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Florida, escenario tradicional de batallas decisivas en las urnas, es el reflejo perfecto del panorama electoral en Estados Unidos: un consagrado político republicano desplazado por un desconocido del ‘Tea Party’, un candidato demócrata castigado por la impopularidad de la gestión de la administración federal y ríos de dinero corriendo en la campaña como si se tratara de una votación crucial sobre el destino de la nación. Aunque en buena medida lo es. De lo que ocurra dentro de ocho días depende la gobernabilidad de la primera potencia mundial y la consagración de una vía ideológica extremista que puede encontrar imitadores en otros países.
Estos comicios que se celebran en la mitad del mandato de un presidente son, históricamente, una oportunidad de valorar su gestión y corregir el rumbo. Desde la II Guerra Mundial, sólo en dos ocasiones ha triunfado el partido que ocupa la Casa Blanca, lo que indica una clara tendencia de los norteamericanos a equilibrar en las legislativas su voto de las presidenciales.
Así va a ser de nuevo este año. Si no se produce una sorpresa mayúscula, los demócratas se alistan para una fuerte derrota que les hará perder la mayoría en la Cámara de Representantes y, probablemente, también en el Senado. La presidencia de la Cámara, el tercer cargo en jerarquía del país, pasará de las manos de Nancy Pelosi, una elegante progresista de San Francisco, a las de John Boehner, un ardiente conservador de Ohio.
La derrota, en sí misma, no representa un cambio dramático ni el augurio de una transformación más profunda. Bill Clinton o Ronald Reagan, por ejemplo, perdieron sus elecciones legislativas intermedias y obtuvieron después rutilantes victorias en las presidenciales. Lo que hace las elecciones de este año potencialmente mucho más trascendentes son los movimientos que se han venido dando, sobre todo en el campo conservador.
Volvamos al ejemplo de Florida. Hace poco más de un año el gobernador del Estado, Charlie Crist, un republicano tan exitoso que sonaba como candidato presidencial, era el aspirante indiscutible al escaño del Senado vacante en esta circunscripción. Una gestión eficaz y un carácter moderado parecían la combinación perfecta para un triunfo del que nadie dudaba. Pero bastó un gesto de cortesía, un abrazo con Barack Obama en una de las visitas presidenciales a esta zona, para que todo se viniera abajo. El ‘Tea Party’ lo acusó de traición y decidió apoyar a su desconocido rival, el joven de origen cubano Marco Rubio.
De repente, Rubio, un político sin ninguna experiencia y con un mensaje limitado a su fe en Dios y en la patria que acogió a su familia, comenzó a subir como la espuma. Acabó derrotando en las primarias a Crist, quien, frustrado y arrinconado, decidió continuar su batalla como candidato independiente. Hoy Rubio aventaja en las encuestas por 15 puntos a Crist y por más de 20 al demócrata Kendrick Meek.
El mérito no es de Rubio, cuyo programa se reduce a repetir el lema del ‘Tea Party’ —contra los impuestos, contra el Estado, contra el socialismo—, sino de los apoyos recibidos. Consumado como un candidato del ‘Tea Party’, convertido casi en un símbolo de ese movimiento, Rubio recibió dinero para su campaña en proporciones jamás conocidas. En septiembre, Karl Rove creó en Florida una sucursal de su American Crossroads, una organización formalmente sin ánimo de lucro —por tanto, autorizada a mantener en secreto la identidad de sus donantes— que el antiguo consejero político de George Bush puso en pie en 2009 para aglutinar las toneladas de dinero circulante en contra de Obama.
Crossroads ha empleado aquí cientos de miles de dólares en anuncios a favor de Rubio y en contra de Crist y del presidente. Nunca unas elecciones en ningún Estado del país habían recibido inyecciones de dinero similares a las que se manejan hoy. En Nevada, donde el líder de la mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid, batalla angustiosamente por retener su escaño, casi la mitad del dinero gastado en la campaña ha sido recolectado fuera del Estado.
Crossroads y sus afiliados llevan gastados, según la organización no partidista Centro por una Política Responsable, US$127 millones en propaganda, alguna de ella de una bajeza moral inconcebible. La Cámara de Comercio, la mayor organización empresarial, ha utilizado otros US$75 millones en la misma dirección.
Esa combinación de la pujanza del ‘Tea Party’ con la masiva afluencia de dinero constituye la gran novedad de esta campaña. El ‘Tea Party’ ha puesto la energía; Karl Rove, los medios. El ‘Tea Party’ aporta las ideas. Rove, el dinero. De algún modo, es el matrimonio del conservadurismo primitivo y extremo de las bases republicanas con la versión más pura del conservadurismo neocon. O más bien: la unión de todos los sectores radicales del Partido Republicano para recuperar el poder y esta vez ejercerlo sin concesiones.