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La fría astucia de Vladimir Putin

Con su entrada en este conflicto, el presidente ruso busca salir del ostracismo y obligar a Europa y a EE. UU. a verlo como un aliado. Los ataques amenazarían a opositores del régimen sirio.

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Gracias a un forjado cálculo, el presidente ruso Vladimir Putin reconoce que su país tiene suficientes problemas internos: la caída en el precio del petróleo afectó la economía nacional, sumado al ostracismo al que fue forzado por las sanciones económicas de Europa luego de que Crimea se anexara a Rusia. Al exilio internacional se agregan las acusaciones en su contra por su intervención en el conflicto ucraniano, que cuenta hasta ahora 8.000 muertos. A pesar de toda la rebatiña interna que enfrenta, Putin ha enviado 28 aviones, 14 helicópteros y docenas de tanques a Siria para luchar contra el Estado Islámico. La pregunta es simple: ¿para qué?

Durante su discurso en la ONU esta semana, Putin sugirió la creación de una coalición masiva contra el Estado Islámico, que ha extendido su poder por Irak y Siria. Con o sin la ayuda de Estados Unidos, aviones rusos sobrevolaron y bombardearon ayer la región de Homs, en el norte de Siria, en donde habrían sido destruidos “equipamientos militares y depósitos de armas y municiones”, según un informe del ministro ruso de defensa, general Igor Konashenkov. Portavoces militares de Estados Unidos y Francia afirmaron que esta zona no pertenece al Estado Islámico y que los opositores al régimen de Bashar al-Assad, presidente de Siria, podrían resultar también amenazados en el camino. La inteligencia rusa, apunta el New York Times, ha pensado durante años que también los opositores hacen parte de un ala dogmática del islam y que, por tanto, serían equiparados al Estado Islámico.

El objetivo evidente de Putin es contrarrestar la influencia del Estado Islámico en un gobierno aliado (y quizá, como apunta Estados Unidos, de los grupos opositores: Rusia ha insistido en que Al-Asad debe seguir en el poder). En el ejército extremista habría cerca de 2.000 rusos. El mandatario ruso apunta una hipótesis certera: muchos de estos podrían volver y conformar células internas. El argumento sobre la seguridad, sin embargo, resulta insuficiente para comprender sus ambiciones. Poco a poco, en los últimos meses, Putin ha reconstruido la influencia de su gobierno en las dinámicas de Oriente Medio, donde también Estados Unidos sostiene profundas relaciones. La creación de un centro de información en Bagdad (en el que están involucrados militares iraníes, iraquíes y sirios) no carece de inocencia, ni tampoco su impulso de proteger la base naval de Tartus, en Siria, un viejo recuerdo de la Unión Soviética y el único enclave extranjero de Rusia. Su mediación en el pacto nuclear entre Irán y Estados Unidos impone también esa figura: Rusia sigue presente.

El analista de The Guardian Simon Jenkins recuerda que la diferencia entre los gobiernos de Rusia y Estados Unidos, que ha bombardeado en las zonas del Estado Islámico durante un año con la ayuda de otros 50 países, es su método de ejecución: mientras Estados Unidos quiere hacer aquello que “parece bien”, Rusia formula “aquello que es necesario”. Jenkins argumenta que Rusia está en lo correcto: aunque rodeado de un aura maligna, Al-Asad es un socio esencial para derrotar al Estado. Frío y calculador, Putin ha preferido una solución práctica a una solución correcta en el ámbito moral. Evgeny Satanovsky, director del Instituto Ruso de Oriente Medio, argumentó al diario inglés: “No espero ninguna reacción de Occidente y no estoy interesado en ella. Habrá gritos, histeria y luego realpolitik y tal vez comprensión”. Al desglosar la responsabilidad de Estados Unidos en la manutención de numerosos dictadores, durante su intervención en la ONU, Putin barruntaba sobre las mismas tierras: Rusia se encargará, estén o no estén aliados con Europa y el gobierno Obama, de aniquilar el caos.

La astucia gélida de Putin, sin embargo, corteja también a Occidente. Al convertirse en un actor esencial para resolver el conflicto sirio (y de paso la infinita errancia de inmigrantes de ese país por el Mediterráneo), Rusia está forzando a Europa a tenerlo en cuenta como un asociado. La periodista Pilar Bonet, de El País de España, recuerda que en Alemania han sugerido que las sanciones económicas contra Rusia sean disminuidas. El jefe de gabinete de Ángela Merkel, Peter Altmaier, dijo que no se someterían a ningún “chantaje”.

Si, de manera hipotética, Rusia lograra avanzar en el desarme del Estado Islámico, la posición de Europa y también de Estados Unidos sería muy comprometedora. Deberá decidir si quiere juntarse con un país cuyas estrategias deplora, pero que podría restaurar cierto orden en Oriente Medio. De existir, la cooperación tendría una severa vigilancia por parte de Occidente, que hasta ahora acusa a Rusia de haber terminado la vida de más de 20 civiles en los recientes bombardeos y de sobrevolar con drones zonas de los rebeldes. Rusia deberá lidiar también con el recelo de los países árabes hacia Irán, uno de sus aliados más cercanos, para hacer compatible el frente de guerra.

El presidente Obama ya ha dicho que es posible trabajar con naciones opuestas sin arriesgar la seguridad. En este caso, sin embargo, Obama compromete también la credibilidad de su propia operación: después de más de 7.000 ataques aéreos, de acuerdo con la organización londinense Airwars, la coalición aún no ha derrotado al Estado Islámico. La posible intervención de los países árabes, que hace parte de la propuesta de Putin, tendría un papel relevante. La ayuda militar en Siria (que eludirá las operaciones por tierra) le permite al presidente ruso, aficionado a las demostraciones públicas de su fuerza física y eslava, abalanzarse sobre Europa como una suerte de mal menor y dejar en segundo plano el horror sibilino de Ucrania.

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