Torre de Tokio: estampas japonesas

Columna para acercar a los hispanohablantes a la cultura japonesa.

Las estampas pornográficas son una tradición cultural japonesa.
Las estampas pornográficas son una tradición cultural japonesa.
Foto: Archivo

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Una tarea impostergable para muchos japoneses en las postrimerías de su vida, además de actualizar el testamento, es deshacerse de un paquete que han mantenido oculto durante toda su existencia y no quieren que sus herederos descubran: su colección de estampas pornográficas. (Recomendamos: Más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

Ideadas como publicidad de burdeles hace cuatro siglos y usadas después como apoyo didáctico para los recién casados, las estampas eróticas japonesas, llamadas shunga, representan maromas sexuales ejecutadas por figuras pálidas muy bien peinadas que no se quitan sus formidables quimonos por temor a ser pillados en medio de su arrebato.

Se cuenta que los grabados pornográficos fueron perseguidos por las autoridades, pero no por sus imposibles contorsiones ni por las proporciones equinas de los genitales dibujados, sino porque algunos artistas aprovecharon su popularidad para satirizar a los gobernantes y, supuestamente, incitar a la subversión.

Un cronista norteamericano que visitó Japón en el siglo XIX contó abochornado cómo, al ser invitado a conocer el hogar de una pareja madura, la señora puso sobre la mesa su colección particular de las también llamadas “estampas de la almohada” y la comentó con entusiasmo y sin asomo de vergüenza.

Cuando Estados Unidos forzó a cañonazos la firma de un ventajoso tratado comercial con Japón, en 1854, el comodoro Matthew Perry recibió, junto al documento firmado, una caja con impresos pornográficos. Los entusiastas funcionarios japoneses se anticipaban así más de un siglo y medio al otorgarles a los dibujos pornográficos la categoría de patrimonio cultural que tienen hoy.

En 2014, tal vez animado por la aparición de la pornografía gratuita ilimitada en internet, el Museo Británico organizó una gran exposición de colecciones de gráficos de porno tradicional japonés, desatando numerosos elogios y críticas, además de advertencias como “absténgase de venir en su primera cita romántica” o “deje a su abuela en casa”.

La menor de un trío de hermanos japoneses me comentó hace años que su octogenario padre divorciado escondía desde hacía décadas sus grabados eróticos en el espacio que quedaba entre la cama matrimonial y una pared.

Los hijos lo supieron toda la vida, pues gracias a la gran limpieza anual de diciembre, que se acostumbra en todos los hogares, movían los muebles y aprovechaban para darle una hojeada a las estampas mientras el padre desmalezaba el jardín escuchando sonatas de Scarlatti.

Comenté el caso como una buena ilustración de la frase “la inocencia de los padres empieza cuando termina la de sus hijos”. Después, el padre falleció de repente por un simple error médico y dejó una detallada repartición de todos sus bienes, menos la colección de shunga que, sin saberse cómo ni cuándo, había desaparecido.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

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