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Vladimir Putin tendrá motivos para celebrar si su misión de regresar a la presidencia de Rusia se completa con éxito. Brindará sin alcohol, porque es abstemio. Se abrazará con sus aliados, pero no los apretará como hacía con sus rivales cuando era un joven luchador de sambo y judo. Recibirá golpes en la espalda, golpes de apoyo que no lo sacarán de casillas y a los que responderá con actitud comprometida. Sonreirá, seguro. Él también sonríe, a pesar de que su seriedad habitual lo dibuje casi tan frío como Siberia. Retornará al pedestal que abandonó hace cuatro años, el de la máxima autoridad del gobierno ruso, allí donde al pararse por primera vez, en 1999, dijo: “Francamente, no sé si estoy preparado, ni si lo deseo, pues es un destino pesado”.
Hasta su llegada al Kremlin, el nombre de Vladimir Vladimirovich Putin no existía más allá de San Petersburgo, que fue Leningrado hasta el fin la Guerra Fría. Nadie tenía por qué saber que su padre, de quien heredó el nombre, había sido oficial de la Marina Soviética, que su madre, María Ivanova, trabajaba en una fábrica y que él era el tercer hijo del matrimonio. Pocos por fuera de la familia estaban al tanto de que sus dos hermanos mayores fallecieron antes de que él pudiera conocerlos, uno escasos meses después de nacer y el otro durante el cerco que las tropas alemanas impusieron a Leningrado entre 1941 y 1944. ¿Quién era ese hombre a quien Boris Yeltsin designó en la presidencia para su reemplazo en la víspera de la llegada del año 2000?
El momento histórico hizo que al desconocido Putin le correspondiera ser un calmante para la resaca de Moscú. Rusia comenzaba a erigirse de entre los escombros de la Unión Soviética, con tantos problemas como potencial para conservar su influencia global. Desempleo, improductividad, incertidumbre. Yeltsin levantó la estructura y Putin tuvo la tarea de ornamentarla. Él debía ser el puente entre el conflictuado siglo XX y la nueva era. Su balance, a primera vista, fue exitoso: en los primeros años de gobierno, Putin logró un crecimiento económico sostenido, un aumento del 70% del producto interno bruto y una reducción cercana al 50% de la pobreza.
Decirle salvador sería ponerse del lado de sus fanáticos y decirle tramposo, de la otra orilla. Lo que la realidad demuestra, con argumentos, es que no ha habido una figura en Rusia que haya cargado tanto poder y liderazgo en los últimos 15 años. Ha hecho de la política rusa su monólogo, desde que el electorado ratificó su nombramiento en las urnas durante el año 2000 y le dio continuidad a sus políticas cuatro años más tarde. Putin ahora está de vuelta para la revancha, no porque tenga una derrota en su haber, sino porque las leyes le impedían mantenerse al frente, como era su deseo. Podía regresar, pero no inmediatamente. Al menos estaba en la obligación de marginarse por un período presidencial para aspirar una vez más e incluso pretender ser reelecto.
Su nombre, en 2008, tenía la fuerza necesaria para ungir a un sucesor, su hombre de confianza, Dimitri Medvédev. En caso de que al final de las elecciones hoy lo bendigan con el 66% de los votos, como dicen las encuestas, entonces Medvédev tendrá que devolverle el país, aunque sea en términos formales, porque Putin no se ha alejado de los escritorios más brillantes del Kremlin: dos períodos como presidente y un cuatrienio más como primer ministro. La constitución reformada hoy dice que el ganador de la presidencia gobernará por seis años con la oportunidad de presentarse a elección al final del período. Si las cuentas no le fallan, actuará como jefe del Estado hasta 2024.
Vladimir Putin no actúa sin antes meditarlo y si golpea “lo hace de manera exacta y mortal”. Ludmila Narúsova empleó la metáfora para describir a Putin durante una entrevista. Ella, viuda de Anatoli Sobchak, lo conoció personalmente cuando su esposo fue alcalde de San Petersburgo y lo convocó para que fuera su segundo y se encargara de las relaciones exteriores de la ciudad. Ambos se habían cruzado en la Universidad Estatal de Leningrado, cuando Putin estudiaba derecho y Sobchak era su profesor.
Vladimir Putin fue un alumno brillante que al graduarse se convirtió en agente de la KGB, donde no entraba cualquiera. Con los años, la Unión Soviética le asignó la dirección de Asuntos Exteriores de Alemania Oriental, ya con el entrenamiento suficiente para golpear de manera exacta y mortal, esta vez en sentido literal. Todo esto para ser designado por Yeltsin al frente del Servicio Federal de Seguridad —la KGB de la Rusia independiente— en 1998, un año antes de ganarse la confianza para ser su sucesor.
A Putin la oposición lo podrá acusar de fraude electoral, de haber convertido en magnates a varios de sus amigos con la privatización de las empresas estatales que dejó la caída de la Unión Soviética. Le podrán decir que el culto a su imagen recuerda la propaganda política de la Segunda Guerra Mundial, que no les hace gracia verlo disparando una ballesta, ni pilotando un bombardero o un bólido de la fórmula 1, ni con un tigre dominado a sus pies. Insinuarán que tanta testosterona y tanta vanidad lo llevaron a tener un romance con la excampeona olímpica de gimnasia rítmica y ahora diputada Alina Kabáyeva (24 años menor que él), a ponerse bótox para verse más joven y a ufanarse de ser amigo de un político desprestigiado como el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi.
También lo tildarán de autoritario y de haber influido en la muerte de la periodista Anna Politkóvskaya, quien investigaba los abusos militares cometidos en la retoma de Chechenia ordenada por Putin en 1999. De tener que ver con el envenenamiento del exespía Alexander Litvinenko, duro crítico de su gobierno. Son demasiadas acusaciones enfrentadas con pocas pruebas y un liderazgo sólido apoyado en su buena imagen y la defensa de un actuar diáfano.
Los planes ya están claros. El más seguro ganador de hoy piensa invertir 500.000 millones de euros en defensa durante la próxima década, convencido de que la industria militar podría ser la plataforma para modernizar su economía y llevar de vuelta a Rusia al lugar que merece en el mundo.
«Por unas elecciones limpias»
“Rusia sin Putin” es el grito de guerra de la nueva oposición rusa, que se movilizó durante los últimos meses bajo el lema “Por unas elecciones limpias”, según decían, para impedir un fraude en las presidenciales de hoy como el que denunció en las parlamentarias de diciembre. El domingo 4, observadores internacionales y la oposición denunciaron masivos fraudes. Desde entonces comenzó en Rusia un movimiento de protesta inédito en ese país. Antes de finalizar 2011, miles de rusos salieron a protestar y la manifestación se replicó en varias capitales del mundo. El partido del primer ministro ruso, Vladimir Putin, logró conservar la mayoría absoluta en la Duma con 238 diputados, 12 más de los necesarios para alcanzar la mayoría (226), según los resultados oficiales.