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Una noche hace muchos años, cuando me envió The New York Daily News, un hombre me llevó a la parte trasera de un camión picop y señaló a sus dos hijos pequeños. Era obvio que estaban enfermos. Ambos temblaban, aun cuando la noche era cálida.
El hombre me suplicó que me llevara a los pequeños y los metiera de contrabando a EU. "Morirán aquí", dijo, mientras que estarían seguros allá y "crecerían fuertes".
Traté de explicarle por qué era imposible, que no podía llevarme a sus hijos. El hombre escuchó cortésmente, después dijo gracias tranquilamente, y con una expresión de profunda desesperación se montó en la cabina de su camión y se alejó.
Esclavitud, opresión colonial asesina, invasiones de poderosos ejércitos enemigos, tiranos locales grotescos, desastres naturales — todo lo que hay qué hacer es esperar un poco en Haití para que golpee la siguiente catástrofe. La semana pasada, fue un terremoto que aplastó a la ciudad capital de Puerto Príncipe y gran parte de sus alrededores, incrementó el nivel de sufrimiento y muerte a alturas que desafían la comprensión. "El mundo llega a su fin", gritó una mujer en medio de la matanza.
Pooja Bhatia, un periodista que vive en Haití, dijo a The New York Times: "Estuve aquí durante los huracanes de 2008 que dejaron miles de muertos, y miles y miles de desamparados, y eso se sintió como el apocalipsis. Pero eso palidece en comparación con esto". Justo cuando se cree que ha pasado lo peor, llega lo absolutamente peor, algo aún más extremo.
Y, no obstante. Sin importar cuán abrumadora sea la tragedia, cuán inhóspito el panorama, no importa que las parcas decidan que es adecuado lanzar fuerzas malévolas contra esta pequeña porción del planeta, asediada, montañosa, bañada por el sol, el pueblo haitiano no se rinde.
Se levantó contra los franceses y derrotó a las fuerzas de Napoleón para convertirse en la única nación que surgió de una revuelta de esclavos. Se levantó contra el despótico Jean Claude "Baby Doc" Duvalier y lo mandó a empacar. A pesar de una explotación implacable por parte de países más poderosos, incluido EU, y muchos largos años de luchas civiles paralizantes, corrupción, terror y pobreza crónica, ha perdurado el pueblo haitiano. Este terremoto no lo derrotará.
Hablé el viernes con Ruthzee Louijeune, quien trabaja en la Fundación Posse aquí en Nueva York y había estado esperando, como muchos otros, tener noticias de su familia en Haití. Finalmente, ella se enteró que su tío Michelet Philippe, de 43 años, había muerto y que varios parientes, incluidos sus abuelos, vivían en un coche en Puerto Príncipe.
Lloraba mientras hablaba. "Estamos agradecidos de tener un cuerpo qué enterrar", dijo. "Tanta gente no tiene ni siquiera eso. Pero en este momento no hay transporte para llevarlo al pueblo donde nació, así que están buscando un lugar decente para enterrarlo. Es tan difícil. Tenía una esposa y tres hijos". Sin embargo, aun en su dolor, Louijeune habló vigorosamente sobre la capacidad de recuperación de su familia y de "su pueblo", como lo expresó.
"Mi familia siempre me enseñó a sentirme orgullosa de Haití", comentó, "sin importar lo que digan los demás. Me enseñó a leer por mí misma y aprender la verdadera historia del país. Eramos fuertes, y, a pesar del hambre, a pesar de la pobreza, a pesar de todos los problemas, lograremos salir adelante".
Si hay algo bueno ante tan enorme tragedia, se encontrará en el espíritu de la gente que cava, a veces con las manos desnudas y sangrantes, entre el concreto, la mugre y el metal para consolar y rescatar a los sobrevivientes, y reclamar a los muertos. Y se encontrará en la forma poderosamente humanitaria en la que tantas personas, en Haití y fuera del país, han respondido a este desastre pasmoso: espontánea, generosa y, en muchos pero muchísimos casos, heroicamente.
No existen explicaciones satisfactorias para el porqué sucedió este tipo de evento. Sin embargo, podemos controlar la forma en la que respondemos. Faulkner nos dice: "Creo que el hombre no sólo perdurará, sino que prevalecerá. Es inmortal, no porque él solo entre las criaturas tenga una voz inagotable, sino porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia".
En los momentos más oscuros, Plutarco también es reconfortante. "La buena fortuna", dijo, "elevará hasta a las mentes mezquinas, y les dará el aspecto de una cierta grandeza y majestuosidad, mientras miran desde las alturas hacia abajo al mundo; pero el espíritu verdaderamente noble y determinado se levanta y se hace más evidente en tiempos de desastre y mala fortuna".