su sentido íntimo, personal: mi papá falleció el 9 de enero del 2020, luego de sufrir un infarto cerebral. Este libro también es para mi papá, porque se lo merece, porque se merece que sepan que se lo merece, porque gran parte de lo que soy y de lo que cuento se lo debo a él, a sus convicciones, a su sacrificio sin cálculo ni calculadora, a su manera de señalarme un camino pleno de valores, a su interés por las causas justas y a su defensa acérrima de la política, y a que fuera hincha del Barcelona (y no lo digo por el equipo de fútbol de Guayaquil, Ecuador).
Lo mejor es dejar atrás los rodeos, y largarme ya a narrar esta historia de aviones y permisos aéreos, mensajes por WhatsApp, Telegram, Signal y WeChat, llamadas telefónicas, cafés, nervios, llanto, sonrisas, equipajes, casas, rescates y rescatadores, pasaportes, reuniones, exilio, periodistas, mentiras, militares, OEA, encuestas, elecciones, Estado, gobiernos, presidentes, ministros, cancillerías, Grupo de Puebla, servidores públicos, tanta gente buena, tanta generosidad, anécdotas, egos, caos, suerte, rumores, Twitter, errores, diálogos, cariños, desaprendizajes y nuevos aprendizajes…
Sus protagonistas no son actores ni personajes ficticios. Son personas de carne y hueso. De casi todos tengo permiso para contar lo que sigue, aunque ninguno sepa lo que finalmente acabaré contando. A partir de esta premisa, el único responsable de lo que quede escrito seré yo. Los que quieran creer en esta historia, créanla, y los que no —es mi sugerencia—, asúmanla como ciencia ficción, que no les faltarán razones de peso para ello. (A medida que pasaron los días, yo fui el primero en no creerme casi nada de lo que estaba pasando, y pienso que Evo Morales tampoco se lo podía creer).
Este viaje cruzará Perú, Paraguay, Ecuador, Cuba, Venezuela, Colombia, España, Chile y otros lugares. Pero la ruta es muy simple y no requiere ni GPS ni Google Maps: Bolivia-México-Argentina-Bolivia.
* Se publica con autorización de Peguin Random House Grupo Editorial. Alfredo Serrano Mancilla es gaditano de nacimiento y latinoamericano por adopción. Es director ejecutivo del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG). Se doctoró en Economía Aplicada por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Realizó estancias predoctorales en Módena y Bolonia (Italia) y Quebec (Canadá). Realizó su posdoctorado en la Université Laval (Quebec). Es especialista en Economía Pública, Desarrollo, Economía Mundial, Geopolítica y Análisis Político. Es profesor de posgrados en universidades internacionales. Es autor de diferentes publicaciones: América Latina en disputa; Ahora es cuándo, carajo: del asalto a la transformación del Estado en Bolivia; El pensamiento económico de Hugo Chávez; Las vías abiertas de América Latina; ¡A (re)distribuir! Ecuador para todos. Es columnista invitado en Página/12 (Argentina), La Jornada (México), La Razón (Bolivia), La Diaria (Uruguay), Russia Today, La Última Hora (España), entre otros medios. Y en el tiempo restante, que no existe pero que él se inventa, conduce el programa radial de actualidad política La Pizarra, emitido en Argentina, Ecuador, Bolivia y España.