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11S: trece años después y todo sigue igual… o incluso peor

EE.UU. sigue liderando la guerra contra islamistas en Irak y ahora en Siria. Los resultados son impredecibles.

Abril 9 de 2003, Bagdad: un soldado estadounidense cubre con la bandera de EE.UU. el rostro de una estatua de Sadam Hussein. / Reuters
Abril 9 de 2003, Bagdad: un soldado estadounidense cubre con la bandera de EE.UU. el rostro de una estatua de Sadam Hussein. / Reuters
Foto: REUTERS - © Reuters Photographer / Reuter

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Hace trece años Estados Unidos sufrió el peor ataque terrorista de su historia. La acción, revindicada por al-Qaeda, dio lugar a una operación militar de desalojo contra los Talibanes, dominadores de la mayor parte de Afganistán por aquella época y, en 2003, contra el gobierno de Saddam Husein, en Iraq. A los primeros se les acusaba de dar cobijo y cobertura a Osama ben Laden y sus yihadistas suicidas; al segundo, de promover una situación de inestabilidad y caos permanentes en Oriente Medio y de seguir albergando armas de destrucción masiva con las que amenazar la paz mundial. Todo aquel periodo fue testigo, además, de la puesta en marcha del llamado plan internacional de democratización para el “Gran Oriente Medio”.

Ahora, trece años después, si hemos de valorar los resultados de las dos ocupaciones militares de Afganistán e Iraq, la estrategia global para la lucha contra el terrorismo radical y la promoción de las libertades en el mundo islámico, deberíamos convenir que, siendo muy optimistas, aquello no sirvió para nada. Que fue un rotundo fracaso, si de lo que se trataba era de pacificar, democratizar y desarrollar, que era la proclama “oficial”. Ahora bien, si el fin inconfesable era precisamente insertar la inestabilidad y el caos en toda la región habría que conceder que, en efecto, los promotores de todo aquello han dado de lleno en el clavo.

Resulta desconcertante oír decir al presidente estadounidense actual que el Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS en sus siglas inglesas), heredero díscolo de al-Qaeda, representa la mayor amenaza mundial. ¿No invadieron Afganistán e Iraq precisamente para acabar con el terrorismo islamista? Una coalición internacional, más voluminosa aún que la orquestada en su momento contra el ejército iraquí, se ha puesto en pie para lograr erradicar a los “bárbaros” rigoristas –una batalla que “podría durar unos diez años”, se reconoce desde la Casa Blana-. Una reedición pues de lo que Gore Vidal bautizó como Perpetual War for Perpetual Peace, la consigna permanente de una gran potencia mundial que lleva años sumida en un estado de descomposición progresiva. En la actualidad, las organizaciones yihadistas vinculadas en mayor o menor medida con al-Qaeda se expanden desde los límites occidentales del Sahel hasta el corazón de Mesopotamia. Más que en ningún otro momento; mucho más, desde luego que el 10 de septiembre de 2001, fecha en la cual nada se sabía de su presencia en Iraq, Siria o, por citar otro país árabe, Yemen. En estos momentos, sin embargo, el salafismo armado domina amplios territorios en estos tres países, y se permite el lujo de combatir a la vez contra gobiernos locales y extranjeros, así como contra milicias de todo tipo. Lo más curioso es que el único sitio en donde contaban con mayor presencia e influencia, Afganistán, sigue constituyendo un venero y terreno de juego a la vez del activismo yihadista. Hasta la llegada de las denominadas “revoluciones árabes” no se había visto ningún atisbo de apertura democrática real en la zona; y, pasada la efervescencia inicial de los levantamientos populares, ni siquiera aquéllas han conseguido reinvertir la tónica general de regímenes autoritarios y represivos.

El Iraq de 2001 estaba en la ruina, derrengado por las sanciones, vigentes desde la invasión de Kuwait en 1990, y la violencia del régimen de Saddam Husein; pero, en 2014, no está mucho mejor: las rivalidades entre árabes sunníes y chiíes y kurdos amenazan, junto con la parálisis institucional, la corrupción, la delincuencia y las tensiones inter tribales y regionales, con generar una guerra civil y la desintegración del país. La misma pobreza, o más, la falta de expectativas, la desesperación… de todo eso sigue habiendo en Iraq, y en Afganistán también. Las tropas estadounidenses salieron del primero hace unos años, pero están comenzando a regresar, en forma de ataques aéreos contra las posiciones de los terroristas islamistas. De Afganistán habían anunciado la salida para 2016, pero es probable que no lo hagan, alegando la necesidad de evitar males mayores.

La pregunta puede resultar reiterativa, pero el asunto es tan grave y escandaloso que no hay más remedio que caer en la reiteración: ¿para qué ha servido todo esto, tantas muertes, éxodos, despilfarros millonarios, experimentos políticos erráticos…? Durante todo este tiempo, la Administración estadounidense no ha hecho nada verdaderamente efectivo para instaurar un sistema político sostenible y plural en ningún sitio del mundo islámico. Al contrario, ha protegido con mimo a dictaduras como la de Arabia Saudí, cuya doctrina religiosa es la gran responsable del ideario exclusivista de los movimientos islamistas radicales. El régimen saudí, encima, ha tratado de evitar cualquier atisbo de avance democrático en Oriente Medio, a través del sometimiento de los principales medios de comunicación y la financiación de particulares, asociaciones, partidos y grupos armados expresamente opuestos a cualquier tipo de liberalización política y social. El “caos controlado”, ocurrencia de los colaboradores del antiguo presidente George W. Bush para explicar lo que estaba pasando en Iraq y Afganistán, ha acabado explotando en las manos de todo el mundo, sobre todo de iraquíes, afganos, sirios (otras víctimas colaterales de la tormenta post 11-S) y demás poblaciones de la zona, y ni siquiera garantiza la consecución de otro de los grandes objetivos de la campaña internacional contra el terrorismo”, a saber, evitar un nuevo atentado terrorista de envergadura en territorio de Estados Unidos.

La política de Washington a lo largo de este S.XXI en Oriente Medio ha sido tan peculiar que el estado que supuestamente era el mayor enemigo, Irán, ha terminado cosechando los frutos maduros de esta siembra de desorden y destrucción. La notable influencia de los iraníes en el propio Iraq –donde son de hecho quienes gobiernan-, en Siria, Yemen, Bahréin, Líbano y amplias extensiones de la propia Península Árabe sólo tiene parangón en la notable expansión de los islamistas sunníes radicales. Antes del 11-S tampoco había nada de eso en aquellos atribulados pagos. O sea, que, hoy, Irán, al-Qaeda y franquicias y los regímenes despóticos son más fuertes que antes; Oriente Medio en su conjunto está más convulsa y menos desarrollada que antes (comparen los datos actualizados de acceso al agua potable, la electricidad y las infraestructuras en el propio Iraq y estados vecinos con los del último cuarto del S. XX); y el disfrute de los hidrocarburos y el control de las fluctuaciones en su precio sigue estando sujeto a un sinfín de imponderables. Es todo tan brutal y estúpido que, ahora, hasta Teherán y el durante tres años denostado régimen de al-Asad en Damasco, representantes del eje del mal, resultan de notable importancia para contener la marea negra de ISIS y compañía. ¿Para este viaje necesitábamos las alforjas de 2001, 2003 y años posteriores? Si hubiera que tasar la política estadounidense, y occidental en líneas generales, hacia Oriente Medio en una hoja de resultados tendríamos que llegar a la conclusión de que esta corporación está en quiebra. Y alguien debería pagar por ello, o, al menos, rendir cuentas. Pero aquí los únicos paganos son los ciudadanos de todos estos países que alguien afirmó querer liberar y condenar a la felicidad de la modernidad.


*Experto en mundo árabe de la Universidad Autónoma de Madrid.

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