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El reciente asalto de la policía ecuatoriana a la embajada de México en Quito, en violación de la convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas, evocó el sorpresivo ataque del ejército peruano a la residencia oficial del embajador japonés en Lima, en abril de 1997, para liberar, entre explosiones y tiros, a 72 rehenes. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
A través de túneles excavados por mineros profesionales, el ejército peruano accedió a la residencia y puso fin a un secuestro que se había iniciado 126 días antes cuando la guerrilla del Movimiento Revolucionario Tupac Amaruc irrumpió en la conmemoración del cumpleaños del emperador Akihito, en la que participaban centenares de invitados.
El rescate, en el que perdieron la vida los 14 guerrilleros, tres militares y solo uno de los rehenes, tomó por sorpresa al gobierno japonés que esperaba una salida incruenta y negociada.
Aparte de algún académico que cuestionó la intervención militar no autorizada en una legación extranjera, el único reclamo japonés que trascendió fue el de Hidetaka Ogura, diplomático y rehén que denunció al ejército peruano por ejecutar extrajudicialmente a tres guerrilleros que él había visto rendirse.
El testimonio de Ogura fue ignorado por las autoridades y ante la falta de apoyo de su gobierno para esclarecer los hechos, renunció a la diplomacia, se dedicó a la docencia en Japón y escribió un libro como parte de su empeño en defender la inviolabilidad de las instalaciones diplomáticas.
El caso de Ecuador, que justificó la entrada en la legación mexicana con el pretexto de capturar a un alto político acusado de corrupción, despertó la indignación internacional por haberse beneficiado el país andino del cumplimiento de las normas de Viena cuando protegió en su embajada de Londres durante siete años a Julian Assange, en su momento uno de los hombres más buscados por los Estados Unidos por el caso Wikileaks.
Inglaterra ejerció su derecho a impedir la salida de la embajada, y del país, del sujeto acusado y Assange solo fue detenido cuando Ecuador autorizó la entrada a su embajada de agentes ingleses.
Al deterioro de la confianza en las embajadas que genera este tipo de incidentes (Israel fue acusado de bombardear la embajada de Irán en Siria el 1 de abril), se suma la aparición de la figura del embajador guerrero, ejemplificado por el nuevo enviado chino a Japón quien advirtió que “el pueblo japonés será llevado a un pozo de fuego” si se atreve a defender a Taiwán.
La inesperada frase indignó, enfadó, suscitó protestas y generó temor a que la diplomacia retroceda a épocas remotas cuando las tribus caníbales aún no se habían dado cuenta de que era mejor escuchar el mensaje en vez de comerse al mensajero.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.