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‘La oposición se radicalizará’

La única salida para evitar la violencia entre los movimientos anti-Putin y los leales al recién elegido presidente, es el apoyo de Occidente a la nueva Rusia y su acción contra la dictadura.

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Las elecciones presidenciales rusas fueron manipuladas. Nada lo ilustra mejor que los datos oficiales: 99,82% de los chechenos votaron por Vladimir Putin. El hombre que ordenó la destrucción de ese país musulmán es ahora más popular que el profeta Mahoma.

El levantamiento de octubre de 1917 trajo al poder la versión rusa de los socialdemócratas, inspirados por Marx y comprometidos en construir una sociedad sin clases, “justa y limpia”. Siete años y una brutal guerra civil después, Rusia estaba casi destruida, con millones de muertos y exiliados.

Para octubre de 1920, Estonia reconoció a los bolcheviques como dirigentes legítimos de Rusia, rompiendo un embargo comercial y volviéndose su mayor proveedor de armas y bienes robados. En 1922, Alemania concluyó el tratado de Rapallo con Rusia. En 1924, el Reino Unido reconoció al gobierno de Stalin a cambio de preferencias comerciales. Mussolini hizo lo mismo. “Sólo el pobre Raymond Poincaré (primer ministro francés) aún cumple el rol del asno de Buridán, impedido para escoger entre el heno de las antiguas deudas y la avena de las nuevas ganancias”, decía Pravda (periódico de la Unión Soviética), ese mismo año.

¿Puede Putin confiar en la misma flexibilidad y comprensión de Occidente cuando se trata de reconocer su dominio electoral? Lamentablemente, la respuesta es afirmativa. La desvergonzada destrucción de los derechos electorales y las limitaciones a los derechos y libertades civiles no disuadieron a los gobiernos extranjeros de reconocer la legitimidad de Putin.

La crisis rusa no pudo ocurrir en un peor momento. Europa no puede afrontar trastorno alguno en la provisión de hidrocarburos. Para EE.UU., el inconformismo social en Rusia significa problemas en Asia Central y el colapso de su estrategia en Afganistán. Para China significa el fin del crecimiento económico. Además, los riesgos asociados al segundo mayor arsenal de armas nucleares son enormes.

Habiendo cometido el error una vez, no podemos volver a hacerlo. El siglo XX nos enseñó que la democracia no es negociable y que el poder de la mayoría es inmoral sin el consentimiento de la minoría. Represiones y acusaciones hacia sus oponentes y control total de los medios federales hacen que en la Rusia de Putin este consentimiento sea imposible. Enterrada bajo tierra, la oposición no se marginará, sino que se radicalizará. Esto significa violencia, no estabilidad.

La única salida es el frente unido de las democracias occidentales en apoyo a la nueva Rusia y en contra de la dictadura. Europa tiene que fomentar el diálogo entre los partidos políticos, reformas al sistema judicial y el fortalecimiento de la sociedad civil, y proteger a quienes han sido encarcelados, privados de toda dignidad y justicia.

Congelen las cuentas bancarias de los que cometen crímenes contra los antagonistas de Putin y el efecto será palpable: billones de dólares guardados en bancos europeos son de los rusos, no de la élite gobernante. Impongan restricciones a los viajes de quienes están involucrados en torturas y asesinatos y el efecto será inmediato: las almas humanas no están en venta, aún cuando el precio no sea discutido.

Hace 49 años, el 5 de marzo, Stalin murió en su residencia de Moscú. La muerte del dirigente soviético marcó, en falso, el inicio de una época de grandes esperanzas. El 5 de marzo de 2012 miles de moscovitas protestaron contra los resultados de las manipuladas elecciones presidenciales. Estas elecciones todavía se pueden ganar —con nuestro apoyo unificado para la nueva Rusia—. Rusia, y no las políticas occidentales, aún puede cambiar el curso de la historia.

* Editor ejecutivo de la plataforma Fair Vote for Russia.

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