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En respuesta a los atentados de ayer en Bruselas, que dejaron más de 30 muertos y cerca de 200 heridos, el presidente francés, François Hollande, pidió que toda Europa estuviera unida. “Sólo unidos venceremos al terrorismo”, dijo. Sin embargo, su petición tiene sabor de utopía y de ruego desesperado: Europa se fragmenta entre muros y vallados, y bombardear a los grupos yihadistas desde su raíz, en Siria y en Irak, ha probado ser una estrategia insuficiente. El enemigo de Europa está dentro de ella, desobedece su ley y quiere derruirla. En este caso, la historia comienza por Bruselas. Tras los atentados en París, donde fueron asesinados 130 civiles, las autoridades francesas descubrieron que la mayoría de los ejecutores de aquella noche del 13 de noviembre de 2015 provenían de Bruselas, de un barrio del que se hablaba poco: Molenbeek. Dada la constante amenaza de ataque, las autoridades belgas activaron todo un aparato intenso de vigilancia: los días se rigieron entonces por la ley marcial, los colegios cerraron y las calles se vaciaron, salvo por la presencia rigurosa de los militares. Desde noviembre hasta febrero, toda Bélgica pululó entre los máximos niveles de alerta. El primer ministro belga, Charles Michel, hablaba de un “ataque inminente”. Las calles de Molenbeek eran custodiadas día y noche. En un solo fin de semana, el Ejército realizó 19 allanamientos y capturó a 15 personas. De modo que los atentados de ayer significan, primero, una derrota para la seguridad belga —que se había anotado un triunfo el pasado 18 de marzo con la captura de Salah Abdeslam, responsable de los ataques en París— y, segundo, una muestra de la desgracia comunal de Europa. A causa de las dos bombas que explotaron muy temprano en el aeropuerto de Zaventem y de la otra que explotó en la estación de Maelbeek, cerca de las oficinas de la Comisión, el Consejo y el Parlamento europeos, el gobierno belga decidió volver a la estrategia que acusó en principio: el encierro de sus ciudadanos, la vigilancia metro a metro en las calles, la clausura temporal de los lugares públicos, la explosión de un intenso sistema de seguridad que se vislumbra como la opción más diplomática en medio de la incertidumbre. Los gobiernos habían creado la Unión Europea para deshacerse de las fronteras nacionales y ahora estas se imponen, con la obstinación propia del terror. Desde los tiroteos de París, Europa ha querido mostrarse fuerte. Francia, por ejemplo, aumentó sus bombardeos en Siria e Irak contra el Daesh, autodeclarado responsable de los atentados de ayer en Bruselas; en medio de la crisis migrante, Alemania ha abierto hasta cierto punto los brazos a los refugiados con el optimismo ululante de que se renovará la población y Europa tendrá una nueva vida. Su fortaleza, sin embargo, se ha traducido también en la erección de muros entre fronteras —en Eslovenia, Austria, Hungría, Croacia, Grecia— para detener el paso a los migrantes. En ambos casos, tanto en la migración de cientos de miles desde Oriente Medio como en la expansión del miedo terrorista, Europa ha respondido como quien pone un tapón de botella al mar para detener la marea. Una guerra ignorada Europa transita, entonces, por una crisis de identidad política y moral que se decide en ocasiones por soluciones efectivas en el futuro próximo, pero dañinas a largo plazo. Cerrar sus fronteras es, a un mismo tiempo, muestra de fuerza y de debilidad: nadie cierra las puertas de su casa si no tiene miedo de quienes llegan. El sueño europeo de consagrarse como un continente sin límites, como una sola familia, se derrumba por lidiar esta guerra a la manera antigua: como si fuera entre países que se ciñen a un estatuto de guerra y que, en algún momento, podrían sentarse a negociar. No. En realidad, Europa está peleando una guerra que ignora desde sus raíces: el laicismo europeo se enfrenta a la ideología indecente de los yihadistas; el secularismo anuda sus ejércitos contra el fanatismo. La primera se constituye como un fortín de democracia y se rige por su espíritu; la segunda tiene el rostro de un imperio. Europa ha sido incapaz de reconocer la singularidad de su enemigo y, por lo tanto, de formular una estrategia funcional. La desgracia de Bruselas es el producto de ese desconocimiento: de activar un profundo aparato de seguridad mientras los enemigos se cuelan entre la multitud, porque de hecho son europeos, porque esta guerra sobrepasa a los meros ejecutores y se ha convertido en la expansión de una ideología. No es, como en el caso de la invasión de Estados Unidos en Irak, una escaramuza contra el enemigo exterior; el enemigo está adentro y nació dentro del espíritu europeo. Las filas del Daesh, que se multiplican en países como Líbano, Egipto y Afganistán —y tienen células en Francia y Bélgica—, están conformadas por miles de extranjeros que fueron criados en países con amplias libertades civiles y que, podría decirse, han asimilado el espíritu europeo. La pregunta esencial que las autoridades europeas han eludido es en realidad bastante simple: ¿por qué la extensión de una idea, ya sea que se origine en un libro o en un grupo político, puede determinar la muerte de millones? Esa cuestión no tiene nada de antiguo: tanto así sucedió con la Alemania nazi, hace sólo 70 años. ¿Cómo es posible fomentar un comportamiento semejante, la muerte intencional de millones de judíos, en un continente que se declaraba hasta entonces la cuna del progreso humano? ¿Cómo es posible que ayer una persona como Salah Abdeslam, que nació en Bruselas y tiene nacionalidad francesa, ataque sin remordimiento su lugar de nacimiento? Su patria está en otro lugar; quizá está en la idea de que el mundo debe someterse a la ley islámica. Los ejecutores de los atentados en París y en Bruselas son ciudadanos rígidos de una idea cuyas fronteras se encaran con el estilo de vida europeo, contra aquello que representa el espíritu de Europa: cierto grado de libertad individual. Por eso la noción de muerte es tan distinta y tan determinante en esta guerra: ayer los gobiernos de Europa y sus ciudadanos lamentan la muerte de cada individuo asesinado en Bruselas; en cambio, para el Daesh y para toda la ideología extremista, la muerte de los suicidas es un acto necesario y nada lamentable, y el complemento ideal para el éxito de un mandato que supera la vida de sus creyentes. (Lea: Bruselas: cuando el enemigo es interno). ¿Enemigo exterior? Dos semanas después de los atentados en París, el economista Thomas Piketty escribió en su blog de Le Monde: “De cara al terrorismo, la respuesta debe ser en parte de seguridad. Es necesario golpear al Daesh, detener a aquellos que son responsables. Pero también es necesario preguntarse sobre las condiciones políticas de esas violencias, sobre las humillaciones y las injusticias que hacen que el Daesh se beneficie de sustentos importantes desde Oriente Medio y suscite ayer vocaciones sanguinarias en Europa. En últimas, el problema real es la puesta en escena de un modelo de desarrollo social equilibrado, aquí y allá”. París es el centro del espíritu europeo, de su literatura, de su cultura, y Bruselas es el corazón político y económico de la Unión Europea, el conglomerado administrativo de la utopía. En ese sentido, ambos ataques tienen la intención de reafirmar aquella frase formulada por el Estado Islámico meses atrás: “Estamos a las puertas de Europa”. También quieren demostrar, en el fondo, que Europa no está preparada para una guerra de esta suerte y que todos los esfuerzos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial para fomentar una paz y seguridad duraderas resultan, en este caso, por completo inútiles: ni la ONU, ni la OTAN son instituciones eficaces contra un enemigo que escapa a sus reglas y que de hecho quiere determinar con fuego y bombas el rumbo político de todo un continente. Parte de la población europea ha caído en el juego insensato de señalar a los musulmanes como los enemigos y de resistirse a la entrada de migrantes. En pueblos del norte de Francia, los ciudadanos piden la expulsión de los árabes; en Sajonia, Alemania, un grupo de civiles celebró el incendio de un albergue para migrantes mientras entonaba cánticos en su contra. Polonia, abrigado por un gobierno de ultraderecha, rechaza la entrada de migrantes; lo mismo hacen las autoridades de países como Austria, que planea levantar una valla kilométrica en su frontera, y Hungría, cuyo primer ministro, Víktor Orbán, dijo que la verdadera naturaleza de los migrantes es “ocupar territorio”. Han caído, de nuevo, en la creencia peligrosa de que el enemigo es exterior. Atados al miedo y la amenaza foránea, los europeos están en proceso de perder una de sus figuras más relevantes: el individuo. Por razones económicas y políticas, el bien más preciado del llamado Primer Mundo se degrada hasta el punto de que toda acción sistemática depende del Estado y es determinada por su voluntad, mientras los individuos se convierten en piezas de un aparato de seguridad que contradice sus propios cimientos. En la teoría, los enemigos llegan a parecerse. Tzvetan Todorov, filósofo búlgaro nacionalizado francés, dijo en una entrevista reciente con El País: “Paradójicamente (el individuo) es más débil, sí, porque los más poderosos tienen más, pero son un puñado, mientras la población se empobrece y la desigualdad se ha disparado. Y los individuos pobres no son libres”. De ese modo, las postales acostumbradas de Europa, el veraneo en París o en Bruselas, se convierten en imágenes de miedo. ayer las calles de Bruselas están vigiladas hasta el tope. Una periodista describió el ambiente a Le Monde: “Todas las avenidas fueron evacuadas y cerradas. Un helicóptero ronda en el cielo. Los funcionarios europeos hablan de una secretaria cuyo cuerpo fue casi todo destruido por la explosión. La mayoría de las heridas producidas por el atentado del metro parecen ser quemaduras (…). Estamos en barricadas, y allí debemos permanecer. No llegamos a nuestros trabajos, nos tomamos un café en una sala de reuniones”. Los únicos sonidos que pululaban por la zona de los atentados eran las sirenas de las ambulancias y el traqueteo de las hélices de los helicópteros. “Un acto infernal”: Jorge Cuéllar, colombiano residente en Bélgica Mi primera reacción fue llamar a mi hijo para que no fuera a estudiar a Amberes, pero estudia periodismo y me dijo que se tenía que acostumbrar. Yo me lo esperaba (los atentados) y hablé de eso con mi hijo: pensábamos que con la detención del terrorista (Abdeslam) deberíamos estar atentos y que lo mejor era que Bélgica se deshiciera de esa papa caliente lo más rápido posible y lo extraditara a Francia. El primer ministro ya dijo que todo el mundo se quedara en casa pero los papás empezaron a llegar a todos los colegios por sus hijos. Las autoridades estaban en alerta máxima pero es muy difícil tener el control de todo porque en Bruselas hay muchos árabes. Como en este país nunca pasa nada, todos están incrédulos y mis amigos en Facebook piensan que la reacción de los belgas será más negativa contra los árabes musulmanes en Bélgica, donde el partido de extrema derecha, Vlaams Belang, es el que más se opone a los musulmanes y a aceptar refugiados musulmanes. Creo que mucho cambiará porque Bélgica es pequeño y cualquier cosa afecta a todos. Ernesto Camacho, colombiano residente en Bruselas Mi familia y yo estamos bien. Claro, hay una tristeza grande en toda la población y estamos extremadamente preocupados por lo que sucede. Todos los lugares públicos están cerrados: los transportes (el aeropuerto, desde luego, el metro, el sistema de buses, etc.), los hospitales. No hay consultas, y las entradas a lugares públicos están muy custodiadas y controladas. Las autoridades subieron la alerta general al tope máximo y el Ejército entra a cuidar la ciudad. Lo único que se sabe aquí es que no hacen negociación con los terroristas. Las ambulancias distribuyen los heridos en todos los hospitales, la ciudad se vació del tráfico intenso. La gente empieza a sancionar las políticas de izquierda con la opinión en la prensa; ya saben que esto va continuar y se va a complicar cada vez más. Todo el mundo publica la bandera belga con una lágrima. Esto los va a unir más contra ese terrorismo. Colombianos afectados en BruselasDespués de los ataques en Bruselas, el embajador de Colombia en Bélgica, Rodrigo Rivera, aseguró a través de Twitter que resultaron heridos tres colombianos, “uno de ellos se encuentra en cuidados intensivos y estaba siendo sometido a intervención quirúrgica cuando averiguamos por él. Otro se encuentra fuera de peligro, con heridas, pero está siendo atendido en uno de los hospitales de la ciudad”. El primero sería Felipe Duque, de 42 años, y el segundo Mauricio Villegas Martínez, de 53. Hasta el cierre de esta edición no se conocía la identidad del tercero. Rivera también anunció que la Cancillería en Bruselas ha localizado a 18 connacionales y que hay cuatro pendientes por ubicar. La Cancillería colombiana emitió en su página web recomendaciones para los connacionales en Bruselas, entre éstas limitar el uso del teléfono, buscar información en puntos con wi-fi gratuito, obtener información sobre posibles víctimas a través de la línea 1771 o del número de teléfono +3278151771. Irak y SiriaDaesh, también llamado Estado Islámico, tiene presencia en Irak desde finales de 2012. Desde 2013 incursionó con fuerza en Siria, desplazando a miles de personas. Una coalición internacional liderada por EE. UU. bombardea sus posiciones en estos territorios. Libia y EgiptoEn los últimos dos años, el Estado Islámico ha perpetrado por lo menos dos atentados en Egipto, poniendo en jaque al régimen militar que gobierna ese país. En Libia también tiene presencia, sobre todo en zonas petroleras y en algunas rutas por donde sale migrantes a Europa. Una red globalDaesh lucha por el territorio en Siria e Irak, pero su proyecto va más allá. Para impulsar la yihad global, Daesh tiene una gran red de reclutamiento. Miles de combatientes de EE. UU., Europa, Oriente Medio y África se han sumado a sus filas. Grupos lealesEn los últimos dos años, al menos 34 grupos armados han jurado lealtad al Daesh desde diferentes países. Entre ellos sobresalen Boko Haram, en Nigeria, y Al Shabab, en Somalia. Según la ONU, este año aumentarán los grupos afines al Daesh. *Jtorres@elespectador.com