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En esta última semana, en respuesta a las desgarradoras escenas que están teniendo lugar en Ucrania, la unidad de los países occidentales ha sido impresionante y esperanzadora. Me consta, por mis conversaciones casi a diario con el presidente Volodímir Zelenski, que esto les ha proporcionado a los ucranianos algo de consuelo en estos trágicos momentos.
Jamás en mi vida había visto una crisis internacional en la que la línea divisoria entre el bien y el mal fuera tan nítida, y en la que la maquinaria bélica de Rusia desatara toda su ira sobre una orgullosa democracia. El temerario ataque de Rusia a la central nuclear de Zaporiyia nos recuerda que lo que está en juego para todos nosotros es muy grave. Más de un millón de personas han huido de la violencia, hacia un futuro incierto.
El presidente Biden ha desplegado un gran liderazgo, consultando y reuniendo a los aliados, revelando que es mentira que el compromiso de América con Europa haya mermado de alguna manera. La Unión Europea ha realizado un esfuerzo extraordinario para alinearse con respecto a la imposición de unas sanciones muy graves a Rusia. Decenas de países europeos están enviando material defensivo a las fuerzas armadas de Ucrania. ¿Pero hemos hecho lo suficiente por Ucrania? La respuesta honesta es que no.
El acto de agresión de Vladimir Putin tiene que fracasar y tiene que ser percibido como un fracaso. No podemos dejar que nadie en el Kremlin se salga con la suya al malinterpretar nuestras intenciones para buscar a posteriori algo que justifique esta guerra elegida. No se trata de un conflicto OTAN y no va a convertirse en uno. Ningún aliado ha enviado tropas de combate a Ucrania. No tenemos ninguna hostilidad con el pueblo ruso, ni tampoco el deseo de poner en duda a una gran nación y potencia mundial. Nos parece desoladora la decisión de enviar a jóvenes rusos inocentes a una guerra en vano.
La verdad es que no había perspectivas serias de que Ucrania se uniera a la OTAN en el futuro próximo, y estábamos listos para responder a las preocupaciones de seguridad manifestadas por Rusia mediante la negociación. Muchos líderes occidentales, entre los que me encuentro, hemos hablado con el señor Putin para entender su punto de vista. El Reino Unido hasta envió emisarios a Moscú antes de la invasión rusa para hablar directamente con el ministro de Defensa, el general Sergei Shoigu, y el jefe del Estado Mayor, el general Valery Gerasimov, ambos al frente de esta terrible campaña.
Ahora queda claro que la diplomacia nunca iba a ser una opción. Pero, precisamente, el respeto que sentimos por Rusia es por lo que las actuaciones del régimen de Putin nos parecen tan inconcebibles. El señor Putin está intentando destruir el cimiento mismo de las relaciones internacionales y de la Carta de las Naciones Unidas: el derecho de las naciones a decidir su propio futuro, libres de agresión y sin miedo a la invasión. Su ataque a Ucrania se inició con un pretexto fabricado y una violación flagrante del derecho internacional. Se está sumiendo cada vez más en una campaña sórdida de crímenes de guerra y de violencia inconcebible contra civiles.
Aunque no es comparable con el ataque a Ucrania, aquí en el Reino Unido sabemos algo de la temeridad del señor Putin. Hace cuatro años, sufrimos las consecuencias del uso de armas químicas por operativos rusos contra determinadas personas en Salisbury, Inglaterra; los aliados se unieron firmemente en torno a nosotros. En nuestro informe de revisión de la política de defensa y exteriores, publicado hace un año, advertíamos que Rusia seguía siendo la amenaza más severa para la seguridad, anunciando la mayor subida de nuestro gasto en defensa desde finales de la Guerra Fría.
También advertíamos que el mundo está entrando en un período de rivalidad, en el que los Estados autoritarios pondrían a prueba el temple de Occidente en todos los ámbitos. El acuerdo del año pasado entre el Reino Unido, América y Australia para ayudar a desplegar submarinos nucleares para la Armada de Australia puso de manifiesto nuestra determinación compartida de hacer frente a los retos que se nos presentan en la región del Indo-Pacífico.
No hemos aprendido las lecciones derivadas de la agresión rusa. Durante demasiado tiempo, hemos mirado hacia otro lado. Nadie puede decir que no estábamos avisados: vimos lo que Rusia hizo en Georgia en 2008, en Ucrania en 2014 y hasta en las calles de Salisbury. Y me consta, tras hablar con mis homólogos en mis visitas recientes a Polonia y Estonia, que esta amenaza punza intensamente.
Ya no basta con expresar amables tópicos sobre el sistema internacional basado en las normas. Vamos a tener que defenderlo activamente frente a los amagos continuados de reescribir las normas por la fuerza y otras herramientas, tales como medidas coercitivas económicas. Hay que restablecer la disuasión efectiva en Europa, donde, durante demasiado tiempo, el mismo éxito de la OTAN y de la garantía de seguridad de América han engendrado complacencia. Lo que ocurra en Europa tendrá consecuencias profundas en todo el mundo.
Nos alegra ver que cada vez son más las naciones que captan esta dura realidad. En enero, el Reino Unido estaba entre un puñado de países europeos que enviaron material defensivo a Ucrania. Ahora, más de veinte países forman parte de ese esfuerzo. El gasto en defensa se está incrementando, aunque tendrá que pasar algún tiempo para que eso se traduzca en capacidades.
Se trata de una evolución favorable, pero por sí misma no basta para salvar a Ucrania ni mantener viva la llama de la libertad. Rusia tiene una fuerza demoledora y aparentemente ningún respeto por las normas bélicas. Tenemos que prepararnos ahora para los días tan sombríos que aún han de llegar.
Por lo que tenemos que comenzar un plan de acción para Ucrania de seis puntos, desde hoy mismo.
Primero: tenemos que movilizar una coalición humanitaria internacional. El lunes me reuniré con los líderes de Canadá y Países Bajos en Londres para hablar sobre la creación de una coalición lo más extensa posible para exponer las atrocidades que están ocurriendo en Ucrania. El martes, recibiré a los líderes de Polonia, Eslovaquia, Hungría y República Checa, ahora en primera línea de una crisis de refugiados. Tenemos que trabajar todos juntos para establecer un alto al fuego inmediato que facilite a los civiles un paso seguro, alimentos y medicinas. El Reino Unido tiene mil tropas listas para comenzar operaciones humanitarias, además de haber dispuesto ayuda por un valor de 220 millones de libras (US$219 millones).
Segundo: tenemos que hacer más por ayudar a Ucrania a defenderse. Cada vez son más las naciones que están dispuestas a proporcionar material defensivo. Tenemos que actuar con rapidez para coordinar nuestros esfuerzos de apoyo al gobierno de Ucrania.
Tercero: tenemos que maximizar la presión económica sobre el régimen del señor Putin. Tenemos que ir más allá en nuestras sanciones económicas, expulsando a cada uno de los bancos ruso del sistema SWIFT y dándoles a nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad poderes sin precedentes para desprender las capas que sirven de fachada al dinero sucio ruso que hay en Londres. Hay que perseguir a los oligarcas. Hasta el momento, el Reino Unido ha impuesto sanciones a más de 300 élites y entidades, incluido el propio señor Putin. Pero estas medidas serán insuficientes, a no ser que Europa se vaya desenganchando del petróleo y gas de Rusia, que financian la maquinaria bélica del señor Putin.
Cuarto: lleve el tiempo que lleve, tenemos que evitar que lo que Rusia está haciendo en Ucrania se convierta de forma progresiva y sigilosa en algo normal. La lección extraída de la invasión rusa de Georgia en 2008 y la toma de Crimea en 2014 es que aceptar los resultados de la agresión rusa simplemente da pie a una mayor agresión. No podemos permitirle al Kremlin que vaya arrancando a mordiscos partes de un país independiente e inflija un enorme sufrimiento humano, para luego deslizarse de vuelta al redil.
Quinto: deberíamos estar siempre abiertos a la diplomacia y la desescalada, siempre y cuando el gobierno de Ucrania tenga plena representación en cualquier posible acuerdo. No puede haber una nueva Yalta, decisión que fue tomada por encima de los dirigentes del pueblo de Ucrania, por potencias externas.
Sexto: hay que actuar ahora para reforzar la seguridad de la zona euroatlántica. Esto significa no solo reforzar el flanco este de la OTAN, sino dar apoyo a los países europeos que no son miembros de la OTAN y corren el peligro potencial de una agresión rusa, como Moldavia, Georgia y las naciones de los Balcanes occidentales. Y aquellos que participen o permitan la agresión rusa, como Bielorrusia, estarán sujetos a las máximas sanciones.
Los ucranianos han defendido su país con valor y coraje. Y este valor es el que ha unido a la comunidad internacional. No podemos decepcionarlos.
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