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Hasta la triple tragedia de terremoto, tsunami y accidente nuclear del 11 de marzo de 2011 en el este de Japón mis contactos con los fantasmas japoneses se limitaban a personajes de novelas fantásticas, leyendas folclóricas o películas de terror. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Mi introducción a los espectros nipones desde un ángulo documental tuvo lugar en Miyagi, una de las provincias más afectadas por el tsunami.
Allí conocí a un editor llamado Masashi Hijikata, organizador de un concurso de cuento abierto a personas que hubieran tenido encuentros o experiencias sobrenaturales relacionadas con los fallecidos tras el triple desastre.
Hijikata me contó que el este de Japón es terreno abonado para las historias de ultratumba y me indicó cómo, a partir del tsunami, los diarios regionales empezaron a publicar testimonios de taxistas que habían transportado a pasajeros que desaparecían antes de llegar a su destino dejando el asiento empapado en agua de mar.
Muchos de los cuentos enviados al concurso narraban contactos póstumos con personas que aquel 11 de marzo perecieron aplastadas bajo alguna infraestructura derrumbada, fueron devoradas por las llamas de un incendio o arrastradas por olas descomunales.
Una señora llamada Yoko relataba la visita de una vieja amiga con la que varias horas estuvo compartiendo recuerdos de juventud y sorbiendo té.
Pasada la medianoche la amiga pidió disculpas y se despidió. Emocionada, la señora Yoko llamó de inmediato a otra amiga para compartirle el reconfortante reencuentro, pero fue informada de que su visitante había sido engullida días antes por las olas.
Al mirar el lugar donde estaba la taza de té, intacta, confirmó que el cojín donde estuvo sentada su invitada chorreaba agua de mar. El cuento ganador, firmado por una joven llamada Ayane Suto, narraba cómo un día, mientras esperaba noticias sobre el paradero de su padre desaparecido, sintió algo frío en el pie al calzarse uno de sus zapatos y vio que se trataba del capullo de una rosa blanca.
Semanas después le avisaron que el cuerpo de su padre se hallaba en un crematorio de una ciudad vecina y que le permitirían verlo dentro de un ataúd sellado. Al verlo, confirmó que junto a su cabeza le habían puesto rosas blancas similares a la hallada en su zapato.
“Recordé el contacto de la flor fresca con mi talón. La humedad y la frialdad eran como la piel de mi padre. No podía tocar su cuerpo, pero sentí que, de forma indirecta, ya lo había hecho”.
Pese a no tener el pedigrí literario de los descritos por Shakespeare o Juan Rulfo, los fantasmas de Miyagi confirmaron la fascinación universal con el más allá y fueron un bálsamo para el alma de sus autores.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.