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Cuando Alberto Fujimori renunció a la presidencia desde Tokio, a finales del año 2000, la embajada de Perú anunció despidos y una señora de raza aimara, llamada María, empezó a ofrecer sus servicios de limpieza a oficinas de hispanohablantes en esta capital. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Para apoyar su propósito de quedarse en Japón, ahorrar y pagar la carrera universitaria de su hija en Lima, algunos residentes contratamos sesiones semanales de aseo cuya frecuencia variaba según la extensión de nuestros respectivos despachos.
La llamé para explicarle la ruta del metro hasta nuestra oficina y cuando terminé hubo un breve silencio.
—Solamente uso buses. Dígame el color y el número del bus y yo llego—me dijo en la que sería la primera de una serie de lecciones sobre sus formas atávicas de sobrevivir en una ciudad donde la barrera lingüística genera en los extranjeros frustración y estrés.
Como en ese entonces Japón apenas usaba el alfabeto en las señales de tráfico y en los sistemas de transportes, los desplazamientos eran un continuo acertijo.
María se orientaba por el tamaño y la ubicación de construcciones altas, los monumentos emblemáticos y los parques.
Agradeció que nuestro edificio quedara frente a la embajada de Estados Unidos, donde el inconfundible pabellón de las barras y las estrellas socorría como un faro a quien se perdía por el barrio.
Su habilidad para leer el paisaje se había desarrollado en largas correrías a caballo a través de los Andes para comprar alimentos.
Su sensibilidad para los colores se entrenó en los mercados donde su familia compraba papas en variaciones cromáticas que iban del negro al blanco, pasando por colores enfrentados como el amarillo y el morado.
Para aprovechar su sabiduría ancestral y sus conocimientos de aimara una catedrática de lenguas americanas la contrató para que visitara sus clases una vez por semana.
María hablaba a los universitarios en un idioma lleno de sonidos familiares para el japonés, como el sufijo “naka” que en aimara se usa para formar el plural y en japonés es una palabra polivalente que significa, entre otros, “dentro”.
Cuando su hija se graduó decidió regalarle un computador. Emocionada, me dijo que sería “el último modelo de la manzanita mordida”.
Hasta entonces no se me había ocurrido indagar el origen del emblema de Apple. Busqué y me enteré de que es obra del diseñador norteamericano Ron Janoff y que no tiene nada que ver con los rumores de que se inspiró en Adán y Eva, ni en Alan Turing, el llamado padre de la informática moderna que se suicidó mordiendo una manzana envenenada.
Hoy, cuando alguien habla del icónico mordisco, me acuerdo con cariño de María.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.