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Cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie queda excluido de esa fraternidad. Por consiguiente, es asimismo cierto que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo se traslada siempre de alguna manera al trato que reservamos a los seres humanos. (Recomendamos: La Navidad en la historia de la literatura).
Solo tenemos un corazón y la misma miseria que nos lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación que mantenemos con las personas. El ensañamiento con cualquier criatura “es contrario a la dignidad humana”. No podemos considerarnos personas que aman realmente si excluimos de nuestros intereses alguna parte de la realidad: “La paz, la justicia y la salvaguardia de la creación son tres temas totalmente interrelacionados, que no se pueden separar para ser tratados de forma individual sin caer de nuevo en el reduccionismo”.
Todo guarda relación y todos los seres humanos estamos unidos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios siente por todas sus criaturas y que nos une también, con tierno afecto, al hermano Sol, a la hermana Luna, al hermano río y a la madre tierra.
A trabajar juntos
A todos los cristianos nos une la fe en Dios, el Padre que nos da la vida y nos ama tanto. Nos une la fe en Jesucristo, el único redentor, que nos liberó con su sangre bendita y su resurrección gloriosa. Nos une el deseo de su palabra, que guía nuestros pasos. Nos une el fuego del Espíritu Santo, que nos invita a la misión.
Nos une el nuevo mandamiento que Jesús nos dejó, la búsqueda de una civilización del amor, la pasión por el reino que el Señor nos llama a construir con Él. Nos une la lucha en aras de la paz y la justicia. Nos une la convicción de que no todo se termina en esta vida, sino que estamos llamados a la fiesta celestial donde Dios enjugará todas las lágrimas y recogerá lo que hemos hecho por los que sufren. Todo esto nos une. ¿Cómo no vamos a luchar juntos? ¿Cómo no vamos a orar juntos y a trabajar codo con codo para mostrar el rostro santo del Señor y cuidar su obra creadora?
Construir nuestra casa común
El mundo es algo más que un problema por resolver, es un misterio gozoso que contemplamos y alabamos con alegría. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación por unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, porque sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca da marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad conserva la capacidad de colaborar para construir una casa común.
Transformaos en esperanza
Un chico y una chica que a ojos del mundo cuentan poco o nada, a ojos de Dios son también apóstoles del reino, son una esperanza para Dios. Me gustaría preguntar con fuerza a los jóvenes: ¿queréis ser una esperanza para Dios? ¿Queréis ser portadores de esperanza? ¿Queréis ser una esperanza para la Iglesia?
Un corazón joven, que acoge el amor de Cristo, se transforma en esperanza para los demás, es una fuerza inmensa. Vosotros, los jóvenes, debéis transformaos en esperanza. Abrir las puertas a un mundo nuevo de esperanza. Esa es vuestra tarea.
Pensemos en lo que significa la multitud de jóvenes que encontraron a Jesús resucitado en la Jornada Mundial de la Juventud y que son portadores de su amor en la vida cotidiana, lo viven, lo comunican. No salen en los periódicos, porque no realizan actos violentos ni son motivo de escándalo, de manera que no son noticia. Pero si permanecen unidos a Jesús, si construyen su reino, si construyen fraternidad y comparten y hacen obras de misericordia, constituyen una fuerza poderosa dedicada a transformar el mundo en un lugar más justo y hermoso, a convertirlo.
Me gustaría preguntar ahora a los jóvenes: ¿tenéis valor para aceptar este desafío? ¿Os animáis a ser esta fuerza de amor y misericordia que tiene el valor de querer transformar el mundo? Queridos amigos, la auténtica gran noticia de la historia, la buena nueva, aunque no aparezca en los periódicos ni en la televisión, es que Dios, que es nuestro Padre y que nos envió a su hijo Jesús para acercarse a cada uno de nosotros y salvarnos, nos ama.
¡Poneos en camino!
Me gustaría decírselo en especial a los más jóvenes, quienes, en parte debido a la edad y la visión del futuro que se extiende ante ellos, saben ser abiertos y generosos. En ciertas ocasiones las incógnitas, las preocupaciones por el futuro y la incertidumbre que corroen la cotidianidad pueden llegar a paralizar sus impulsos, a frenar sus sueños, al extremo de hacerles pensar que no vale la pena comprometerse y que el Dios de la fe cristiana limita su libertad. En cambio, queridos jóvenes, no tengáis miedo de salir de vosotros mismos y de poneros en camino. El evangelio es la palabra que libera, transforma y embellece la vida.
Hacia la convivencia
La acogida y la integración digna son etapas de un proceso nada fácil, que en cualquier caso es imposible afrontar erigiendo muros. Cuando escucho los discursos de algunos líderes de las nuevas formas de populismo siento miedo, porque me recuerdan a los que sembraban temor y odio en los años 30 del siglo pasado. Como he dicho, es impensable afrontar este proceso de acogida e integración erigiendo muros.
De esa forma cerramos las puertas a la riqueza de la que es portador el otro, que constituye siempre una ocasión de crecimiento. Cuando se rechaza el deseo de comunión inscrito en el corazón del hombre y en la historia de los pueblos, se obstaculiza el proceso de unificación de la familia humana, que avanza ya entre mil dificultades. Hace poco un artista turinés me envió un cuadro elaborado con la técnica del pirograbado, la obra representa la fuga a Egipto y en ella aparece un san José menos tranquilo de lo que solemos ver en las imágenes, un san José con aspecto de refugiado sirio, con el Niño a hombros: el cuadro muestra, sin edulcorarlo, el dolor y el drama que vivió el niño Jesús cuando tuvo que huir a Egipto. El mismo drama que se está produciendo hoy.
Solo el diálogo permite el encuentro, la superación de los prejuicios y los estereotipos, la posibilidad de narrar y de conocernos mejor a nosotros mismos. El diálogo y la camaradería. En este sentido, las nuevas generaciones pueden ser una oportunidad especial si se les asegura el acceso a los recursos y se encuentran en condiciones de convertirse en protagonistas de su camino: entonces pueden mostrarse como la linfa capaz de generar futuro y esperanza.
Pero este resultado solo tendrá lugar allí donde la acogida no es superficial, sino sincera y benévola, practicada por todos y a todos los niveles, tanto en el plano cotidiano de las relaciones interpersonales como en el político e institucional, y promovida por los que hacen cultura y tienen una mayor responsabilidad frente a la opinión pública.
Caminando juntos se llega lejos
Hay que invertir en la salud, en el trabajo, en la desaparición de las desigualdades y de la pobreza. Hoy más que nunca necesitamos una mirada llena de humanidad: no podemos volver a perseguir nuestro éxito sin preocuparnos por los que se han quedado rezagados. Y a pesar de que muchos harán eso, el Señor nos pide que cambiemos de rumbo. El día de Pentecostés, Pedro dijo con la parresia del Espíritu: “Convertíos” (Hecho 2, 38), es decir, cambiad de dirección, invertid el sentido de la marcha.
Necesitamos volver a caminar hacia Dios y hacia el prójimo, pero no separados ni anestesiados frente al grito de los olvidados y del planeta herido. Necesitamos estar unidos para hacer frente a las pandemias que nos azotan: la del virus, sí, pero también el hambre, las guerras, el desprecio de la vida y la indiferencia. Solo llegaremos lejos caminando juntos.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.