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La Primavera Árabe

Con su canción “Irhal” (lárgate), Ramy Assam, conocido como el cantante de la revolución, animó a miles de egipcios en la plaza Tahrir a pedir la renuncia de Hosni Mubarak.

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Al principio no había tinglados ni escenarios en la plaza Tahrir, y yo no era más que un cantautor anónimo que recogía en mis textos espontáneos los anhelos, las ausencias, las reivindicaciones de los cientos de miles de personas que desde el 25 de enero acampaban en la legendaria plaza egipcia. Había llegado a El Cairo siete días después de que estallara la revuelta en todo el país, y aunque Mansoura, mi ciudad natal, también se había unido a la protesta yo consideraba más importante apoyar el movimiento de la capital.

Y no me equivoqué. En la plaza Tahrir encontré a millones de manifestantes que día y noche discutían con vehemencia de política, intentaban organizarse en medio de una anarquía fecunda, planeaban el futuro del país, al mismo tiempo que diseñaban la logística para sobrevivir en ese lugar que habían hecho suyo, y, además, tenían tiempo para cantar. De esa amalgama revolucionaria fueron naciendo mis composiciones.

¿Por qué tomé la decisión de participar activamente en la revuelta egipcia? Es simple: en un momento tan clave como puede ser una revolución, un artista que cree verdaderamente en ella debe mostrar abiertamente su compromiso con el movimiento. Un artista es un ciudadano privilegiado que tiene, por ello mismo, obligaciones: debe ayudar a la construcción de su sociedad y debe educar a su gente. Por eso agarré mi guitarra y me fui a acampar durante casi dos semanas a la plaza Tahrir de El Cairo.

Antes de la revolución de enero había compuesto canciones que criticaban al régimen corrupto de Hosni Mubarak, el único presidente del país que he conocido porque cuando nací, hace 23 años, él ya estaba empotrado en el poder. Tenía en mi repertorio, como le digo, algunos temas de protesta, entre ellos una canción que a la gente le gustaba mucho y que repetí los primeros días en la plaza Tahrir. Habla de un asno y su borrico. El burro pequeño le implora al padre que lo deje empujar la carreta en una evidente sátira a Mubarak y a su hijo, que estaba a punto de heredar el poder. Durante los días de la revolución, también compuse temas irónicos sobre lo que se decía de nosotros afuera de la plaza. Sobre las ideas falsas y preconcebidas que se tejían acerca de los manifestantes.

Pero fue después de que Mubarak apareciera por segunda vez en la televisión egipcia, en plena revuelta, anunciando que contemplaba quedarse en el poder hasta las elecciones de septiembre, cuando me convertí en el “cantante de la revolución”. Escuché a Mubarak, con todo su cinismo y su desprecio por la gente, y entonces me senté y le escribí lo que queríamos los millones de egipcios que estábamos en la plazas del país: “Irhal” (lárgate).

Y se lo canté en un escenario improvisado en la mitad de la plaza Tahrir. No podía creerlo, era la primera vez que me presentaba frente a tantísima gente. Alguien publicó el vídeo de esa presentación en Youtube y cientos de miles de internautas lo vieron. Entonces la canción pasó a ser una especie de himno de la protesta.

Pero la revolución egipcia no fue sólo una fiesta. Hubo violencia y mártires. Como ocurrió el 2 de febrero, el sangriento miércoles de los camellos. Ese día el régimen de Mubarak envió a la plaza Tahrir de El Cairo a cientos de sus adeptos montados en caballos y camellos y armados con piedras y varillas para que atacaran a muerte a los manifestantes. Me apedrearon en la cabeza, me rompieron la cara. Fue un espectáculo siniestro.

Los días iban pasando en la plaza Tahrir y el sentimiento de estar apropiándonos de nuestro futuro iba creciendo. Pero fue justo quince días después de que arrancara la protesta, el último martes que este país soportó a Mubarak como presidente, cuando realmente sentí que algo muy grande estaba pasando. Ese día llegaron a la plaza Tahrir cientos de miles de personas de clase media que hasta el momento no habían estado presentes. Médicos, ingenieros, profesionales de todos los sectores venían a apoyar el multitudinario movimiento. Un sector inmenso e importante del país que logró derrotar los miedos generados por las falsas ideas sobre la gente de la plaza vino para decirle a Mubarak “Irhal”. Tres días después, Mubarak abandonó el poder.

Después de los 18 días que sacudieron hasta su caída al régimen egipcio, fui a darme una vuelta por la plaza Tahrir, donde se había convocado a una nueva manifestación. Unos militares me capturaron y torturaron durante cuatro horas con todo tipo de suplicios: choques eléctricos, garrote, golpes. Finalmente, me dejaron partir con el cuerpo lleno de heridas, como una especie de estandarte viviente para advertirles a los egipcios lo que el Ejército puede hacer en contra de cualquier persona cuando quiera. En mi cuerpo se puede leer que nuestra revolución corre peligro.

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