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Cartas desde Ucrania

Hoy la región autónoma de Crimea celebra un polémico referendo sobre su incorporación a Rusia. Varios países lo tildan como ilegal.

Soldados ucranianos durante unas maniobras militares en Goncharivka, en Kiev. Los ejercicios se realizarán hasta finales de mes.  /EFE
Soldados ucranianos durante unas maniobras militares en Goncharivka, en Kiev. Los ejercicios se realizarán hasta finales de mes. /EFE

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El mundo está desempolvando una retórica que no se escuchaba desde los tiempos de Reagan y Gorbachov. Los medios han resucitado un sabor a Guerra Fría, siguiendo minuciosamente los eventos que transcurren en Ucrania. Desde fuera, pareciera estar atrapada en una lucha por influencias y poder entre Occidente y Rusia. Este domingo se celebra en Crimea un referendo diseñado para “legitimar” la anexión de dicho territorio por el antiguo poder soviético. El presidente ruso, Vladimir Putin, velando por sus intereses geoestratégicos, ha acordonado la zona, aislándola del resto del país… Salvo a través de internet y sus correos.

Tamara, una intérprete residente en Kiev, relata cómo vivió la revolución que desembocó en la fuga del presidente: “Inicialmente, tras la mala experiencia con la Revolución Naranja de 2004 y la derrota de Yanukóvich, no creía en la nueva revolución. Había demostraciones en la Maidán (palabra ucraniana para plaza), pero a 500 metros la vida continuaba como si nada”, explica. “Luego algo cambió, vi lo que ocurría en la plaza y comencé a amar a mi tierra y mi gente. Me volví patriota. Sólo les temía a los radicales de derecha extrema, pero en realidad, ellos fueron los responsables de la revolución. Estábamos la clase media, directivos y periodistas, juntos, clamando por un país mejor. Estoy orgullosa de mi gente, ellos son la revolución”.

A escasos metros trabajaba Tatiana; “Llevamos viviendo en Kiev 10 años mi marido, mis dos hijos y yo. Trabajamos en nuestra cafetería, muy cerca de nuestra casa, a unas calles de la Maidán. Cuando empezaron las primeras manifestaciones, cerramos el negocio, nos daba miedo estar allí. Cuando la situación empeoró, se quemaron casas en nuestra calle, incluida la nuestra. Ahora vivimos en casa de mi madre en Gerson, en el sur de Ucrania. Pienso que la culpa de todo esto la tienen los políticos. Me da igual si Ucrania está con Rusia o con Europa. Sólo quiero que los ojos de mis niños no vean la guerra”.

Cuando Rusia empezó a movilizar sus fuerzas en la frontera y se adentraron en Crimea, aislando la península del resto del país, los ucranianos quedaron atónitos. “Fue como una traición —dice Tamara—, pero me alegro de que EE.UU. haya intervenido y me reconforta saber que el mundo condena las acciones de Putin”.

Horacio Canales, estudiante de doctorado mexicano residente en la ciudad oriental de Kharkov, comenta que “la mayoría de las personas se mantienen neutrales con el tema, pero sí existe una gran ola de nacionalismo. Argumentan que ni quieren estar del lado europeo, ni del ruso. Quieren que sus políticos no sean corruptos. No quieren ni desmanes, ni guerra, ni convertirse en colonia virtual de ningún país. Podría decir que el ambiente en la ciudad no es tenso y en realidad todos llevan una vida tranquila”.

Olga Tymoshenko también vive en Kharkov, en pleno centro: “He escuchado tiroteos. He visto gente apaleada. Vi como llegaban buses de Rusia llenos de su gente para distribuir propaganda. También vi como se iban antes de que nuestra lenta policía pudiera actuar. Con la generosa ayuda de Putin, el país se ha venido debilitando en la última década”.

Stanislav Ivashchenko, desde la ciudad oriental de Chernihiv, explica que “el ejército ucraniano es incapaz de resistir las fuerzas rusas. Ha sido reducido desde 2010 por el gobierno. Todo parece indicar que esto ha sido parte del plan de Putin para debilitar a Ucrania y facilitar la expansión de su influencia y anexar partes del país”.

Hay quienes le temen más a la “nueva democracia”. Para Vladimir*, lo que ocurre “es el resultado de los esfuerzos de ‘democratización’ que han ejercido EE.UU. y la UE durante 20 años. Ahora los socios occidentales intentan instigar una guerra civil o un conflicto con Rusia. Los debates sobre derechos humanos y democracia son una trama para cubrir sus intensiones verdaderas. La amenaza fascista es verdadera, es como el renacimiento del nazismo. He visto encapuchados entrar en supermercados y coger lo que quieren porque pueden”.

“El referendo en Crimea es una reacción muy previsible al neofascismo emergente en Ucrania”, aclara Jason, ucraniano nacido en EE.UU. y residente de Kiev.

De Crimea salen los miedos y sentimientos encontrados de su gente. “No quiero saber nada”, justifica Iryna desde Kerch. “Aquí todo esta calmado. No quiero saber lo que ocurre en Kiev. No queremos que se entrometan en nuestras vidas. Nos estamos preparando para el referendo. Queremos ser parte de Rusia”.

Ekaterina, en Yalta, sabe “el desastre que es hoy en día Kiev: hambrunas y matanzas. No quiero que estas cosas nos lleguen a nosotros. Sólo Rusia nos puede proteger”. Olena, pensionista de Sebastopol, teme que “por la revolución, Kiev no nos dé nuestras pensiones. Rusia nos puede apoyar. Necesitamos el referendo y la radio dice que el 97% de los ucranianos votará”.

Alex, también en Sebastopol, afirma que él, su familia y sus amigos “quieren vivir en Ucrania. Esta situación puede destruir mi negocio de ropa y acabar con la convivencia pacífica que hemos tenido a lo largo de los años”. A esto se unen Anna y Viktor de Yalta: “Nuestros empleadores han cerrado sus negocios en Crimea. No tenemos ingresos y estamos desesperados porque tenemos dos hijos. Estamos ansiosos por el referendo, pero no participaremos porque no es legítimo. Cortaron la televisión ucraniana. La única fuente de información libre es internet, que contradice toda información que recibimos de los canales rusos”.

En Ucrania se destila tensión, miedo, pero también esperanza por un futuro mejor. Para la gran mayoría de la población el debate no está en ser pro Europa o pro Rusia, sino en ser libres y tener un gobierno sin corrupción. Según explica Andrea Chalupa, periodista ucraniana radicada en Nueva York y experta en el tema, la división que existe “es más entre generaciones que entre regiones. Hay quienes anhelan los tiempos más sencillos de la Unión Soviética, pero no se percatan de que son víctimas de la volatilidad creada por la corrupción sistemática”. Mientras tanto, los jóvenes, como la hija de 26 años de Tamara, dicen estar “ahora más que nunca, listos para morir por la patria”.

* Algunos nombres en este artículo se cambiaron para proteger la identidad de las fuentes.

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