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“Ángela Merkel cree que estamos en el trabajo”. La pancarta se vio en la transmisión de varios partidos de la Liga de Campeones europea en 2012 y la sostenían hinchas irlandeses. Irlanda: uno de los países de la Eurozona que terminaron acogiéndose a un rescate para poder pagar sus obligaciones financieras en medio de una de las crisis económicas más agudas de la Europa moderna.
La pancarta tiene una carga de profundidad que, dependiendo del nivel de aprecio o desprecio que se sienta por la canciller alemana, puede interpretarse en una variedad de formas, todas ancladas en un punto común: Merkel, parece, no sólo gobierna en Alemania.
El apego continuo y metódico de la canciller a las medidas de austeridad evitó la desintegración de la Eurozona. Esto es parte del discurso de sus defensores (y de una buena parte del electorado alemán, al parecer). Los críticos aseguran que su defensa fanática de la austeridad desaceleró la recuperación europea y puede comprometer la competitividad de una región que apenas cuenta con el 9% de la población mundial pero responde por el 25% del PIB del mundo.
Críticos como los más de 40.000 manifestantes que se reunieron en las calles de Atenas en octubre del año pasado para darle la bienvenida a la canciller alemana. También hubo pancartas, pero esa vez el mensaje fue diferente: una foto de Ángela Merkel con el conocido bigote de Adolfo Hitler; otra foto de la canciller con cuernos en la parte trasera de su cabeza.
En el diccionario griego moderno, “medidas de austeridad” tal vez es una expresión para describir cómo escasea el trabajo, los impuestos suben y el gobierno central recorta sus gastos al mínimo.
“Merkel, fuertemente escoltada, llegó sin promesas de ayuda adicional ni compromisos de aliviar los términos de los préstamos para el rescate de Grecia; apenas un mensaje de apoyo: ‘Quiero que Grecia siga en el euro’”, cuentan los periodistas Alan Crawford y Tony Czuczka en una de las varias biografías que se han escrito de una mujer que ha forjado buena parte de su carrera política bajo la inmensa presión de ver el posible colapso de un Estado, o de varios.
El desplome de un país, de todo un estilo de vida, es algo con lo que Merkel parece estar familiarizada. La canciller creció en una zona de la República Democrática Alemana, la parte de Alemania controlada por la Unión Soviética, una nación que dejó de existir cuando cayó el muro de Berlín en 1989.
Antes de ser una funcionaria oficial, Merkel se desempeñó como investigadora en física (incluso tiene un doctorado en la materia), un campo del conocimiento que, según sus biógrafos, defensores, detractores e incluso algunos miembros de su equipo de trabajo, afectó profundamente la forma como esta mujer asume sus funciones de canciller: política desde la ciencia o algo muy similar.
Las decisiones de Merkel parecen suceder a un ritmo dos o tres veces más lento que el resto del proceso político, y esto se debe a su formación como científica, una disciplina que instaura el amor por los datos y la comprobación previa: la observación y la información como valores fundamentales. Quienes la critican no la llaman paquidérmica, pero les falta poco para hacerlo. Para los demás, la canciller es prudente, muy prudente.
Y la prudencia puede ser una moneda escasa en tiempos en los que países como Grecia, Irlanda, Portugal y España tuvieron que ser rescatados económicamente luego de un aluvión de gasto público que después de varios años terminó por superar el flujo de ingresos, resultando, entonces, en una deuda astronómica.
Cuando Merkel asumió la cancillería, en noviembre de 2005, Alemania había registrado un récord de 12,1% en la desocupación de sus ciudadanos que no experimentaba desde la posguerra y su crecimiento económico estaba por debajo del 1% (0,7%), de acuerdo con Crawford y Czuczka. Hoy la economía alemana es la más fuerte del continente y varios indicadores, como el desempleo, registran sus mejores marcas en décadas.
Es probable que Merkel tenga que dirigir buena parte de su atención al interior de Alemania, un escenario en el que podría no gobernar con una coalición del todo favorable para sus intereses y en el que, en pocas palabras, debe implementar ciertos cambios (en terrenos como el incremento en la producción) para continuar siendo una fuerza relevante, incluso dominante, en la Europa del futuro. De acuerdo con la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OECD, por sus siglas en inglés), Alemania ocupa el penúltimo lugar en sus proyecciones de crecimiento económico en los próximos 50 años.
Según Crawford y Czuczka, entre marzo de 2010, cuando Merkel dio su primer discurso ante el Parlamento alemán acerca de la situación en Grecia, y finales de 2012 la canciller se dirigió a los parlamentarios en 24 oportunidades. En 22 ocasiones sus intervenciones estuvieron relacionadas exclusivamente con política exterior.
En la actual elección, las vallas publicitarias de la Unión Demócrata Cristiana (CDU), partido político de la canciller, muestran sus manos y nada más. Merkel, la primera mujer en llegar a la cancillería alemana, la líder de la economía que sostiene buena parte del euro, la prudente científica de pocas palabras, la amante de la ópera y de Wagner. El símbolo.
Hoy, elecciones generales en Alemania
Este domingo se realizarán las elecciones generales en Alemania, en las cuales parece que Ángela Merkel, actual canciller, saldría victoriosa junto con su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU) que, sin embargo, no obtendría la mayoría absoluta. La permanencia de Merkel al frente de Alemania podría ser un hecho que se diera paralelamente al mantenimiento de la actual coalición de gobierno, en la que participa el CDU y dos partidos más: Unión Social Cristiana (CSU) y el Partido Democrático Liberal (FDP). Sin embargo, el papel del FDP podría estar en entredicho, por lo que la canciller debería, probablemente, verse obligada a formar una nueva coalición para gobernar Alemania.
slarotta@elespectador.com
@troskiller