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Hollywood ama las transformaciones físicas. Bajar o subir de peso drásticamente, definir los músculos en poco tiempo, raparse la cabeza, pasar de la belleza a la fealdad intempestivamente son cambios por los que algunos actores han tenido que pasar para interpretar sus papeles. No sólo implica, en algunos casos, poner en riesgo la salud, sino un compromiso total con la producción para lograr mayor credibilidad en la interpretación y, por qué no, aspirar a algún premio de la Academia, donde siempre cautivan los personajes que se hacen con esfuerzo y que ponen en primer plano la versatilidad del actor. Y no es en vano, este tipo de papeles suponen perder el contacto con la realidad. Los actores se ensimisman, se encierran y suelen dejar sus vidas social y familiar a un lado en pro de una transformación que requiere de toda su voluntad y disciplina para explorar ciertos extremos. Básicamente es rozar los límites de la obsesión.
Este año, tanto los Globos de Oro como los Oscar tienen en sus nominaciones a dos actores, Christian Bale y Natalie Portman, que se adentraron en sus personajes y cambiaron su físico más allá de los efectos especiales del maquillaje.
Christian Bale ya es reconocido por tener una mímesis con sus personajes. Lo ha probado en más de una ocasión, como en su papel en El Maquinista (2003), para el cual bajó la escandalosa cantidad de 30 kilos, o en Batman: el comienzo (2005), donde tuvo que subir de peso y entrenar diariamente para conseguir una figura libre de grasa y llena de puro músculo y fibra. Ahora lo hace desde El Ganador, donde interpreta al boxeador Dicky Eklund, un héroe roto del deporte venido a menos a causa de su adicción al crack. “Christian era perfecto porque es uno de los actores camaleónicos que se transforma a sí mismo. Pasó mucho tiempo con el Dicky Eklund real y se convirtió en él”, afirma David Russell, director de la película.
Bale comenzó a prepararse para el papel transformando su apariencia física. Logró perder 15 kilos hasta revelar el físico atlético de un luchador endurecido por las drogas y la vida. Además se sometió a un intenso entrenamiento como boxeador trabajando con el verdadero Dicky Eklund, de quien aprendió los pasos ágiles y veloces propios de su estilo. “En el ring tienes que aprender a calmar tu mente, porque tienes que dejar de pasar a ese modo de lucha animal cuando alguien está intentando pegarte. Tienes que calmarte y hacer que baje tu ritmo cardiaco, y una vez que comienzas a entrenar, es realmente muy adictivo”, confiesa Bale. Su actuación le mereció un Globo de Oro como mejor actor de reparto y no será raro que sea el más opcionado para llevarse el Oscar en la misma categoría.
Por otro lado está la bella Natalie Portman en su papel de Nina en El Cisne Negro (Black Swan), que también le mereció el Globo de Oro a mejor actriz. En esta película, Portman interpreta a una ambiciosa y joven bailarina de Nueva York que quiere conseguir a como dé lugar el máximo papel: el inocente y delicado Cisne Blanco y al seductor y malvado Cisne Negro del ballet clásico El Lago de los Cisnes.
A pesar de que Portman había practicado ballet en su infancia, convertirse en una bailarina a los 28 años es una hazaña que no todos son capaces de realizar. “El ballet es algo que se empieza a entrenar desde los 4 ó 5 años de edad, y cuando alguien lo vive, cambia su cuerpo y su propia persona. Lograr que una actriz, que no ha pasado por todo eso, interprete de manera convincente a una bailarina de ballet profesional era mucho pedir. Sin embargo, con su increíble voluntad y disciplina, Natalie se convirtió en una bailarina. Le tomó diez meses de trabajo vigoroso, pero su cuerpo se transformó y hasta los bailarines más serios quedaron impresionados. Estoy convencido de que el trabajo físico también la conectó con el trabajo emocional”, sostiene Darren Aronofsky, el director de la producción.
Portman llevó su cuerpo y su capacidad física hasta los extremos. Entrenó de manera intensa todo los días, durante cinco horas diarias diez meses antes de que se iniciaran las grabaciones. Lo hizo bajo la tutela de varios maestros y entrenadores profesionales del ballet, quienes la sometieron a un ritmo frenético de baile para convertirla en bailarina en tiempo récord. Uno de ellos fue el coreógrafo Benjamin Millepied, quien además logró conquistar su corazón y en estos momentos esperan un hijo.
“Hice una cantidad tremenda de danza; también nadé mucho, además de entrenamiento con pesas y entrenamientos mixtos para no salir lastimada, pues la danza es muy dura con el cuerpo. Fue un reto increíble tratar de meterme a la danza a los 28 años de edad. Aun cuando ya hayas tomado clases de baile, uno no se da cuenta de cuánto se requiere para tener el nivel de los profesionales. Cada pequeño gesto tiene que ser muy específico, lleno de ligereza y gracia. Sabía que sería un reto, pero nunca esperé lo físicamente duro que resultaría ser”, confiesa Portman.
Tal grado de concentración y de exigencia resultan en papeles convincentes que sólo los grandes actores son capaces de afrontar.