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Si hay un calificativo con el que la reacción internacional se refiere a la condena contra tres jóvenes rusas que se oponen al presidente Vladimir Putin, ese es “desproporcionado”. Nadejda Tolokonikova, de 22 años; Ekaterina Samutsevich, de 29, y María Alejina, de 24, fueron condenadas a dos años de cárcel, bajo cargos de vandalismo.
Las tres mujeres forman parte de una banda punk, Pussy Riot, que el 21 de febrero entró súbitamente a la catedral ortodoxa de Cristo Salvador, en Moscú, con los rostros ocultos bajo pasamontañas, para protestar en contra del Gobierno. Simbólicamente cantaron una plegaria a la Virgen titulada Líbranos de Putin.
Francia, Alemania y la Unión Europea emitieron comunicados en los que rechazaban la sentencia. EE.UU. fue más allá y pidió que el fallo fuera revisado. El repudio vino también de ONG como Amnistía Internacional y la Federación Internacional de Ligas de Derechos Humanos.
La oposición, que encontró en las Pussy Riot un factor de unión, acusa a Vladimir Putin de estar detrás de la sentencia. Una vez se conoció el fallo, manifestantes que se encontraban a las afueras del tribunal de Moscú se enfrentaron a la Policía y varios fueron detenidos, entre ellos el gran maestro y excampeón mundial de ajedrez, Gari Kasparov, conocido opositor del gobierno ruso.
Las manifestaciones de apoyo a las jóvenes condenadas se extendieron por París, Londres, Hamburgo, Barcelona y Bruselas. Grupos de personas con las caras cubiertas, al estilo inventado por las Pussy Riot, pidieron la libertad de las jóvenes.