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Como si fuera un observatorio ornitológico adonde llevamos los niños a conocer aves raras, la isla japonesa de Okinawa tiene un mirador gratuito para ver cada día despegues y aterrizajes de los aviones de combate más mortíferos del mundo. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Está situado frente a una base militar llamada Kadena, construida y controlada por Estados Unidos después del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945.
Muchas familias que pasan sus vacaciones en Okinawa se toman selfies teniendo en el fondo el vuelo un F22A Raptor, considerado uno de los aviones de guerra más sofisticados y letales que surcan los cielos.
Niños y adultos disfrutan por igual del ascenso vertical del MV-22B Osprey, un espectacular avión de rotor basculante usado para rescates y protagonista de repetidos titulares de prensa por sus infortunados accidentes en Australia y Estados Unidos.
Unos paneles explican a los visitantes el amplio catálogo de aviones y helicópteros que son fuente de contaminación acústica, pues utilizan la base a diario, y generan constantes quejas y litigios por afectar la salud del vecindario.
Kadena está situada al lado de un populoso centro urbano y se jacta de ser la base aérea estratégica más grande de Estados Unidos en el Lejano Oriente, un mérito agridulce pues equivale a ser el principal objetivo del temido ataque chino. Una invasión china de Taiwán y la posible intervención de Estados Unidos para impedirlo convierten las bases de Okinawa en el portaaviones mejor situado para atacar.
Por obra de la Constitución pacifista redactada tras la derrota del 45, Japón quedó impedido de armar un ejército para participar en guerras internacionales.
Estados Unidos acordó proteger a Japón y bases como Kadena cumplen la función de velar por la seguridad del archipiélago.
Ver turistas japoneses haciéndose fotos con los más avanzados y costosos aparatos diseñados para causar el máximo de destrucción y muerte desde el aire es una buena metáfora de cómo 78 años de paz han borrado el sentimiento trágico dejado por la guerra.
Okinawa fue el escenario de una feroz batalla que lleva su nombre, donde más de 100.000 civiles perdieron la vida a manos estadounidenses o fueron obligados por el Gobierno ultranacionalista japonés de entonces a suicidarse para evitar ser capturados. Con sarcasmo, los japoneses hablan del “letargo de la paz”, una especie de anestesia mental por el largo período de progreso económico sin conflictos armados .
Para evitar el letargo, el tercer piso del mirador de Kadena recuerda la guerra con proyecciones, fotos documentales y muchos textos.
Como todo está escrito solo en japonés, es lícito pensar que alguien quiere que los extranjeros que no leen el idioma conserven, con su ignorancia, su inocencia.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.