Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Las elecciones británicas de este jueves, las más reñidas en el país desde hace 36 años, acabarán en algún momento de la larga noche del recuento de votos con el gobierno actual del Partido Laborista. También puede abrir las puertas al joven y diestro líder del derechista Partido Conservador, David Cameron. Pero muy posiblemente, según las encuestas actuales, no seguirá el guión clásico de la fiesta electoral. El poder no cambiará con la rapidez de una campana para la cena, sino se diluirá en las aguas empalagosas del empate.
El término que se utiliza en inglés para este resultado es Hung parliament —literalmente un parlamento colgado— con el sentido peyorativo de su incapacidad de resolverse. Lo que significa en la práctica es una distribución de la mayor parte de las 650 sillas en la Cámara de los Comunes entre tres partidos, sin mayoría absoluta (326 sillas) para ninguno.
Hace más de 90 años, en 1924, el pueblo británico votó su último parlamento de tres bandas fuertes: conservadores, laboristas y liberales. Después de un siglo dirigiendo algunos de los gobiernos de más vanagloria imperial y misión moral jamás visto en Europa, el Partido Liberal cedió su puesto en la competición política a la fuerza de la clase trabajadora. Esta vez no se espera un movimiento tan tectónico. Las clases sociales no tomarán nuevas posiciones en la tabla de ajedrez; tampoco se cambiará ninguna política pública de forma radical.
El déficit de este año de 160 mil millones de libras, producto de una enorme burbuja financiera iniciada por los Conservadores (desregulación de la bolsa financiera en 1986) y perpetuado por los laboristas, hasta que se aproximó al colapso bancario nacional en 2008, pasará la noche electoral intacto.
Sin embargo, la erupción de los demócratas liberales, herederos distantes del huracán ético nacional del partido de William Gladstone y Lloyd George, puede diezmar la normalidad política de la posguerra. Nick Clegg, líder de su partido, desconocido por casi toda la población hasta que la campaña empezó en abril, daba la impresión en el primer debate televisivo a tres —una novedad en la política británica— de frescura y honestidad. Suficientes cualidades, en el desierto de la ideología, para que su partido aumente 10 puntos en ciertas encuestas.
La explosión liberal, sea cosmética o profunda, amenaza seriamente la posición de los laboristas como uno de los dos partidos principales. Hay voces, sobre todo de la prensa popular y sensacionalista, que se jactan del desgaste del primer ministro Gordon Brown, cuya figura fúnebre y desventurada hace las visitas rituales a las escuelas y hospitales sin poder evitar traspiés mediáticos. En lugar de arengar las tropas, insulta a los votantes. Llamó a Clegg un “presentador de concurso televisivo”. Cita y repite las cifras de las cuentas públicas y un sinfín de iniciativas oficiales, pero después de 13 años de gobierno, con descalabro económico, guerra en Afganistán y promesas rotas bajo los pies, no hay quién lo escuche.
El aire que se respire en esta elección, a pesar del suspenso extraordinario de sus últimos días, es de aburrimiento y desconfianza. Los británicos, que aprecian el valor de la variedad, no tienden a apoyar gobiernos indefinidos. Esta vez, sin embargo, el ascenso de un liderazgo conservador tallado de las escuelas secundarias más elitistas del país no ha provocado el tipo de ola popular que puso en su trono a Margaret Thatcher en 1979 o a Tony Blair en 1997.
Cameron no logra convencer a muchos de su seriedad política. Vive en una familia cómodamente aristócrata, aunque con el estilo chic y la jerga canchera que viene de la sociedad nivelada por la cultura popular. ¿Por qué, se pregunta, entró Cameron en la política? ¿Hay deseo, más que la costumbre de gobernar, que le enfila hacia el poder? En el nuevo horizonte de jueves por la noche posiblemente tendremos el principio de una respuesta: por el momento todas las encuestas muestran a los conservadores ganadores numéricos del voto.
* Miembro de la Unidad de Investigación de Conflictos, Instituto Clingendael, La Haya.