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“Ni yo ni nadie del gobierno se sentará a negociar con los mocosos que protestan en las calles”. Con esta respuesta, el presidente de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko, acabó con las esperanzas de diálogo para encontrar una salida a la crisis política y social que se desató en el país por culpa de su deseo de eternizarse en el poder.
La crisis se agrava, pero la aparición de Rusia en el ajedrez envalentonó al dictador que hoy ignora los reclamos ciudadanos, inicialmente encabezados por la oposición, pero que hoy suman a muchos sectores del país.
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Vladimir Putin, presidente ruso, se había mantenido al margen de la crisis por varias razones, la principal, las malas relaciones con Lukashenko, quien decidió distanciarse de su aliado ruso desde la anexión de Crimea, en 2014, acción que no reconoció. Las diferencias se profundizaron antes de las elecciones del 9 de agosto, cuando Lukashenko acusó a Putin de intervención electoral y de intentar desestabilizar al país enviando supuestos mercenarios. “Lulashenko tomó distancia de Rusia para abrir su política exterior, lo que le sirvió para que la Unión Europea le levantara sanciones en 2014; sin embargo, la cooperación en áreas como la militar con los rusos continuó, al igual que en temas económicos, Bielorrusia depende de Rusia”, explica Aymeric Durez, profesor de la Universidad Javeriana.
Pero con las protestas creciendo y las sanciones de la UE regresando, Lukashenko agachó la cabeza, pidió perdón y recurrió a Putin. Según relató el propio mandatario ruso, Lukashenko le pidió ayuda, que por supuesto está dispuesto a darle. Dijo que estaba listo para intervenir en territorio bielorruso, “cuando la situación se descontrole, antes no”, aclaró en una entrevista. El jefe del Kremlin admitió que Rusia tiene “obligaciones” con Bielorrusia. Inmediatamente, el jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, reaccionó: “Nadie, Rusia tampoco, debe entrometerse (…) Bielorrusia es un Estado soberano e independiente”, señaló, mientras la oposición rechazó la injerencia rusa y consideró inadmisible que “formaciones armadas extranjeras lleguen a territorio bielorruso” e insistieron en el diálogo, una vez el mandatario renuncie. Pero Lukashenko repite que solo se irá “muerto”.
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Durez explica que “las acciones de la opositora, Svetlana Tijanóvskay, de refugiarse en Lituania, país miembro de la UE, de hablar con el secretario adjunto de EE. UU. y de pedir ayuda a los europeos no le gustó a Putin, que quizá no tenga planes de intervenir, pero sí de mostrar su apoyo a Lukashenko y de dejar claro su papel protagónico en la zona”.
Entre otras cosas porque Bielorrusia no es Ucrania. “Esto es diferente, porque la oposición no es antirrusa, la gente en las calles no ondea banderas de la Unión Europea ni quiere entrar a la OTAN. Los opositores solo piden una liberación de presos políticos, nuevas elecciones y otros cambios, pero no una intervención de Occidente”, aclara Aymeric Durez.
Lo que anticipa este analista es que quizás en los próximos días Lukashenko y la oposición lleguen a un acuerdo para reformar la Constitución, una salida frente a la que el mandatario se había mostrado dispuesto antes. La tensión escala y hay que esperar el efecto que tiene en la oposición el anuncio de Putin, que como a Lukashenko, no le gusta perder el control.
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Mientras llega el momento, el gobierno aumentó la presión al Consejo de Coordinación, contra el que abrió una investigación por “atentado a la seguridad nacional”. Durante años, el gobierno bielorruso ha aplastado a sus críticos con amenazas, acusaciones falsas y persecusión. Varias figuras fueron convocados para testificar antes las autoridades; este viernes el turno será para la Nobel de Literatura, Svetlana Alexievich, quien deberá testificar: otras figuras se han negado a responder.