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La época del colapso de los imperios parecía ser más larga. Ahora, con la rápida desintegración de la Unión Europea y la falla del intento de Rusia por liberalizar su despedazado imperio, la discusión es cómo vamos a enfrentar la nueva ronda de un colosal cambio geopolítico.
La fe en el proyecto europeo estuvo condenada desde el momento de su concepción. Acogida como una unión de iguales, nunca lo fue. Todo imperio tiene su núcleo, su núcleo nacional, su vaporera, jalando el tren de la integración. Y aunque en la Comisión Europea dicho lugar no estaba reservado sólo para Alemania, sólo su consistente apoyo y poder económico la llevó tan lejos como hoy.
No más. La voluntad política de algunos visionarios no puede substituir la determinación de una nación como un todo. Alemania no está preparada para vivir otro sueño imperial. Aunque sus recursos financieros sean amplios, su sociedad no está preparada para soportar el dolor de otro proyecto, que llama a una responsabilidad sin fin mientras ofrece una pequeña recompensa inmediata.
Para Alemania, la Comisión Europea era la vía para sobrevivir a su historia, la única vía fuera de la pesadilla del siglo XX. El país deseaba disolver su identidad nacional a cambio del nuevo mito europeo de la hermandad. Por una década o más parecía que podía tener éxito en formar una nueva identidad paneuropea. La caída del euro, sin embargo, puso límites a la responsabilidad mutua entre naciones europeas. El futuro del continente está por ser determinado por los gobiernos nacionales, no por la fuerza de voluntad por sí sola, aunque sea progresiva.
El nacionalismo fue la causa principal, así como la principal consecuencia, de la Primera Guerra Mundial. Un intento de reconstituir la unidad en un nivel diferente resultó tanto en un nacional socialismo como en un bolchevismo soviético, sobreimponiendo estructuras metanacionales, imperiales, capaces de eliminar sentimientos separatistas.
De cualquier modo, mientras el final de “un reich de mil años” dejaba nuevas formas de integración europea, el colapso del imperio soviético en los primeros años de los 90 resultó en un brutal incremento de la violencia étnica. Armenia y Ukrania, Kazajistán y Estonia, devinieron en brutalidades de limpieza étnica y cultural contra varios migrantes extranjeros. Rusia, mientras tanto, decididamente ha abdicado a su rol de Estado en formación, al proclamar su autonomía económica y política.
Las elecciones presidenciales del próximo 4 de marzo marcan un momento decisivo del gigante euroasiático. Las abiertas declaraciones nacionalistas —de ambos lados (Putin y la oposición)— no dejan duda acerca de la futura dirección de las políticas internas y externas del país. El nacionalismo está en marcha, cientos de miles declaran su lealtad a la “Rusia para los rusos”. Esto implica más problemas para el Estado, para el cual el multiculturalismo era el único modus operandi posible.
Seamos claros: el surgimiento del nacionalismo ruso es igual a la desintegración rusa. Junto con más restricciones de las libertades civiles, puede traer una política exterior atrevida. El Cáucaso, Asia Central, Ucrania y los bálticos van a tener que estar preparados para un incremento de los conflictos internos combinado con una creciente presión de las estrategias del Kremlin para ceder a más exigencias —desde acuerdos de oleoductos hasta cooperación militar—.
Aislado y paralizado por el creciente disenso interno, el gobierno ruso también podría volcarse hacia las payasadas estilo Eltzin o hacia una “diplomacia espectacular”, como enviar tropas a Siria o transferir tecnología y material nuclear a Irán, o garantizar militarmente su integridad territorial.
Aunque no existan alternativas claras para este escenario, una posible solución podría encontrarse en el pasado imperial de Rusia. Con esto quiero decir la reintroducción de la monarquía constitucional.
En el país, que sobrevivió a dos guerras mundiales y a uno de los más sangrientos conflictos civiles en la historia humana, por no mencionar las últimas dos décadas de corrupción y cinismo, la monarquía puede ser la única solución viable, aunque no obvia. Contextualizando el nacionalismo integracionista con el universalismo bizantino puede ser exitosa en formar su propia narrativa y permanecer dentro de la esfera de la democracia europea.
También podría garantizar el futuro de la iglesia rusa ortodoxa, cuya decadencia es evidente. En todo caso, su más importante contribución puede ser la transformación del Estado ruso de una república presidencial en una democracia parlamentaria, con fe en su pasado, dinámica e infinitamente estable.
* Director ejecutivo de la plataforma Fair Vote for Russia, que ha impulsado protestas locales y globales contra la reelección de Vladimir Putin.