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España asume este domingo sus segundas elecciones generales en seis meses y todo lleva a pensar en la repetición de un escenario muy similar al acontecido el 20 de diciembre de 2015. Un escenario en el que, nuevamente, ganará el Partido Popular, del que cabe esperar una intención de voto próxima a 28 %, y que se traduce en unos 117 escaños sobre el total de los 350 que conforman el Congreso español.
Dicho de otro modo, un resultado algo peor al de hace unos meses y, en todo caso, insuficiente para un partido que se encuentra escorado en el espectro ideológico-partidista español pero, a la vez, insólito si se analizan los continuos casos de corrupción y la profunda brecha social que ha dejado consigo tras cuatro años de (no) gestión de la crisis.
La principal novedad reposa en el hecho de que Unidos Podemos, la candidatura que entre otras opciones integra a Podemos y a Izquierda Unida, se pueda erigir en la alternativa progresista y de cambio. Con una intención próxima a 24 % y cerca de los 90 escaños, el partido encabezado por Pablo Iglesias consigue superar al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), gracias a ser el único partido con capacidad, en estas segundas elecciones, de seguir movilizando votantes aun cuando la desafección de unas nuevas elecciones invita a todo lo contrario, es decir, al abstencionismo.
Sin embargo, que Unidos Podemos pueda llegar al gobierno dependerá de la decisión que adopten en el PSOE, que muy presumiblemente se aproximará a 21 % de intención de voto y 85 escaños. En principio, aunque todo depende de la aritmética, hay posibilidades de que un gobierno de cariz socialdemócrata pueda asumir la presidencia en España, solo, con los apoyos que obtengan Unidos Podemos y PSOE. No obstante, igualmente, la cuestión no es fácil. El PSOE es un partido cuyas promesas tienden a diferir mucho de sus cumplimientos. Es un partido que ha socavado la noción de socialdemocracia y se ha desdibujado al asumir políticas de recortes y posiciones de sesgo conservador más propias del Partido Popular.
Es más, por si hubiera dudas, terminó siendo difícilmente comprensible que, tras las elecciones de diciembre, y pudiendo negociar un gobierno progresista con su aliado natural, Podemos, terminara haciendo coalición con un nuevo partido de la arena nacional como era Ciudadanos. Un partido de impronta neoliberal, españolista y conservadora que poco o nada tiene que ver con la vieja noción de socialdemocracia defendida, aunque sea solo en el discurso, por los socialistas.
Así, este partido Ciudadanos sería el cuarto en liza, pero con una intención de voto de 15 % que le dejaría, aproximadamente, con los mismos 40 diputados que obtuvo en las anteriores elecciones generales. Dado este panorama y esta correlación de fuerzas, pareciera que las opciones son tres. Una, la más natural, es que se diese una confluencia progresista, de gobierno de cambio, entre Unidos Podemos y el PSOE. Ello exigirá diálogo e intercambios cooperativos pero, sobre todo, dejar de lado las tradicionales confrontaciones programáticas e ideológicas que acompañan a la izquierda. Asimismo, esto debe suponer para el PSOE un ejercicio reflexivo y serio de vuelta hacia una socialdemocracia que parece quedarle lejos.
La otra opción pasa por un mantenimiento del conservadurismo, a modo de gran alianza, entre Partido Popular, PSOE y Ciudadanos. La intención de excluir a Unidos Podemos de cualquier atisbo de gobierno sería clara pero, muy posiblemente, ello pudiera suponer la muerte política del PSOE.
Basta con observar algunas experiencias centroeuropeas al respecto. Finalmente, la tercera, y más improbable, posibilidad sería repetir un tercer escenario de nuevas elecciones que, muy posiblemente, terminaría por hacer más centrífugo el sistema de partidos y favorecer, exclusivamente, a Unidos Podemos y al Partido Popular, aunque con un nuevo marco de incertidumbre que, seguramente, a día de hoy, ninguno está dispuesto a asumir. La suerte está echada.
* Doctor en Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid